El error de imponer la visión propia

El caso de un ministro italiano que quiere que todos usen el mismo cristal que él
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27 de diciembre de 2009  

Todo empezó cuando el ministro para el Cumplimiento del Programa del Gobierno en Italia, Gianfranco Rotondi, afirmó en una entrevista: "Debemos decir no al tótem religioso que paraliza toda Italia por una hora". Se refería al tiempo de almuerzo estipulado por ley de una hora a partir de las 13.30 y de dos horas para el comercio. Y agregó: "Es en la dilatación de la pausa para comer donde anida el fenómeno del ausentismo laboral. Yo no la practico desde hace 20 años".

La respuesta inmediata de los dirigentes de las representaciones sindicales no se hizo esperar y estuvo a la altura de las más brillantes comedias de aquel país: "Es ridículo. Deberíamos abolir también el fastidioso rito de dormir y hacer turnos de 24 horas"; "¿Pero el ministro Rotondi ha trabajado alguna vez?"; "Es una broma, ¿no?".

Rotondi debió salir al cruce y aclarar la intención de sus declaraciones en forma contundente: "Si un ministro quisiera hacer una ley para modificar los horarios de comer, habría que encerrarlo". Y agregó: "Lo ideal es que cada trabajador pueda elegir".

La controversia tiene aristas de mayor significación que el simple enfrentamiento entre un funcionario y los sindicatos. Hay costumbres que incluyen una sensibilidad muy profunda y salen a la luz con virulencia cuando se intenta modificarlas.

El ejemplo sirve para identificar los límites entre lo permitido, lo prohibido y lo posible. Hay medidas que se toman con respecto al personal de cualquier empresa que tienen ciertas posibilidades de éxito mientras se realice un esfuerzo de negociación y comunicación tan amplio como sostenido.

A veces son de mayor relevancia que los horarios de almuerzo, pero, en última instancia, posibles de comprender y ser aceptados. Pertenecen a la zona de lo posible y con el paso del tiempo hacen raíz en el terreno de lo permitido. Muy distinto es cuando se ingresa en el ámbito de lo prohibido.

La incursión del ministro Rotondi por estas áreas, sin aviso previo, adquiere características de violación de derechos, lo que queda demostrado por las reacciones que provocó. El fundamento implícito es una trampa en la que los dirigentes o cualquier otra persona suelen caer y consiste en afirmar que lo que uno siente o hace es un canon aceptable para el resto de la humanidad. El enunciado es simple: "Si yo no lo hago desde hace veinte años, ¿por qué no lo puede hacer cualquiera?". Hoy, cuando ha tomado una muy loable vigencia el respeto por la diversidad, una afirmación como la enunciada es peligrosa.

La tentación

Es muy tentador observar el mundo a través de los propios ojos de modo excluyente, pero es muy dañino si lo trasladamos a cualquier posición dirigencial. Precisamente, porque se trabaja con otras personas que tienen costumbres, valores y ritos propios que deben respetarse en la medida de lo admisible. No se trata tan sólo de la muletilla de que "siempre hay resistencia al cambio". Esta es una verdad a medias, porque si fuera una verdad entera, estaríamos todavía viviendo en las cavernas.

La sugerencia de Rotondi, como hubiera podido ser de cualquiera que opinara a partir de sí mismo, fue un desacierto. Un error para evitar por todo aquel que trabaje con otra gente.

jorgemosqueira@gmail.com

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