
Plan de carrera personal
Por Jorge B. Mosqueira Especial para LA NACION
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"¿Puedo ir a verte?", preguntó Santiago F. El gerente general le dijo que sí rápidamente, porque presintió que se trataba de un tema importante. Hacía años que conocía a Santiago y podía descubrir los distintos grados de urgencia en los tonos de su voz. En este caso, había algo que no funcionaba con los mismos acordes que solía usar en las cuestiones de trabajo. La pregunta sonaba algo hueca, profunda, como si viniera de otro lado más lejano.
Santiago entró en la oficina de su jefe pocos minutos después. Se sentó en el sillón de siempre, pero esta vez sólo hubo un corto intercambio de saludos convencionales. Luego, un silencio entre ambos mientras se percibía, como telón de fondo, el constante murmullo de la fábrica.
"Vengo a pedirte que me bajes el sueldo -dijo Santiago-. No es chiste; en serio te lo digo." Antes de que el gerente general pudiera reaccionar, continuó: "Lo he pensado bien. Lo hablé con Estela y también con los chicos. Todos lo entendieron y estuvieron de acuerdo conmigo. Yo ya pasé los 50, lo sabés, y si esto quiebra me quedo en la calle. Sé perfectamente cómo viene la cosa. Si me bajás el sueldo, contribuyo a bajar los costos. Yo ya saqué las cuentas. Hasta con tres mil menos me puedo arreglar".
"No me parece bien que un tipo con tus responsabilidades...", empezó a decir el gerente, pero Santiago lo interrumpió. "Vos sabés que en cualquier momento alguien, más arriba tuyo, te va a cuestionar que me tengas a mí con el sueldo que gano cuando podés conseguirte algún ingeniero más joven por mucha menos plata." El planteo cargaba la misma lógica implacable que había hecho de Santiago un eficaz gerente de planta. El jefe tuvo que aceptar la propuesta y terminaron cerrando el trato con todos los requisitos legales. Más tarde también hubo otros que siguieron el ejemplo.
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Hace algunos años Santiago hubiera sido suspendido en el ejercicio de su cargo debido a un evidente desequilibrio psicológico. Aquella locura hoy parece cordura, por lo que podríamos deducir que la sensatez está condicionada a los tiempos. Hasta el lector más enfurecido con esta época podrá entender un poco a Santiago y quizás esto sea el mayor escándalo: que historias como la relatada sean verosímiles. Después vienen las reflexiones y las preguntas que rozan lo económico, lo ético, lo ideológico y muchos otros aspectos. Por ejemplo, ¿está bien que la empresa acepte la propuesta de Santiago? Santiago demuestra una acabada lucidez respecto de la realidad y su probable destino, al cual se anticipa. Decisiones de este tipo se cotizan bien dentro de las organizaciones empresarias, porque generan negocios.
Obsérvese, además, que este hombre maduro amenazado por generaciones más jóvenes es capaz de tomar una decisión que implica un cambio profundo, lo que contradice la prejuiciosa condición de señor veterano inhabilitado para los cambios . Puesto así, resulta que Santiago es todavía más valioso, pues aúna experiencia y capacidad de innovación.
Tal como se expresan los chicos hoy día para manifestar, a la vez, sorpresa y actitud prescindente: ¿Qué loco todo esto, no?
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