Nada de agendar reuniones fuera del horario laboral
No a desayunos, almuerzos y comidas que quitan el preciado tiempo libre
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NUEVA YORK (The New York Times).- Por favor, no me inviten a desayunos. No es que no me gusten. Por el contrario, podría saborear alegremente huevos o cereales en cualquier comida.
Me refiero al equilibrio entre la vida y el trabajo. Parece un tanto contradictorio hacer una entrevista, asistir a una conferencia o pronunciar un discurso cuando todos los participantes han tenido que madrugar para estar allí.
Siento la misma aprehensión por las cenas de trabajo. ¿Por qué prolongar con más trabajo una jornada de por sí larga? Por cierto, sirven buenos platos y, probablemente, vino, y es mejor que trabajar en una mina de carbón. Pero si debemos ir porque así lo esperan el cliente y el jefe, o si preferiríamos jugar con nuestro hijito al avión que entra en el hangar no es una comparación, eso es trabajo disfrazado de reunión social.
Tampoco me convoquen para un fin de semana o feriado. Una vez me invitaron a una conferencia de pediatras acerca del Día de la Madre. ¡Pediatras canibalizando el Día de la Madre! Semanas atrás, me inscribieron para un seminario de jornada completa sobre la reincorporación laboral de las mamás que se quedaron en casa. Tuve que cancelarlo cuando me enteré que ese día, 12 de octubre, era feriado escolar. Asistir significaría buscar desesperadamente una guardería.
La función de estas reuniones gastronómicas ha variado con el tiempo. En los años 80, una cita a las 7 indicaba que éramos tan importantes que debíamos arrancar antes del amanecer. Por entonces los llamábamos desayunos de poder y los amos del universo querían ser vistos al alba, sentados ante su mesa habitual.
Sin embargo, más recientemente empezamos a ver en ellos otro síntoma de una jornada recargada. "Mi gerente nos exhorta a todos a venir más temprano (él traerá los bagels) porque las primeras horas de la mañana son el único momento del día en que podemos reunirnos. A mi juicio, si nadie puede encontrar otro momento libre eso significa que, tal vez, todos estamos más ocupados de lo que deberíamos", dice un asistente administrativo de un gran estudio contable, que prefiere mantener el anonimato por temor a irritar a su jefe.
¿Cómo parar esta locura? Podemos seguir el consejo que la psicoterapeuta Aileen McCabe-Maucher da a sus pacientes y someter todas las invitaciones al test de los últimos días en la Tierra. "Los aliento a que empiecen a defender su tiempo, a actuar como si esa semana fuera la última de su vida -explica-. Si lo fuese, ¿malgastarían esas horas tan preciadas en desayunos o almuerzos tediosos e improductivos?"
Cobrar honorarios
De aplicar esa pauta, cuesta imaginar que iríamos tan siquiera a trabajar. Como alternativa podemos imitar al consultor de empresas Mark Amtower, que sólo cena con compañeros dispuestos a invertir su dinero en el convite. Harto de recibir invitaciones de conocidos a meras chácharas o cotilleos, Amtower empezó a cobrar honorarios: 600 dólares por hora; mínimo: 4. Describe así su política de estos últimos años: "Si alguien quiere llevarme a comer y sé que su único propósito es obtener asesoramiento gratuito, le digo que tendrá que comprar un bloque de cuatro horas. Esto no implica que no acepte más reuniones, sino simplemente que soy muy selectivo y no haré un desayuno sólo porque alguien esté dispuesto a pagar 20 dólares por unos huevos".
Si les parece un método demasiado directo, pueden aplicar el de Debra Condren, asesora vocacional de Manhattan. Lo aprendió de la disertante invitada a un desayuno para mujeres de negocios. "Al término de la conferencia, las mujeres la rodearon felicitándola o pidiendo su tarjeta para concertar una cita -recuerda Condren-. Una de ellas esperó hasta que el corrillo raleara para decirle: Me encantaría almorzar con usted y conocer algunas opiniones suyas .
"La disertante replicó, sin la menor vacilación: Sólo almuerzo con mi familia o mis amigos. Les reservo esos momentos de ocio por el poco tiempo que pasamos juntos ."
Epoch 5 Public Relations, compañía especializada en administración de empresas en crisis, aplica la misma política. "Ya pasamos tres noches por semana lejos de nuestra familia o amigos", advierte su presidenta, Katherine Heaviside, refiriéndose a su personal. En consecuencia, no les agenda reuniones a la hora del almuerzo y los ha instado a declinar también las invitaciones de clientes. Llama a esto el método DDD por Don´t Do Dinner ( No concedan cenas ). "Tienen mi consentimiento para rechazarlas. Deben ser capaces de controlar la mayor parte posible de su vida", concluye.
¿Pero qué pasa cuando uno no es el jefe? ¿O si él es quien programa todos esos desayunos y cenas? ¿Qué se puede hacer en tales casos? Quizá nos sirva la solución de Ann Dickerson, programadora de eventos de Denver: agenda reuniones imaginarias para no tener que asistir a las verdaderas que conciertan sus superiores.
Según Patrick Gray, presidente del Prevoyance Group, consultora de informática con sede en Charlotte (Carolina del Norte), lo importante es que no podemos esperar a que alguien intervenga y nos simplifique la agenda. "El mayor error que comete la gente en su manejo del equilibrio entre el trabajo y la vida privada es presumir que otro se encargará de eso", expresa.
"Como individuos, somos los únicos que controlamos en qué emplearemos nuestro día. Necesitamos racionar nuestro tiempo con el mismo celo con que protegemos nuestra billetera. Si concedemos a cien personas un acceso irrestricto a nuestra cuenta bancaria, ¿nos sorprendería que efectuaran retiros sin la menor consideración?"
Pero vaya una advertencia: el camino que propone Gray no siempre es llano. La semana última me invitaron a integrar un panel en un desayuno. Envalentonada por mi nueva campaña, respondí por e-mail -temo haber sido un tanto farisaica- que los desayunos de trabajo eran contrarios a todos mis principios y que, al amanecer, la gente debía estar en casa con su familia y no en reuniones. Me contestaron: "Pero empieza a las 10".
Así pues, de ahora en más, en vez de ser arrogante y descortés propondré una alternativa: algo breve y eficiente. Algo que caiga dentro del horario de trabajo, en vez de prolongarlo.
Traducción: Zoraida J. Valcárcel





