Con la macro estable, la micro la maneja mejor la gente
Todas las crisis y el empobrecimiento de la sociedad tienen origen en haberle delegado las responsabilidades y, por ende, los derechos al Estado
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Es usual escuchar que el Gobierno sólo se ocupa de normalizar la economía (la macro) y le va bien; pero no hace nada para que mejoren los distintos sectores que la componen (la micro) y, por ello, a estos les va mal. Un claro error conceptual y cultural, más allá de que no es cierto que a la mayoría les vaya mal; aunque lógicamente son estos a los que se escucha quejarse.
Durante décadas nos convencieron de que nadie mejor que los funcionarios de un gobierno para determinar cómo, a quién y a qué precio vamos a vender nuestro trabajo, servicio o producto, y para determinar las condiciones en las que vamos a comprar a otros lo que necesitamos. Además, son estos “iluminados burócratas” los más calificados para decidir por nosotros en qué vamos a ahorrar e invertir. Es entendible que los que llegan a la función pública consideren que esto debe ser así. En las facultades les enseñan que la sociedad produce, ahorra, invierte, exporta, importa, etcétera. Por carácter delegado, si fueron elegidos para ejercer el gobierno, entonces deben gestionar todas esas cosas por nosotros.
Lo que es raro es que los ciudadanos hayamos aceptado tan mansamente que quienes están en el Estado tomen decisiones que violentan nuestros derechos. Somos cada uno de nosotros los que realizamos las distintas actividades que hacen que una economía produzca los bienes y servicios que necesitamos. Los frutos de todos esos esfuerzos son propiedad de quien los generó y no del gobierno; por lo que no puede decidir sobre ellos.
La función de los gobiernos es velar porque nos respetemos los derechos los unos a los otros y que los funcionarios también lo hagan con los de sus conciudadanos (Seguridad y Justicia). También, cuidar nuestra patria y su soberanía (Defensa y Relaciones Exteriores). En forma subsidiaria, es decir en la medida que no lo puedan hacer los ciudadanos, prestar asistencia social, educación y salud a quienes están necesitados.
Entrando al terreno económico, el Estado tiene que administrar y cuidar lo que es de todos. Además, debe fijar las reglas de juego generales para que podamos trabajar y producir e intercambiar libremente el fruto de ese esfuerzo con otros, respetando mutuamente nuestros derechos de propiedad y los contratos pactados libremente.
La administración de la cosa pública y el cumplimiento de todos esos roles constitucionales implican la existencia de un Estado y, por ende, la necesidad de sostenerlo con impuestos. Incluso, darle la posibilidad de endeudarse para construir infraestructura, que también utilizarán futuras generaciones, o para financiar gastos corrientes, pero sólo en una emergencia. Hay que tener en cuenta que las deudas implican el pago de intereses y, quizás, capital que nuestros descendientes abonarán con más impuestos. Así que es sumamente injusto que el Estado gaste de más porque sí, para beneficiar a algunos en el presente, asumiendo pasivos cuyos costos no afrontarán.
En los países que tienen una moneda, es responsabilidad de sus bancos centrales brindarles a sus ciudadanos una divisa estable y confiable. Esa es su absoluta prioridad y no andar emitiendo más de lo que la gente les demanda para financiar los excesos de gasto público, aumentar el financiamiento interno o comprar reservas. Eso depreciará su moneda, generando inflación, que perjudica a todos, pero particularmente a los más pobres.
En la Argentina, muy pocas veces los gobiernos cumplieron con lo que son sus funciones indelegables o subsidiarias según la Constitución. Sí se dedicaron a decirles a sus conciudadanos cómo era mejor hacer su trabajo o manejar su negocio, regulando absurdamente la actividad económica que desarrollaban como productores de bienes y servicios, consumidores, ahorristas o inversores. Los resultados están a la vista: más de ocho décadas de decadencia institucional, empobrecimiento relativo y de ir de crisis en crisis. O sea, tuvimos que sobrevivir en una creciente anormalidad.
Si vamos a ser un país normal, el Estado debe ocuparse de lo que son sus funciones constitucionales. Con una administración austera y eficiente, se logrará generar un contexto (macro) más estable, seguro y confiable. En ese marco, los ciudadanos podremos tomar las decisiones que consideremos mejores para nuestra realización personal. Entre ellas, buscar progresar económicamente. Esto es lo que muchos llaman “la micro”, que depende de cada uno y no de un funcionario iluminado que difícilmente sepa hacer mejor que nosotros aquello con lo que nos ganamos nuestro sustento y el de nuestra familia.
Todas las crisis que tuvimos y el empobrecimiento del conjunto de la sociedad tienen origen en haberle delegado nuestras responsabilidades y, por ende, derechos al Estado. Así, durante décadas nuestro aparato productivo tuvo que adaptarse a sobrevivir en la anormalidad. Es imposible que esa misma estructura de producción sea exactamente la misma que será viable en la normalidad a la que debemos ir.
Hay empresarios que, gracias a alguna protección que les dio algún gobierno, hicieron plata vendiéndonos caro y malo con respecto a lo que podía conseguirse en el exterior. Ganaban dinero a costa del bienestar económico de sus compradores y no brindándoles un mejor nivel de vida, como debía ser. Ahora que se está yendo a la normalidad y tienen que competir con los productores de otros países, es lógico que les cueste e, incluso, que no puedan hacerlo. El burócrata que generó una ganancia artificial en ese sector les indicó que pusieran su esfuerzo e inversión en donde nunca debieron haberlo puesto. Por supuesto, ahora el culpable es quien les quitó esa prebenda y les devolvió a sus consumidores el derecho de comprarle a quien les venda al mejor precio o calidad.
Ahora, otro ejemplo de futuro cambio en el aparato productivo. Los ciudadanos de un país que se empobrece gastan cada vez una mayor proporción de sus ingresos en lo básico. Es decir, dejan de hacerlo en aquellos consumos que son prescindibles, en su mayoría servicios. O sea, en la Argentina este sector está subdesarrollado y tiene una enorme capacidad de crecimiento en una economía que prospera y donde se recuperará el poder adquisitivo de los ciudadanos. Lo bueno es que estos son los sectores que generan más trabajo y bienestar para la gente en los países normales del mundo.
Por eso, el deber de nuestros gobiernos tiene que ser garantizar que seamos un país estable, seguro y confiable. Luego, debemos tomar nosotros las decisiones que hagan a nuestro progreso económico, en base a nuestro trabajo e inversión. Somos cada uno de nosotros los que tenemos que manejar “nuestra micro”. Eso implica asumir la responsabilidad de nuestros errores, pero también recuperar el derecho a decidir sobre nuestra vida y lo propio. Es mejor pagar los costos de nuestros yerros que los de otros, como lo hemos hecho los argentinos durante décadas, a costa de reiteradas crisis y perseverante empobrecimiento.
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