¿Y si afinamos la puntería? Cómo ir hacia un comercio exterior más inteligente

Diego Dumont
Diego Dumont MEDIO:
Las fórmulas aplicadas por los dos últimos gobiernos demuestran que repetir recetas no es el camino para reactivar el sector y la economía nacional
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8 de noviembre de 2019  

Los últimos dos gobiernos en la Argentina transitaron por veredas opuestas: el kirchnerismo cerrando las importaciones, con retenciones a las exportaciones y un control de cambios tan estricto que avanzó sobre los particulares hasta en las compras de divisas para viajes y e-commerce; el macrismo con una apertura de las importaciones, eliminación (temporal) de las retenciones y desmantelamiento del mercado único y libre de cambios. Sin embargo, ni de una ni de otra manera pudimos. El kirchnerismo cerró el 2015 con déficit comercial y cuatro años de exportaciones en caída libre. El macrismo arrancó con un tenue repunte en 2016, pero también sucumbió en el déficit comercial en los años siguientes, a excepción de este último donde el nivel de actividad repercutió en la caída de las importaciones y nos da una cuenta positiva en la balanza comercial, pero no nos conforma, las exportaciones nunca despegaron.

El economista Marcelo Diamand sostenía que en economías productivas desequilibradas como la de Argentina se produce una insuficiencia de divisas que conspira sobre el crecimiento (restricción externa). Dicho más fácilmente, cuando Argentina crece, sus importaciones crecen con más fuerza que sus exportaciones y aparece el déficit en la cuenta corriente. Léase, nos quedamos sin nafta.

Ante esta realidad, el deseo lógico de los gobernantes es aumentar las exportaciones y/o disminuir las importaciones. Una devaluación es tentadora, pero una alta elasticidad en el precio de las exportaciones es visible más que nada en economías desarrolladas, que tienen además una considerable capacidad de sustituir sus importaciones. No es el caso de la Argentina, donde la devaluación suele terminar con efecto recesivo.

Si nos concentramos en reducir las importaciones, podríamos pensar en elevar aranceles o cerrar el grifo de las licencias. Pero esto tampoco debería ser generalizado porque sería autolimitar nuestras posibilidades de crecimiento, afectando la provisión de insumos de procesos que pueden generar empleo y sustituir importaciones (en nuestro país ocho de cada diez dólares de nuestras importaciones son insumos, bienes intermedios y bienes de capital, todos para producción).

Esto nos lleva a cuestionarnos: ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué podemos hacer mejor? Decía Albert Einstein: "Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes". Desempolvar viejas recetas no parece una solución. Tenemos la obligación de pensar un país distinto. Un país que pueda generar un superávit comercial suficiente para solventar una balanza de servicios históricamente adversa y afrontar con oxígeno la deuda externa. Pienso que el camino es aplicar mayor inteligencia a las políticas económicas abandonando soluciones globales y poniendo la lupa en nuestras fortalezas. Afinar la puntería en el impulso de las exportaciones y sustitución de importaciones. Pensar.

En este sentido, una posible mirada es la de Alberto Papini, economista santafesino, quien propone en su reciente libro Argentina y la falta de dólares para sostener el crecimiento un análisis basado en los Índices de Ventajas Comparativas Reveladas por contribución de saldo (IVCR), que invita a un impulso a los sectores con ventajas moderadas (ventajas entre 0 y 1) y desventajas leves (IVCR entre 0 y -1) . Son estos los sectores con mayor capacidad de sustituir algunas importaciones y los que tenemos que cuidar para que no sean desplazados de los mercados externos.

Los sectores de ventajas muy altas (IVCR superiores a 1) no tendrán mayor problema, aun sin medidas de impulso (se ubica acá principalmente al sector primario), y los de desventajas superiores o iguales a -1 no serán reversibles a corto plazo, porque la falta de competitividad tiene que ver con cuestiones profundas como la insuficiencia de escala, tecnología o insumos.

El análisis de Papini nos dice que si se hubiesen aumentado las exportaciones de los mencionados sectores un 15% y reducido otro 15% de importaciones, entre 2015 y 2017 hubiéramos tenido un superávit promedio de US$3800 millones (el déficit promedio fue de US$2680 millones). De 1258 sectores analizados según el clasificador de actividades del TARIC, Argentina tiene 917 con desventajas leves (con un promedio anual de más de US$40.000 millones de importaciones) y 268 con ventajas moderadas (con un promedio anual de más de US$18.500 millones de exportaciones). El análisis se puede hacer en particular con cada socio comercial, con lo que se puede afinar aún más la estrategia de inserción de nuestro país.

Necesitaremos bajar la presión tributaria de los sectores elegidos, lograr acuerdos comerciales realmente beneficiosos, crear líneas de financiamiento viables, eliminar la burocracia y las ineficiencias logísticas y fomentar el camino del valor agregado en las pymes.

La Argentina no debe resignarse al campo, pero debe y puede incorporar valor agregado a partir de él, como ocurre con el biodiésel, la biotecnología y las metalmecánicas agrícolas. Las exportaciones de servicios están en boca de todos los políticos (y tristemente están alcanzadas por retenciones). Todavía tenemos aranceles e impuestos internos sobre bienes tecnológicos que no producimos (ni produciremos) y aún hay chucherías que van derecho a la góndola sin pagar el mayor arancel posible. Si afinamos la puntería nos puede ir mejor. .

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