Jimena Blanco: “En un mundo cambiante, la Argentina ya no es tan volátil como solía ser”
La analista enumera los riesgos y oportunidades que se abren para el país; el impacto del nuevo orden global sobre las decisiones de inversión y los desafíos de pensar el desarrollo más allá del corto plazo
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Jimena Blanco nació en la Argentina y a los 16 años ganó una beca de la Asociación de Colegios del Mundo Unido para completar el secundario en Nuevo México, Estados Unidos. Luego estudió Historia y Ciencias Políticas, con foco en Relaciones Internacionales, en Virginia, y, después de graduarse, se mudó a Gran Bretaña, donde realizó una maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Londres. Vivió allí durante más de 14 años y desarrolló gran parte de su carrera profesional como asesora de empresas interesadas en invertir en América Latina.
En un escenario global marcado por la superposición de crisis geopolíticas, tensiones comerciales y disrupciones tecnológicas, la incertidumbre dejó de ser una excepción para convertirse en la regla. La aceleración de estos procesos durante la segunda administración de Donald Trump, el uso de herramientas económicas como armas de negociación y el debilitamiento del multilateralismo tradicional obligan tanto a gobiernos como a empresas a repensar sus estrategias en un mundo cada vez más fragmentado y volátil.
En este contexto, Blanco, que sigue liderando un equipo que asesora a empresas que quieren invertir en la región desde Málaga en la consultora Verisk Maplecroft, analiza los riesgos y oportunidades que enfrenta la Argentina en este nuevo orden global: el rol de los liderazgos políticos, la disputa entre Estados Unidos y China, y el impacto de la energía y la minería en la estructura productiva local. Con una visión crítica sobre los populismos y el cortoplacismo, advierte que sin una estrategia de largo plazo —centrada en educación, capital humano y desarrollo— el país corre el riesgo de repetir viejos errores en un contexto internacional mucho más hostil.
—El mundo se volvió cada vez más impredecible y en 2026 esa tendencia parece haberse acelerado. ¿Cómo se prepara el sector privado para convivir con esta volatilidad creciente?
—Son tendencias que vienen profundizándose desde hace varios años y que durante la segunda administración de Trump se aceleraron con fuerza en 2025. Hoy tenemos múltiples frentes de tensión abiertos al mismo tiempo y todos interactúan entre sí. No estamos hablando solo de conflictos armados, como Rusia y Ucrania o los de Medio Oriente, sino también del uso cada vez más explícito de herramientas económicas como instrumentos de negociación, de presión o de obtención de ventajas geopolíticas. Para una empresa que hoy tiene que decidir dónde invertir, cómo financiarse o cómo estructurar sus cadenas de suministro globales, el nivel de incertidumbre no tiene precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial, incluso si se lo compara con períodos de grandes conflictos bélicos.

—¿Puede interpretarse este giro hacia la negociación económica como una señal de que los organismos multilaterales dejaron de ser eficaces o quedaron obsoletos?
—Yo daría vuelta el argumento. Si miramos la historia global y la comparamos con los últimos 70 años, vemos que este período es un verdadero atípico. Durante la mayor parte de la historia hubo guerras constantes, hambrunas recurrentes, niveles muy bajos de educación, de salud y de bienestar general. Para ponerlo en perspectiva, durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos llegó a destinar casi tres cuartas partes de su PBI al gasto militar. Hoy nos cuesta incluso imaginar algo así. Lo que ocurre es que ya no tenemos generaciones vivas que hayan experimentado de manera directa ese mundo. Por eso, cuando se escucha que la OTAN “no sirve para nada” o que Naciones Unidas “no funciona”, yo diría: perfectas no son, eso está clarísimo. Tienen problemas serios de gobernanza, ineficiencias y recursos que no siempre se utilizan de la manera prevista. Pero la alternativa —romper ese orden y permitir que surjan nuevas estructuras de forma desorganizada o puramente regional— implicaría un shock económico y social enorme. Nunca vivimos en un mundo tan globalizado e interdependiente como el actual, y destruir esa arquitectura sin un reemplazo claro sería extremadamente costoso.
—Algo similar suele decirse de la democracia: no es perfecta, pero es el mejor sistema que conocemos. ¿Cómo analiza la aparición de líderes que proponen soluciones simples a problemas estructuralmente complejos?
—Son líderes que resultan muy atractivos para el electorado porque hay problemas reales, cotidianos, que siguen sin resolverse. Cuando uno sale de la teoría y mira la vida diaria de la gente, hay frustraciones acumuladas. Y es cierto que muchos dirigentes de líneas más moderadas tuvieron oportunidades para abordar estos problemas y no lo hicieron, o no lograron resultados visibles. En ese contexto, cuando aparece alguien —sea del signo político que sea— con propuestas disruptivas, que promete cambios rápidos y con bajo costo social, mucha gente se siente interpelada. El problema es que la evidencia histórica muestra que los populismos, tanto de derecha como de izquierda, y sobre todo cuanto más extremos son, no mejoran la economía ni los indicadores sociales, ni construyen bases sólidas para el desarrollo a largo plazo. El Brexit es un ejemplo muy claro. Durante los primeros años posteriores a la votación se decía que los efectos negativos anunciados no se habían materializado. Una década después, sabemos que la economía británica podría haber crecido cerca de 10 puntos más y que la desigualdad interna aumentó más de lo que se esperaba. Estos procesos no muestran sus efectos de inmediato. En medio de una vorágine de anuncios, cambios regulatorios y disputas públicas, es muy difícil detenerse a pensar cómo impactará todo esto dentro de cinco o 10 años. Con los aranceles de Estados Unidos ocurre algo similar: el impacto inflacionario es más lento que en países como la Argentina, pero ya estamos empezando a ver aumentos de precios de entre 7% y 15% en algunos productos. Eso, con el tiempo, probablemente incremente el descontento social dentro de Estados Unidos, de cara a unas elecciones de medio término que pueden ser complejas para la Casa Blanca.

—En este contexto global, ¿cómo evalúa el rol de un líder como Javier Milei, que volvió a participar del Foro Económico Mundial de Davos?
—Más allá de Milei como figura, la Argentina está en una posición interesante si logra aprovechar la oportunidad. Tiene recursos estratégicos que son clave tanto para Estados Unidos como para China y la Unión Europea, los tres grandes actores que hoy están redefiniendo el orden económico global. Energía, minería y alimentos son sectores que el mundo demanda y va a seguir demandando. El anuncio del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea es una muy buena noticia en un mundo que parece cerrarse cada vez más. En ese sentido, Milei resulta una figura particular: desde que llegó a la Casa Rosada impulsó una mayor apertura de la Argentina al mundo, mientras que Estados Unidos avanza en la dirección opuesta, con más proteccionismo y menos integración. El desafío será cómo manejar esas tensiones. La Argentina, como Brasil, tendrá que jugar un rol más balanceado en la competencia entre China y Estados Unidos. Lula lo expresó con claridad en una columna reciente en The New York Times: en el hemisferio occidental hay lugar para todos, y las decisiones deben pensarse en términos de inversión, desarrollo y bienestar social, no solo desde la ideología.
—En ese sentido, el Gobierno argentino es más pragmático de lo que su discurso sugiere: crecen las importaciones chinas y avanza el acuerdo con la Unión Europea.
—La realidad económica termina imponiéndose. Salvo que un gobierno esté dispuesto a sacrificar su economía en nombre de la ideología, las decisiones tienden al pragmatismo. Lo que está haciendo el Gobierno tiene una lógica económica que no se puede negar. Desde el punto de vista de a dónde va el mundo, cada vez es más difícil separar intereses económicos de intereses políticos y geopolíticos. Para las empresas, planificar inversiones a cinco años en este contexto de volatilidad permanente es extremadamente complejo.
—En la Argentina hay un fuerte ingreso de inversiones mineras y energéticas, pero otros sectores pierden dinamismo. ¿Cómo lo evalúa?
—Eso genera tensiones en la distribución de la riqueza. Hoy vemos una concentración de la nueva riqueza en las zonas mineras, petroleras y en el campo, mientras que áreas industriales clave, como el conurbano bonaerense, quedan más rezagadas, y eso tiene un impacto político y social muy fuerte. La pregunta central es si estas inversiones logran generar cadenas de valor más amplias. Chile es un buen ejemplo: el crecimiento comenzó en el norte minero, y aún hoy esa región es más rica que Santiago en algunos indicadores. Pero con el paso de las décadas se desarrolló toda una industria de servicios, logística y apoyo alrededor de la capital. La Argentina recién está dando ese primer paso.
—¿Cómo impacta la volatilidad del precio del petróleo en Vaca Muerta?
—El precio es muy volátil y responde, en parte, a una estrategia de la Casa Blanca para reducir costos internos. A US$55 el barril, Vaca Muerta puede operar, pero no genera grandes márgenes. Para el mercado interno argentino, el impacto es más acotado. El verdadero desafío está en los planes de exportación. A precios bajos, algunos proyectos dejan de ser económicamente viables. De todos modos, la Argentina hoy es relativamente más estable que en el pasado: está corrigiendo la macroeconomía, tiene mano de obra calificada y ofrece condiciones de seguridad mejores que muchos países de la región. En un mundo volátil, la Argentina ya no es tan volátil como solía ser.

—¿Cómo evitar que el crecimiento de sectores como minería y energía derive en un país más desigual?
—Hay varias opciones. Una es la creación de un fondo soberano que permita administrar las regalías de la minería y la energía. La Argentina, obviamente, está saliendo de una serie de crisis y tiene un montón de problemas que resolver en el corto plazo. Pero para que sea una economía pujante a mediano y largo plazo, tenemos que empezar a pensar en mecanismos de inversión en educación y para responder a futuras crisis. La Argentina tiene ventajas estructurales que otros países no tienen: no enfrenta conflictos bélicos inmediatos, tiene seguridad alimentaria y una fuerte capacidad exportadora. El desafío es diversificar la economía y prepararse para el futuro, más allá del cortoplacismo.
—Como argentina que vive afuera desde hace muchos años, ¿qué es lo que más le preocupa del país?
—El deterioro sostenido del nivel educativo, justo cuando el futuro exige herramientas cada vez más sofisticadas y mayor capacitación. La Argentina podría atraer mano de obra calificada que hoy no tiene acceso a mercados como Estados Unidos, pero necesita políticas claras para integrarla y potenciarla. Sin educación y sin capital humano, vamos a seguir remando en dulce de leche de una crisis a otra.
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