Iván Werning: "Si se aplican políticas segmentadas por edades, es posible salvar más vidas o más economía"

Iván Werning
Iván Werning Crédito: Irina Werning
Sofía Diamante
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7 de junio de 2020  • 00:00

Estudió Economía en la Universidad de San Andrés, hizo la maestría en la Universidad Torcuato Di Tella y el doctorado en la Universidad de Chicago (cuna del libre mercado). Es uno de los pocos académicos que, apenas recibidos, en 2002, se "cruzaron" como profesor investigador a un centro de estudios vinculado con la corriente opuesta, el Massachusetts Institute of Technology (MIT)

Una de las cualidades de Iván Werning (45) es su curiosidad. Esa característica distingue a este profesional entre los académicos macroeconomistas, porque no se especializa en un solo tema, sino que tiene papers escritos sobre diversas áreas, como la política monetaria, la desigualdad, las políticas tributarias, las finanzas públicas y el comercio internacional. "Aunque salto de una cosa a la otra, cada uno de esos artículos me toma dos o tres años; los escribo en paralelo. Empiezo, curioso, por un tema, sin saber mucho. Y me rodeo de gente que sabe y aprendo, y traigo una mirada fresca que tal vez sirve para pensar el problema. Soy un poco impaciente con quedarme en el molde", cuenta en una entrevista con LANACION.

Aunque mantenga un perfil bajo, su nombre es reconocido en el mundo académico internacional, sobre todo luego de que el expresidente de la Fed de Minneapolis Narayana Kocherlakota señaló que un paper suyo fue una de las razones que lo convencieron de la conveniencia de mantener bajas las tasas de interés para reducir el desempleo en 2012.

En los últimos tres meses, los medios estadounidenses lo volvieron a citar varias veces, por los últimos dos trabajos que publicó vinculados a la crisis producida por la pandemia.

-¿De qué se trata su primer paper sobre el coronavirus?

-El primer paper es más macroeconómico y lo escribí con Verónica Guerrieri, Guido Lorenzoni y Ludwig Straubs, todos exalumnos de MIT y grandes economistas. Cuando comenzó la pandemia, había mucha preocupación por el efecto en la economía de que se cerraran un montón de actividades. Entonces, nos preguntamos si este tipo de shock, aunque es de oferta, puede generar una situación donde se quiera ayudar a la demanda. Porque, en general, si es un shock de oferta, querés dejar que la demanda se adecúe y, en todo caso, reducirla, subiendo la tasa de interés, por ejemplo. Pero encontramos que es un shock muy heterogéneo, que le impacta a ciertas industrias y a cierta gente. Esa particularidad implica que el shock de oferta se convierte en un shock de demanda también: la gente que no puede ir a un restaurante, ahora tal vez tampoco quiere comprar ropa, porque para qué la quiere si va a estar en su casa. Usa la ropa vieja. Eso tiene un efecto cascada, porque impacta no solo en el empleo de la actividad que fue directamente afectada por el shock, sino también al empleo de otra gente no tan directamente afectada. La conclusión es que esto puede ocurrir, especialmente si no tenemos seguros sociales que mantengan esos ingresos.

-¿Qué distingue a esta crisis?

-La característica especial es que es un shock a la productividad. Es más difícil ofrecer un servicio ahora, es más costoso hacerlo de forma segura. Por suerte, muchos países decidieron sus políticas en línea con este tipo de pensamiento. A mí me asustaba que por este shock hubiera que cerrar 30% de la economía, por ejemplo, pero después, el resto también se iría a pique. Y hay que pensar cómo reactivar una vez que se vaya el virus o que se levanten las medidas.

-¿Hay alguna conclusión acerca de por cuánto tiempo se puede atenuar el shock?

-No, para ser claros, el shock inevitablemente afectará, aun bajo la política óptima. Porque tenemos un virus y hay que responder a eso; vamos a trabajar menos, producir menos, consumir menos. Y el producto caerá. La pregunta que nos hicimos es si puede caer demasiado y la respuesta depende de las herramientas que tenemos y de otros parámetros, porque también nos importa la salud.

-Entre las políticas para dar respuestas a esta situación, ¿la más eficiente que encontraron es dar seguros de desempleo?

-No. El seguro de desempleo, en mi opinión, es una opción que funciona y que es útil, porque reemplaza el ingreso perdido, pero me preocupa que los empleos y las empresas se desconecten, se desliguen y que, cuando el virus pase, no puedan restablecerse esos trabajos. El seguro de desempleo deja ese signo de pregunta, de si una vez que saquemos a la economía del freezer vamos a poder ponerla en el microondas. En Estados Unidos era la única política posible de corto plazo, para adecuarla a la crisis. En Europa, por ejemplo, hubo otras políticas para tratar de subsidiar a las empresas y que se mantengan esos trabajos.

-En la Argentina se tomó esa decisión, se prohibieron los despidos y el Estado ofreció hacerse cargo del 50% del salario. ¿Una política de este tipo podría ser mejor?

-Como principio económico, me parece una de las soluciones que tienen mucho sentido: el subsidio y la financiación para sostener los empleos, y el pago del salario para mantener a los trabajadores conectados con las empresas. Se usó en Alemania y en Inglaterra. Después, hay detalles en la implementación. Establecer que no se pueda echar y pagar solo una parte del salario es algo que puede estar afectando mucho a algunas empresas y, obviamente, en la Argentina no puede dejar de discutirse que esto solo afecta a las empresas que están en blanco. Hay muchísimo trabajo informal, así que hay toda una pregunta de qué se está haciendo para ese sector.

-El segundo paper que escribió acerca de los efectos de la crisis, ¿en qué consistió?

-Es una colaboración interesante que hicimos con Daron Acemoglu, Victor Chernozhukov y Michael D. Whinston. Surgió de que, en un principio, en Estados Unidos no se hizo nada para mitigar la pandemia y, de repente, se cerró todo. No fue tan drástico como en la Argentina, pero la economía se cerró mucho. Parecía una reacción no muy pensada y restrictiva. Entonces, trabajamos con los modelos que tienen los epidemiólogos, pero teniendo en cuenta también la economía. Partimos de un principio económico muy básico, que no se aplica mucho y es el que indica que, en general, hay que tratar de ajustar las políticas a las distintas personas, adecuarlas, focalizarlas. En estas circunstancias, nos pareció que había que pensar si era relevante. La pregunta que nos hicimos es si la cuarentena tenía que depender potencialmente de los factores de riesgo y, en particular, de la edad, ya que si uno mira la particularidad del coronavirus es que los riesgos para los más jóvenes son bajos. Pensando en esa heterogeneidad, nos pareció importante no ignorar el tema. Hay una decisión que toma la sociedad que es complicadísima: es cuánto salvamos de vidas y cuánto de actividad económica. Es cierto que en algún rango, mejorar la salud también mejorará la economía, pero en otro rango, no, hay un trade off [contraposición]. Lo que nosotros planteamos es que ese trade off se puede mejorar si usamos políticas más segmentadas por edades.

-Es decir, compararon lo que sería un confinamiento general con uno segmentado por grupos de edades y encontraron que de la última forma se podían salvar más vidas y que caiga menos la economía.

-Hay un menú de opciones y uno lo ve en los países. Algunos países eligen más cuarentena; otros, menos, y están los distintos puntos de este menú. Lo que estamos tratando de decir es que podemos mejorar el menú también, usando políticas más ajustadas a los grupos de riesgo, en particular a las edades, ya sea para salvar más vidas o para salvar más actividad económica. Después, la sociedad elegirá dónde toma las ganancias, si en salvar más vidas o más actividad económica. Es algo en lo que tratamos de no meternos por muy controvertido. Son tan diferentes las mortandades que, cuando metés esos números en los modelos, sale que es significativo el beneficio.

-¿Hay algún país que haya decidido tomar políticas bien segmentadas?

-Entiendo que hay un poco de segmentación por edad en Turquía. Es posible que, al dejar que la gente salga, los mayores decidan quedarse por recomendación. En ese sentido, en el mundo hay un poco de diferenciación. Pero, en general, la política ha sido muy uniforme y muy básica, al disponerse que las medidas son aplicables a toda la sociedad, excepto la diferenciación por las industrias que se decide que son esenciales. Tal vez es un poco antipática nuestra política o tiene algunos problemas de implementación; no queremos decir que no los haya. Pero, primero, queremos calcular los beneficios; después, uno puede compararlos con los costos.

-No sería la primera vez que en economía se recomienda algo que, desde el punto de vista político, es difícil de implementar.

-Sin duda. Entiendo el problema de los políticos. Ahí nuestro trabajo no tiene mucho para decir. Hemos pensado un poco en esa pregunta, pero una cosa que los académicos hacemos, que tal vez no todos saben, es que contestamos las preguntas con cierto rango; hay que ser humildes, no tenemos la respuesta a todo, sabemos que hay mucha incertidumbre en las respuestas que damos. Es un área que estamos trabajando hace poco y hay todavía muchas cuestiones que no entendemos. La situación de cada sociedad, con sus restricciones políticas o funcionales, afectan la respuesta. También creo que este tipo de ajuste por edades, si tiene grandes beneficios, tal vez nos podemos replantear cómo hacer para que sea aceptable para la sociedad. Porque, por ejemplo, tal vez podemos pedir un confinamiento más grande para los mayores y apoyarlos con más servicios para que puedan pasar ese mayor aislamiento bien.

-La ciudad de Buenos Aires intentó aplicar una medida así, pero recibió muchas críticas. ¿Qué opinión tiene sobre que somos uno de los países más frágiles desde el punto de vista económico y, sin embargo, llevamos adelante una de las cuarentenas más rígidas?

-Me quiero abstener de opinar si está bien o está mal una política en particular, porque es un tema delicado. No todos los economistas vamos a la televisión y decimos que tenemos la posta. Los economistas académicos no somos tan así. Nuestras recomendaciones vienen no solo con la predicción, sino con el margen de error que tienen. Y hay mucho margen de error acá, es una enfermedad de la cual estamos aprendiendo qué tan peligrosa es. En el momento en que se hicieron muchos de los confinamientos había mucho miedo de que iba a haber muchas muertes y mucha demanda en los hospitales. En algunos países se actuó muy tarde y, en otros, tal vez se sobreactuó. Creo que los economistas teníamos algo para agregar a la perspectiva de la epidemiología, pero nadie tiene la posta y, sin duda, nosotros no la tenemos. Estamos para contribuir, para pensar.

¿Cuáles son sus cinco solos de guitarra preferidos?

Steppin' Out, Eric Clapton & the Bluesbreakers

Little Wing, Jimi Hendrix

Comfortably Numb, Pink Floyd

Sultans of Swing, Dire Straits

Purple Rain, Prince

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