En Uruguay descartan un corralito bancario
Una fuente cercana al nuevo ministro de Economía manifestó que lo esencial es restablecer la confianza de los ahorristas
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MONTEVIDEO.- "Ni pensarlo -dijo una fuente cercana al nuevo ministro de Economía, Alejandro Atchugarry-. Los hechos están demostrando que la política económica no cambia y que, por más que sea difícil, están devolviéndose los depósitos. El asunto es restablecer la confianza."
La respuesta -ante la pregunta de si podría establecerse un corralito bancario en Uruguay, similar al argentino-se produjo ayer, en momentos en que el riesgo país alcanzaba un nuevo récord de 2764 puntos, aunque la cotización del dólar se mantenía sin variantes en 23 pesos uruguayos para la compra y 26 para la venta.
"Esto no se resuelve con plata, pero tampoco se resuelve sin plata." La frase, recogida por LA NACION en un diálogo con un eminente político uruguayo, parecía coronar las gestiones en Washington de emisarios del gobierno de Jorge Batlle que procuraban convencer a los técnicos del Fondo Monetario Internacional (FMI) de que es imperioso evitar el colapso de un país que, a diferencia del nuestro, ha cumplido con sus metas y ha honrado sus compromisos.
La sangría ha sido provocada por retiros masivos del circuito bancario. De no residentes, argentinos en su mayoría, temerosos de una burda imitación de los malos ejemplos de la otra orilla. Es decir, el corralito y demás pesares. Frente a la ventanilla de un banco privado de la Ciudad Vieja, medio revuelto por ser viernes, una mujer retiró ayer 10.000 dólares. Tenían más valor que precio: eran, según comentaba al cajero, los ahorros de sus padres. "Y... después de lo que pasó en la Argentina, tú sabés...", decía, mientras acomodaba el fajo en la cartera, hallando el asentimiento como eco detrás del vidrio. Por más que, según otra mujer de la fila, corriera un riesgo: "¿Y si te roban? Porque aquí no es como en Buenos Aires. Todo el mundo se entera de que tenés la plata en tu casa".
El fantasma argentino
Enorme dilema en el cual han caído muchos uruguayos. En especial, la clase media, aterrada ante la mera posibilidad de que los bancos, con la anuencia del gobierno, confisquen sus ahorros. En algunos casos, hasta ha habido escenas de pánico: gente que ha querido retirar fondos (dólares, casi todos) y que, ante la iliquidez por la gran demanda (más de un 40% de los depósitos), debió dejar asentado su pedido y pasar al día siguiente.
El fantasma argentino, instalado como la niebla en Londres, provocó más de una reacción. O, acaso, la certeza de una estafa parecida. En ello ha tenido que ver la psicosis creada por la asociación instantánea, o el reflejo, de que todo lo que pasa allá se repite acá. Indefectiblemente, decía la mujer de la fila del banco. Lo bueno y lo malo.
Quizá por reflejo, pero a la inversa, los políticos uruguayos se han puesto a la altura de las circunstancias después del tembladeral en el cual renunció el anterior ministro de Economía, Alberto Bensión, y el directorio del Banco Central. Como buen vasco, Atchugarry, senador colorado varias veces mencionado como delfín de Batlle, no puso condiciones para hacerse cargo de la cartera vacante, pero recogió de inmediato un respaldo sin precedente de la dirigencia política, empezando por el ex presidente Julio María Sanguinetti. Hasta el izquierdista Frente Amplio estuvo por primera vez en el acto de asunción de un ministro de Economía.
Pero lo malo, últimamente, también está de moda. Y crece el temor, por ejemplo, ante la ola de asaltos al voleo y de secuestros express en la Argentina. Con una víctima, el empresario argentino Mihran Mamprelian, carbonizada en La Paz, Uruguay. El pedido de rescate, recibido por la familia en Buenos Aires, era de 10.000 dólares.
Cifra que, en sí misma, no representa nada, pero que, multiplicada por el flujo de depósitos, está haciendo mella en la economía: "¿Qué país devuelve 5500 millones de los 12.000 millones que tenía? -dijo el político-. Los retiros reflejan la gravedad de la situación, pero, al hacerse efectivos, también dan muestras de solidez".
De esa solidez, al parecer, se valen los negociadores en Washington, aduciendo que Uruguay recibió en junio un aporte extra del orden de los 2100 millones de dólares, 1500 millones provenientes del FMI y 600 millones del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), presidido por Enrique Iglesias, uruguayo, uno de los gestores del virtual acuerdo. Inminente, acaso.
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