
Cómo funciona la fábrica donde conviven miles de robots y humanos
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Pocos ítems de vestimenta transmiten seriedad como la camisa de cuello blanco. Acabó con la exuberancia de la gorguera isabelina y le puso almidón a la Gran Bretaña victoriana. Definió un sentido de ascenso social, ya sea para los empleados bancarios, los asalariados japoneses o cualquiera dispuesto a manejar papeles y subordinados profesionales.
Pero son pocas las camisas blancas que se venden con tanto empeño como en las tiendas PYE en China. Uno casi espera que los vendedores saquen una regla de cálculo en vez de una cinta métrica. El nombre PYE, se entusiasma la marca, "combina el carácter chino que significa ‘estilo’ con su homónimo, la constante matemática p". Sus camisas blancas llevan nombres de matemáticos: Euclides y Newton las de cuello occidental; Zu y Liu las modelo mandarín, estilo Mao.
Esquel, la compañía dueña de PYE y gran fabricante de camisas para Hugo Boss, Tommy Hilfiger y otras marcas globales, no se toma en serio solo sus camisas. También le preocupa la movilidad ascendente de sus aproximadamente 56.000 empleados, la mitad de los cuales trabajan en fábricas en China.
Algo inusual para la industria textil y de la moda, está ansiosa por elevar su paga y su productividad vía la mecanización. Como firma de capital privado, lo puede hacer con ideas a largo plazo que bordean el confucionismo. Pero también tiene la dura determinación de adaptarse a un mercado laboral local con mayor demanda y una guerra comercial con Estados Unidos. Otros fabricantes chinos están haciendo lo mismo, lo que significa que, en contra de lo que indicaría la intuición, estas dos amenazas podrían fortalecerlas.
Estilos tecnológicos
El negocio de la indumentaria no es donde se encuentran habitualmente historias de éxito en los negocios que además sean un ejemplo, especialmente en China con su competencia despiadada. La cadena de producción es brutal. El trabajo es repetitivo; el pago por pieza lo hace aún más agotador. Es relativamente difícil automatizar materiales blandos como los textiles; fabricar las camisas de Esquel involucra hasta 65 subprocesos engorrosos, como coser mangas y puños. En cuanto suben los costos laborales, las fábricas textiles y del vestido tienden a volar, buscando dedos más baratos para gastarlos hasta el hueso, estén en Bangladesh o Etiopía. Esquel en cambio planea mantener mucho de su trabajo en China.
La textil no es la única industria manufacturera china que enfrenta el alza de los salarios, la rotación de personal y una población que envejece; la electrónica también, por ejemplo. En algunos casos tales dificultades se ven exacerbadas por la guerra comercial; se dice que firmas japonesas han pasado la producción de dispositivos para autos, como radios, de China a México, donde pueden evadir los aranceles.
Pero aunque los aranceles estadounidenses suban aún más, muchas compañías chinas apuestan fuertemente a la automatización para mantenerse competitivas. En 2017 la instalación de robots industriales en China aumentó un 59% a 138.000, más que en Estados Unidos y Europa sumados. Al mismo tiempo que baja el tono de su política industrial bajo el título de Made in China 2025, para aplacar los temores de la administración Trump, el gobierno chino está feliz de dar abundante dinero a las industrias manufactureras para ayudarlas a equiparse. Eso ayudará a que siga adelante la revolución de los robots.
Recorriendo la mayor fábrica de Esquel en Foshan, en el delta del Río de las Perlas, está claro que incluso allí están llegando los robots. Cientos de trabajadoras sentadas, con la cabeza gacha cubierta con gorros rosa, son algo digno de ver. Pero las supera la cantidad de máquinas. En algunas líneas, brazos robóticos pasan rasantes, emprolijando cuellos y planchando plaquetas. Los dispositivos hacen trabajos minuciosos como asegurarse de que botones diminutos color perla para Banana Republic tengan la palabra Banana. Cámaras israelíes, adaptadas de dispositivos militares, usan inteligencia artificial para descubrir fallas en las telas, lo que automatiza uno de los trabajos más agotadores para la mente.
Algunos trabajadores han sido desplazados, pero la productividad ha mejorado, lo que mantuvo estables las ganancias de la firma pese a que el salario promedio mensual en China se ha triplicado, llegando a los 4500 yuanes (US$650). Al principio los trabajadores reaccionaron frente a las máquinas al modo de los luditas ingleses frente a los telares automatizados. Pero ahora ayudan a diseñarlos.
Los jefes en Esquel bromean que lo hacen por vagos, porque quieren facilitarse el trabajo. Está por caso la "hermana Yan", una matrona en un vestido negro y zapatos sensatos, que comenzó a trabajar en la fábrica a los 21 años. Le preocupaba la mala calidad de muchas de las vestimentas cosidas a mano y ayudó a los ingenieros de la firma a diseñar mecanismos para hacer mejor el trabajo. Ahora es una alta ejecutiva y con el "hermano Ming", el jefe de ingenieros, comparte el crédito de varias patentes industriales. Tian Ye, un ejecutivo de Esquel, bromea que las costureras cada vez más avezadas en el manejo de la tecnología ya no son estrictamente trabajadoras de cuello azul, pero tampoco son de cuello blanco. Dice que en cambio son "a cuadros o a rayas".
Se espera que la automatización ayude también a Esquel en el enfrentamiento comercial con Estados Unidos. Pese a las fricciones, Marjorie Yang, la presidenta de Esquel, se está concentrando de hecho en China. Habla con orgullo de una inversión de 2000 millones de yuanes en una nueva fábrica en Guilin, una región pintoresca, incluyendo una división de hilado de tan alta tecnología que no se permite las visitas al sector. Hasta ahora no se le han impuesto aranceles en Estados Unidos a los productos de Esquel. Los clientes estadounidenses están nerviosos por lo que, si fuera necesario, la firma podría mudar parte de su producción a sus fábricas fuera del país, a lugares como las islas Mauricio, regresando otras líneas de producción a China.
Hay dos factores que probablemente alienten a los manufactureros en China a mantenerse leales a su mercado doméstico. El primero son sus dimensiones. Willy Shih, de la Harvard Business School, dice que esto les asegura practicar y refinar sus procesos de producción a una escala que les permite reducir costos permanentemente. El otro factor es la capacidad de los robots mismos. Dice que hay tanto "conocimiento incorporado" a las máquinas herramienta de hoy que China puede comenzar a crear rápidamente productos que se hubiera tardado una generación en desarrollar anteriormente, como autos con caja de cambio automática de primer nivel.
Vale la pena recordar esto en medio de los temores por una desaceleración de la actividad fabril china vinculada a la guerra comercial. Si se toma como referencia a Esquel, las firmas chinas pueden usar la oportunidad para volverse aún más eficientes, en vez de ceder ante la adversidad. A la larga, eso haría más resistente a la economía china en conjunto.ß




