Desempleo e inflación, cóctel explosivo

La devaluación muestra los peligros de una agenda de preocupaciones sociales que podría incrementar la conflictividad
La devaluación muestra los peligros de una agenda de preocupaciones sociales que podría incrementar la conflictividad
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30 de enero de 2002  

La agenda de los argentinos durante los 80 estuvo dominada por el temor a la inflación, a tal punto que entre seis y siete de cada 10 personas la consideraban el principal problema. Este consenso reflejaba en qué medida la suba persistente de precios afectaba a todos los segmentos poblacionales, licuando los ingresos de quienes recibían remuneraciones fijas, particularmente los asalariados; reduciendo el horizonte de decisiones; provocando una gran incertidumbre que paralizaba decisiones de consumo e inversión, y, finalmente, produciendo una profunda desarticulación de la organización económica y social.

La estabilización alcanzada a partir de 1991 modificó esta agenda -como lo reflejan las investigaciones realizadas por Gallup Argentina- impulsando el desempleo al tope de las preocupaciones de la sociedad, ratificando el principio de que, desde el punto de vista de las necesidades sociales, cuando un problema es satisfecho las demandas de la población se reorientan hacia otros campos.

La tasa de desocupación aumentó en la Argentina en los 90 gradualmente hasta 1994 y muy sostenidamente después de la crisis del tequila, ubicándose en el 18,3% en la medición realizada por el Indec en octubre pasado. Desde el análisis económico llega la explicación de que en este aumento influyeron por lo menos cuatro factores: a) el cambio de precios relativos entre capital y trabajo abaratando el primero; b) el proceso de privatizaciones y desregulación que redujo el empleo formal; c) el aumento de la productividad del trabajo, y d) el contexto institucional poco favorable a la contratación por los costos de ruptura subsistentes. Finalmente, a estos factores se agregaría, a partir de mediados de 1998, una prolongada contracción de la economía hasta llegar a la grave situación actual.

Las expectativas de nuestra sociedad para 2002 en materia personal reflejaban a principios de diciembre, poco antes de desatarse la crisis política, opiniones divididas entre quienes esperaban mejoras y quienes pronosticaban un empeoramiento.

Más pesimismo

En materia económica, en cambio, los pesimistas duplicaban a los optimistas, en consonancia con las expectativas de los economistas locales y los organismos internacionales.

En este contexto adverso, seis de cada diez argentinos aguardan un aumento del desempleo y sólo el 15% prevé una declinación, mientras que el 20% sugiere que se mantendrá en los niveles actuales. El miedo a quedar sin trabajo se ve agravado por el hecho de que ocho de cada diez personas piensan que conseguir un nuevo empleo, en caso de perder el que tienen, demandará mucho tiempo; sólo una de cada diez es optimista y sostiene que podrá conseguirlo rápidamente.

Sin embargo, el miedo al desempleo no es un fenómeno vernáculo argentino, sino que está bastante extendido en el mundo. Así se desprende de la encuesta anual realizada por Gallup International en diciembre de 2001: de un total de 60 países medidos, sólo en dos los optimistas superan a quienes esperan un aumento del desempleo. En el resto de las naciones la balanza se inclina en favor de los pesimistas.

Las expectativas negativas adquieren mayor dimensión en aquellos países que están atravesando un proceso recesivo, como Turquía y Japón, o de marcada desaceleración de su actividad económica, como Filipinas, Polonia, Holanda, etcétera. Cabe señalar que se entremezclan países provenientes de distintas regiones, ya sea Asia, Africa o Europa (de la Unión Europea o de aquellos países en proceso de incorporación). En EE.UU., la proporción de la población que espera aumento del desempleo roza el 49%, al igual que en Canadá. En América latina, además de la Argentina, en Venezuela, Bolivia y Ecuador el porcentaje de pesimistas excede ampliamente el 50% de la población.

En cuanto al temor a quedar desempleado en los diferentes países, las proporciones más elevadas de pesimismo se verifican en América latina (Perú, 67%; Bolivia, 58%; Argentina, 56%) y en el centroeste europeo (Bulgaria, 59%; Lituania, 59%; Polonia, 55%; Latvia, 54%).

En los países de la Unión Europea, los porcentajes de pesimismo son ostensiblemente más bajos, excepto en Grecia (donde llega al 41%); entre los franceses alcanza al 27%; en el Reino Unido, al 21%, y en Alemania, al 19 por ciento. Para los estadounidenses y canadienses, el temor a quedar desocupado se da tan sólo en el 18% y en el 22%, respectivamente, de la población. Por último, dentro de la población ocupada también es alta la proporción de quienes expresan que, de perder el empleo, les demandará tiempo encontrar uno nuevo. Es interesante destacar que es entre los países latinoamericanos donde esta proporción es más alta: Uruguay, 87%; Perú, 86%; la Argentina, 78%; Venezuela, 68%, y Ecuador, 67%.

En los países del centroeste europeo se verifican guarismos elevados, de entre el 70 y el 55%, en tanto que los integrantes de la Unión Europea se encuentran un escalón más abajo: Italia, 46%; Francia, 46%, y Alemania, 44%, convergiendo a valores cercanos al 30% en los casos del Reino Unido y Bélgica. La población estadounidense muestra un moderado optimismo en esta materia, dado que solamente el 34% considera que le demandará tiempo obtener un nuevo empleo.

En síntesis

La Argentina plantea un escenario desfavorable en términos de la situación ocupacional de cara a 2002. Ello no surge tanto del elevado porcentaje de su población que cree que el desempleo aumentará (donde nuestro país ocupa el vigésimo lugar en el ranking), sino en la muy alta proporción que teme perder su empleo (donde ocupamos el sexto lugar) y en la percepción de que demandará mucho tiempo encontrar un nuevo empleo, donde la Argentina está entre los tres peores de los 68 países medidos.

La crisis institucional desatada en diciembre pasado y los delicados momentos que se encuentra viviendo hoy la Argentina han acentuado aún mas la incertidumbre y la angustia que tiene la población en materia laboral. Si la inflación opacaba en los 80 otras demandas por ser tenidas en cuenta, la desocupación habría luego reemplazado ese lugar.

¿Nueva agenda?

La reciente devaluación de la moneda y la posibilidad de un nuevo escenario inflacionario muestran los peligros de una nueva agenda con dos centros de gravedad y, consecuentemente, una mayor carga de conflictividad social. Inflación más desempleo podría ser un cóctel explosivo en una sociedad que además no logra encontrar claramente su rumbo político.

Si la Argentina logra superar estos momentos de fuertes y profundas conmociones y revertir lentamente los efectos de uno de los ciclos más negativos de su historia, deberá también encontrar salidas eficientes a los cambios que se plantean en el mundo del trabajo, un mundo más flexible, cambiante, más competitivo y que actúa globalmente. Luego de pasar la tormenta la Argentina deberá encontrar las instituciones que cobijen los nuevos procesos y las nuevas tendencias.

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