
La transición, el desafío central de la economía argentina
Cómo se pasa de un modelo que acumuló distorsiones a un esquema competitivo, abierto e integrado al mundo, sin destruir en el camino el entramado productivo, las empresas y el empleo es el problema central de la economía hoy
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En la Argentina de hoy existe un consenso social amplio sobre los objetivos de largo plazo. La sociedad quiere una economía ordenada y en crecimiento, con inflación baja, reglas claras, un Estado más eficiente, impuestos razonables, una legislación laboral moderna y un país integrado al mundo. Pero, sobre todo, quiere que el motor sea el sector privado, capaz de aumentar la producción, expandir las exportaciones y generar empleo de calidad. Ese es el camino más sólido y sostenible para mejorar el nivel de vida de la mayoría de la sociedad.
Sin embargo, entre esos objetivos y la realidad cotidiana aparece el verdadero desafío: la transición. Cómo se pasa de un modelo económico que acumuló distorsiones durante años a un esquema competitivo, abierto e integrado al mundo, sin destruir en el camino el entramado productivo, las empresas y el empleo. Ese es hoy el problema central de la economía argentina.
Este dilema no es nuevo ni exclusivo de nuestro país. Economistas especializados en desarrollo e integración internacional —como Justin Yifu Lin, Dani Rodrik o Barry Eichengreen— coinciden en que la estabilización macroeconómica es condición necesaria, pero no suficiente. Sin reformas estructurales que corrijan costos, financiamiento, infraestructura y marcos regulatorios, la apertura tiende a generar más daño que competitividad.
La Argentina llega a esta etapa luego de un largo proceso de acumulación de distorsiones: inflación crónica, presión fiscal elevada, atraso en infraestructura, falta de crédito productivo, informalidad creciente y un sistema laboral desalineado de la realidad productiva.
El ajuste macroeconómico de 2024 permitió frenar la inflación y ordenar las cuentas públicas, un paso imprescindible. Pero la estabilización, por sí sola, no genera crecimiento automático.
En 2024 y 2025 la actividad en muchos sectores cayó y el empleo privado se vio afectado. Esa dinámica de pérdida de empleo es una de las señales más sensibles del momento actual. Revertirla es una prioridad económica y social.
Para que eso ocurra, la economía necesita volver a crecer con mayor homogeneidad, reactivar la producción en más sectores y recuperar inversión.
En paralelo, se produjo una apertura de la economía muy rápida. En numerosos sectores industriales las importaciones crecieron con fuerza, en un contexto de demanda interna débil y costos locales todavía elevados. El resultado fue una presión intensa sobre la producción nacional y sobre empresas que ya venían con márgenes erosionados. Aquí aparece el corazón del problema de la transición: abrir una economía que aún convive con altos costos, sin crédito y con problemas logísticos expone a las empresas a una competencia desigual. La competitividad no aparece por decreto: se construye.
A este cuadro se suman fenómenos que agravan la situación. El contrabando, la subfacturación, el dumping y el incumplimiento de normas técnicas se intensificaron en varios sectores. La competencia desleal no solo distorsiona precios; destruye confianza, desalienta inversión y castiga al que cumple las reglas.
Además, la presión competitiva de China es cada vez mayor. China no compite solo por salarios bajos, sino por escala, financiamiento, infraestructura y una estructura de costos altamente subsidiada. Enfrentar esa competencia sin haber corregido previamente las distorsiones internas coloca a muchas industrias argentinas en una situación de extrema vulnerabilidad. No es una discusión ideológica: es una realidad económica.
Por eso, la transición no puede ser pasiva. Los países que lograron integrarse al mundo con éxito lo hicieron combinando apertura, reformas y políticas que cuidaron las capacidades productivas durante el proceso de cambio. No para sostener ineficiencias, sino para evitar una destrucción productiva que luego es muy difícil de revertir.
La clave hacia 2026 no es frenar el rumbo, sino ordenar la secuencia. Para que la economía vuelva a crecer, se recupere la actividad y se genere empleo, es imprescindible avanzar en las reformas de competitividad: reducción de impuestos distorsivos, modernización laboral, reconstrucción del crédito productivo, inversión en infraestructura y energía, fortalecimiento de la educación técnica y defensa firme de la competencia leal.
En definitiva, la transición es el verdadero desafío de esta etapa. Los objetivos están claros y son compartidos. El riesgo está en el camino. Si la transición se gestiona con realismo, reglas claras y foco en el crecimiento, la Argentina puede revertir la caída del empleo, reactivar su economía y salir fortalecida, con una estructura productiva más eficiente, más abierta y más competitiva.
El autor es presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA)



