El país hoy aplica un viejo programa del FMI

Roberto Frenkel
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9 de marzo de 2014  

La política económica en curso se discute a veces como si se tratara de una política antiinflacionaria. Es un error. Lo que se está aplicando es un programa de estabilización del balance de pagos del tipo de los que promovía el FMI el siglo pasado, entre la segunda mitad de los años 50 y la primera de los 60. El FMI abandonó esa orientación hace mucho tiempo, entre otras razones, porque esos programas eran completamente ineficaces para bajar la inflación.

La crítica de varios economistas latinoamericanos de la época abrió una polémica: "el debate entre estructuralistas y monetaristas". El mote de "monetarista" les fue adjudicado a los programas del FMI por extensión de la discusión norteamericana entre keynesianos y monetaristas acerca de los instrumentos más apropiados para estabilizar el ciclo. Pero en realidad esos programas no eran monetaristas en sentido estricto (aunque la restricción monetaria era uno de sus componentes). Eran la aplicación de una armazón teórica keynesiana a la solución de un problema de balance de pagos en una economía subdesarrollada: el país tiene una pérdida de reservas que amenaza con dificultar sus pagos internacionales y no tiene acceso a financiamiento, ¿qué hacer en estos casos?

El esquema de los viejos programas del FMI era sencillo: el país debe devaluar su moneda y contraer la demanda doméstica, la suma del consumo y la inversión. El cambio de precios relativos resultante de la devaluación, esto es, el aumento del precio de los bienes comerciables respecto de los no comerciables (esencialmente la reducción del valor en dólares de los salarios) reorientaría la producción hacia los sectores que mejoraron en desmedro de los que empeoraron. El resultado de este re-switching (como se lo llamaba) sería un aumento de las exportaciones y una contracción de las importaciones. El efecto neto sobre el balance comercial resultaría positivo y podría resultar expansivo de la demanda agregada si la sensibilidad de los flujos comerciales al tipo de cambio fuera bastante alta (la condición de Marshall-Lerner). La condición se verificaba a veces y a veces no, pero esa expansión potencial era en todo caso inconveniente para el objetivo deflacionario del programa y principalmente, para el objetivo de ajuste externo. Para neutralizar esa expansión potencial el programa incluía políticas contractivas de la demanda doméstica.

Como el Gobierno no tiene control directo sobre el gasto privado, debe inducirlo mediante la reducción del déficit público y complementar la política fiscal contractiva con el aumento de las tasas de interés, que contribuyen a la reducción del gasto privado en consumo e inversión. El efecto desinflacionario debía ser consecuencia de la caída del gasto doméstico, como un resultado de segundo orden de un programa cuyo foco principal es el balance de pagos.

Las críticas de los estructuralistas surgieron poco después de que esos programas comenzaron a aplicarse. ¿Qué ocurría en la práctica? La devaluación elevaba los precios de los comerciables y aceleraba la inflación. No solamente por sus efectos "de primera ronda" sino también por los ajustes salariales inducidos por esa aceleración. La contracción del gasto conducida por las políticas fiscal y monetaria encontraba poca flexibilidad a la baja de los precios y se traducía consecuentemente en caída de las ventas, la actividad y el empleo. El programa generaba simultáneamente aceleración de la inflación y recesión. Pero de todas formas, la caída del ingreso real contribuía en mucho a la contracción de las importaciones y al objetivo principal de ajustar el balance de pagos.

En aquella época, los países volvían a fijar el tipo de cambio nominal después de la devaluación porque ésa era la regla de pertenencia al FMI. Se generaba así lo que se dio en llamar ciclo de stop and go : el tipo de cambio real tendía nuevamente a apreciarse y al tiempo se requería un nuevo ajuste del balance de pagos y una nueva recesión. Ahora no hay regla de tipo de cambio fijo. Sin embargo, después de devaluar, el Gobierno se arrinconó en un dólar de $ 8 porque no encuentra otra variable para anclar la inflación.

Una de las razones por las que el FMI abandonó esos programas es el cambio en las condiciones de financiamiento externo de las economías en desarrollo. Desde mediados de los años 70 los flujos internacionales privados de capital han sido crecientes, mientras que eran prácticamente inexistentes cuando esos programas se concibieron. Sin embargo, nuestro país se ha colocado en este aspecto en una posición de aislamiento financiero similar a la que tenían las economías subdesarrolladas entonces, gracias a la manipulación de los datos del Indec y a otras macanas cometidas en los años siguientes. De allí la similitud de la actual política económica con los programas que el FMI recomendaba en tiempos remotos. Pero en esos tiempos el programa venía, al menos, acompañado de un préstamo del FMI, para que el necesario ajuste del sector externo fuera gradual y de menor magnitud. No gozamos de esa ventaja en la actualidad.

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