La democracia, la integración y el Mercosur
Eduardo Sigal Para LA NACION
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El editorial del diario LA NACION del último 27 de julio genera la ocasión de un productivo debate acerca de la realidad y las perspectivas del Mercosur. Ciertamente, el funcionamiento del bloque ha recibido y recibe razonables críticas. Sin embargo, cabe diferenciar cuidadosamente los distintos ángulos desde los que se hacen tales críticas. Existe una perspectiva de integración política, de fortalecimiento institucional y de cooperación productiva que señala las limitaciones que, en este sentido, mantiene el Mercosur. También están quienes desde el propio nacimiento del bloque abogan por circunscribirlo a un acuerdo de libre comercio sin otras implicancias sociales y políticas.
El citado editorial afirma que el Mercosur "debe ocuparse más de sí mismo". La afirmación está argumentada desde lo que se entiende una innecesaria dedicación de la última reunión de sus máximas instancias dirigentes y la cumbre de los presidentes de los países miembros a la crisis política generada por el golpe de Estado en la república de Honduras. La ubicación centroamericana de ese país parecería ser, según la nota, razón suficiente para que el Mercosur no tomara posición y dejara el tema para ser tratado "en los organismos que corresponde". Al ocuparse del tema, deduce la nota, el Mercosur se sitúa "más cerca de América Central que del Río de la Plata".
El enfoque es preocupante. ¿Es un tema menor un asalto ilegal al poder y la consecuente ruptura de la legalidad democrática? ¿Corresponde hacer silencio ante un atropello de esta magnitud a la democracia en un país de América latina? Eso estaría reñido con una visión política propia del siglo XXI: nadie puede negar la profunda interacción política que existe en el mundo global y, particularmente, en nuestro continente. Por otro lado, la defensa de la institucionalidad democrática es uno de los ejes orgánicos del Mercosur; sobre la base del protocolo de Ushuaia, firmado en 1998, el bloque ha tomado posición cada vez que el peligro de la usurpación autoritaria ha afectado a algún país del continente. Y en más de una ocasión esa intervención jugó un papel importante en la solución de la situación.
Por otro lado, es una metodología de dudosa legitimidad analítica juzgar una reunión -en este caso, la cumbre del Mercosur- aislada del contexto de época que la rodea y del desarrollo histórico del organismo. No puede ignorarse que los países de la región atraviesan serias dificultades debidas al actual contexto internacional. Es evidente, además, que esas dificultades, que afectan la producción y el empleo en nuestros países, no tienen causas endógenas. Todos los países del Mercosur venían de procesos de crecimiento, de estabilización de sus variables económicas y de importantes grados de recuperación y reparación de las consecuencias sociales derivadas de la puesta en práctica de los preceptos del Consenso de Washington. Fue justamente el modelo de desarrollo capitalista claramente hegemonizado por el capital financiero, crecientemente divorciado de la producción y estimulante de procesos de especulación sin antecedentes históricos, el que entró en una aguda crisis.
Aun en estas críticas condiciones, la última cumbre del Mercosur avanzó en temas sustantivos vinculados a la integración productiva, a la institucionalización política y a la coordinación de las respuestas de la región a la crisis mundial. La denuncia de la usurpación antidemocrática en Honduras, lejos de ser un estigma del bloque, como parece sugerir el editorial de referencia, es un orgullo para todos los demócratas de esta zona del mundo.
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