Decidir el futuro: del granero a la góndola

Qué tiene y qué le falta al país para dar el salto cualitativo en el sector de los agroalimentos en el mundo; cuando las ventajas y las debilidades se engendran puertas adentro
Florencia Carbone
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29 de abril de 2014  

La ilusión surge casi naturalmente. Si en 1900, con un conjunto relativamente reducido de producciones (básicamente carne, trigo y lana), obtenidas en un espacio también relativamente reducido (básicamente la Pampa húmeda), con un mercado de destino casi único (Inglaterra), la Argentina se transformó en "el granero del mundo" y con ello en la 10° potencia, ¿por qué no soñar ahora con dar el salto cualitativo y transformarse en el supermercado del mundo? Parece que los principales impedimentos están puertas adentro.

Fernando Vilella, director del Programa de Agronegocios y Alimentos de la UBA es lo de los que está convencido de que el país tiene todas las potencialidades para dar ese salto pero también es consciente (y un gran conocedor) de las barreras que hay que sortear. "La frase de granero del mundo se dijo por primera vez acá –dice en la oficina que ocupa en la Facultad de Agronomía- cuando el ministro de Agricultura del presidente Julio Roca inauguró esta casa de estudios, en 1904. Pensar que era un conjunto de producciones pequeñas: carne, trigo, lana, maíz y lino, producidas en la Pampa húmeda con un único mercado y eso produjo la décima potencia del mundo, con las instituciones, los edificios y muchas de las cosas que aún seguimos amortizando, desde la sede del Congreso hasta el Teatro Colón, pasando por la educación pública que fue un ejemplo mundial", dice.

El panorama actual es diferente: "Hoy tenemos múltiples mercados para producciones regionales de todo el país. La Argentina es líder en limón (Tucumán); peras y manzanas del Alto Valle; vinos de Cuyo; té de Misiones y Corrientes, y podemos hacer una larga lista. La oportunidad hoy está en múltiples mercados, para múltiples productos con múltiple agregado de valor, cosa que no estaba en otro momento", sostiene Vilella. Un dato importante es que en los últimos años las economías regionales (no hay quien se salve) han sido las más golpeadas por la pérdida de competitividad (ocasionada por un cóctel que reconoce en la inflación y la desactualización del tipo de cambio a sus principales causas).

¿Cuándo y qué provoca la idea de querer dejar el granero y pasar a la góndola? Según Vilella, para encontrar la respuesta hay que viajar hasta los 90 y mirar a China. "Crecí estudiando que el problema eran los subsidios europeos y los excedentes que no tenían colocación. Hace 15 años los stocks en Europa de productos lácteos y granos eran la clave. El quiebre se dio a mediados de los 90 cuando los chinos empezaron a urbanizarse, a tener más poder adquisitivo y a partir de ahí a consumir más carne. Hoy la situación es que no hay más stocks. Si mirás los precios de la soja y el maíz, todos los días están saltando porque al no haber stocks se alteran si mejora un poquito la cosecha en algún lado o llueve en otro. Es tan sensible el sistema que no hay stocks porque se lo comen todo. Hace 20 años era impensable exportar otra carne que no fuese vacuna. No había quien comprara carne de pollo o cerdo porque cada país producía la propia. Hoy no alcanza. Entonces Brasil está exportando en carnes de pollo y cerdo alrededor de US$11.000 millones. Sí, Brasil exporta mucho menos maíz y soja que nosotros porque exporta más carne…

-Eso significa más valor agregado.

-Más trabajo. Otro caso. Chile exporta 180.000 toneladas de cerdo por año. ¿Con qué maíz y soja los alimenta? Cereales argentinos, comprados a precio internacional. Nuestros productores lo pagan a precio internacional menos retenciones. O sea, tienen un subsidio. En pollos crecimos mucho, de hecho el año pasado exportamos más pollo que carne vacuna, mucho por el crecimiento del sector avícola, pero sobre todo por el asesinato de la ganadería que hicimos con nuestras normativas ¿Qué hace Chile en cambio? Exporta a Japón y Corea productos de carnes de pollo y cerdo a US$1000 o US$1500 más caros la tonelada que el pollo que le compra a la Argentina para darle de comer a los chilenos o del cerdo que le compra a los brasileños. Van con certificaciones de calidad a los mercados que mejor pagan: Japón y Corea. Porque se habla mucho de China, pero el mercado de comidas más grande del mundo es Japón, que importa por US$70.000 millones anuales, mientras que China compra por US$40.000 millones.

Marcelo Elizondo, director de DNI, está convencido de que para pasar el granero a la góndola, la clave es la diferenciación. "La Argentina es un gran exportador de materias primas e insumos para alimentos con el valor agregado en su calidad intrínseca y el que es concedido por quienes los demandan (sólo en las exportaciones de origen agropecuario la Argentina es un actor global; en otras disciplinas nuestras ventas tienen un destino intrahemisférico)", pero "por la sofisticación del comercio mundial debería usar ese potencial para avanzar en la cadena y propugnar exportar productos con mayor diferenciación. Las exportaciones mundiales se componen en un 62% de productos manufacturados, 20% de servicios comerciales, 10% de productos de la minería y 8% de agricultura (esto es, debemos hacer el esfuerzo para calificar mejor la oferta, e insertarla en las adecuadas cadenas de comercialización mundial)", comenta el ex director ejecutivo de la Fundación ExportAr.

Una de las maneras de lograrlo es "abandonar la idea de enviar productos al mundo (la promoción) para insertar productos en cadenas o firmas globales", dice. Claro, ello implica lograr relaciones estables y sistemáticas dentro de cadenas internacionales, precisamente, uno de los puntos débiles del país, identificado con políticas cambiantes que dificultan trazar políticas siquiera de mediano plazo.

Marcelo Loyarte, director ejecutivo de la Cámara Argentina de Fruticultores Integrados (CAFI) destaca que en los últimos años el sector evolucionó agregando valor en función de los requerimientos de la demanda de ultramar. "Hoy entre el 60 y 70% del valor FOB de la fruta es valor agregado. Producimos la mayor cantidad de hectáreas con técnicas ambientales amigables. El mundo consume cada vez más peras y manzanas, lo que nos hace falta es reducir aranceles, costos y simplificar la burocracia para exportar", explica.

Loyarte dice que aunque el país sigue siendo líder en la exportación de peras, en el caso de las manzanas ha perdido mucho terreno frente a Chile, que gracias a su extenso entramado de tratados comerciales desarrolló mercados de modo muy ventajoso. El caso de la Unión Europea –el principal destino de exportación de nuestra fruta– sirve como ejemplo para entender de qué habla. Mientras Chile tiene TLC con el bloque, la Argentina perdió las preferencias arancelarias con la UE el 31 de diciembre, cuando se venció el acuerdo. Ahora, la esperanza está puesta en el acuerdo que el Mercosur negocia con la UE. "Hicimos una propuesta de arancel cero", dice Loyarte.

¿Qué necesita el país para dar el salto del granero a la góndola? "Pasar de ser exportador de insumos para la alimentación a ser exportador de alimentos requiere mas inversión (el 20% del PBI es muy poco) pero también generar atributos competitivos para que los alimentos elaborados, fraccionados y con marca lleguen a la góndola. No se llega a ahí sin atributos competitivos en las productos", responde Elizondo.

Según sus datos, los alimentos elaborados representan hoy alrededor de US$16.000 millones para el país, aunque la mayoría no llegan fraccionados a las góndolas. Elizondo insiste con una estrategia que impulsó con fuerza cuando dirigía la Fundación ExportAr: la alianza con las grandes cadenas de supermercados y firmas globales. "Un buen ejemplo es la oportunidad que concede Wal-Mart, la primera empresa mundial en distribución, la segunda en facturación (US$430.000 millones, más que el PBI de la mayoría de los países de Latinoamérica) y tiene 10.000 proveedores. Insertarse en su global sourcing es más valioso que firmar un TLC con una economía moderna. Otro caso interesante es Mc Donalds, que cuenta con 32.000 locales en el mundo, 58.000.000 de clientes (dos millones más que hace dos años) y opera en 118 países", dice.

Vilella explica que el Simposio Argentina y Asia 2030: Estrategias en Agronegocios que organizaron el Fauba hace algunas semanas junto con las embajadas de China, Japón, India, Corea, Vietnam y Tailandia, tuvo como principal objetivo llamar la atención sobre un sector que es una "gran oportunidad" para el país.

"Reunimos en un lugar al Estado, la Academia y la Empresa para analizar un tema que hasta ahora se abordó de manera fraccionada. En un contexto como el actual, en el que los recursos naturales son escasos y la demanda de comida aumenta -y lo seguirá haciendo-, aquellos que los tengan y no los usen, serán moralmente sancionables. Hace 6 años que el país está estancado: producimos entre 95 y 100 millones de toneladas de granos con un creciente porcentaje de soja -con los problemas productivos y medioambientales que eso significa-; los rindes medio están bajando a causa de la presión impositiva. Pese a todo, tenemos una gran ventaja que no estaba hace 20 años: un mundo que compre lo que podamos producir de modo eficiente. Depende solo de nosotros. Hay que hacer que nuestros dirigentes entiendan la importancia de este tema y actúen en consecuencia", concluye Vilella.

Las oportunidades son casi tantas como las barreras. El detalle es que las soluciones están puertas adentro y a esta altura nadie se anima a decir si eso es una ventaja.

La productividad, primero

Otra lectura. Ernesto Ambrosetti, economista jefe del Instituto de Estudios Económicos de la Sociedad Rural aporta su visión. "Desarrollar políticas de valor agregado no tiene que ser una manía. Y no se trata de una condición lineal: no siempre que se agrega valor, por más que se aumente la facturación, tenés mejoras en la rentabilidad de la empresa. Primero hay que tener una estrategia para aumentar la productividad", dice. Luego, atribuye la pérdida de competitividad a factores varios: el tipo de cambio, la inflación, una infraestructura deficiente, una presión fiscal creciente, trabas a la exportación y a la importación, distorsión de precios por la intervención del Gobierno". "Tenemos el know how de la cadena agroindustrial y la capacidad para crecer, además de un sistema productivo muy amigable con el medio ambiente, pero hay que tener en claro que hoy no todo el mundo compra valor agregado y dejar de lado preconceptos como que la semilla de soja no tiene valor agregado, cuando es todo lo contrario. Hoy una tonelada de carne vale tanto como una tonelada de BMW", concluyó.

Pecados y virtudes

Marcelo Elizondo, director de la Consultora DNI, enumera primero "los siete pecados capitales de la primarización": producir sin diferenciación; vender a granel; competir por precio; depender de terceros para la llegada a mercados; sólo hacer promoción comercial del producto; delegar la suerte del producto final y despreocuparse por el consumidor; y sólo atender al importador). Y luego explica que es lo que debería hacerse para desterrarlos. "Hay que desarrollar los siete principales atributos para competir y permitirnos ser no ya le granero sino el supermercado del mundo", explica. Según el ex director ejecutivo de la Fundación ExportAr se trata de desarrollar: 1) estrategia, 2) innovación, 3) diferenciación, 4) arquitectura de vínculos (con los otros eslabones de la cadena), 5) conocimiento (de los mercados y en el producto), 5) posicionamiento y promoción, 7) organización del encadenamiento y proceso desembarco en el mercado.

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