
Entre la excelencia y el arte de competir
Por Félix Peña Para LA NACION
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Todo deportista lo sabe. Una cosa es competir entre amigos, en el club del barrio o de pueblo chico. Otra distinta es pasar del cabotaje a las ligas mayores. Quienes llegan al Mundial de Alemania o a Roland Garros son quienes han hecho un culto de la excelencia. Por ello dominan el arte de competir en escala global.
No ocurre algo distinto con la competencia económica global. Enrique Iglesias, ex presidente del BID, presentaba en forma clara la esencia de la globalización a partir de sus efectos sobre quienes producen, en nuestros países, bienes de todo tipo: "Nadie quiere comprar caro y malo lo que ahora es factible conseguir bueno y barato", decía.
Los consumidores operan hoy en un mercado global en tiempo real. Cualquier chico sabe, viendo la televisión, lo que se produce y consume en el mundo. La revolución de la informática y de las telecomunicaciones -simbolizada en el celular- ha cambiado gustos y expectativas de millones de consumidores. La incorporación de China, la India, Rusia y ahora Vietnam a la competencia económica global puso la mayúscula a la palabra "revolución".
Entender esto es simple. Practicarlo es otra cosa. Implica un cambio cultural. Su esencia es hacer de la calidad una obsesión. En todos los niveles de una sociedad. Incluyendo el gobierno, la familia, la escuela y los medios de comunicación. Y también en los bienes que se producen y en los servicios que se prestan.
La competitividad-precio es importante a la hora de llegar a un mercado externo. Pero la competitividad-calidad es esencial si se quiere permanecer en la góndola o en las bocas de expendio que abastecen a consumidores exigentes y con opciones.
En tal sentido, premios como el que otorga este suplemento de Comercio Exterior son estímulos para hacer de la calidad el vector principal de la inserción productiva argentina en el mundo -tanto en bienes como en servicios-. Pero es sólo una contribución pequeña al fenomenal esfuerzo que tenemos que hacer los argentinos para asegurar una presencia sustentable y permanente en los mercados mundiales. Es la que vale.
En estos días todos estaremos en clave Mundial de Alemania. Es una oportunidad para instalar un debate profundo sobre la cultura de la calidad en el arte de competir. Como en el fútbol, tomaremos conciencia de que llegar al mundo de primera implica un esfuerzo sostenido en toda la cadena de valor. Desde la materia prima hasta el producto diferenciado y el acceso a la boca de expendio.
El autor es director del Instituto de Comercio Internacional de la Fundación BankBoston y jurado del Premio a la Excelencia Exportadora LA NACION-TCA 2006.




