
¿Mejor quemarse que apagarse? El mito del desertor universitario
Algunos de los empresarios tecnológicos más importantes, entre ellos Peter Thiel, el fundador de Palantir, son críticos del valor de la universidad como plataforma para el éxito emprendedor; pero las estadísticas desmienten ese prejuicio
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Hay una canción del gran Neil Young que dice “it’s better to burn out than to fade away” (es preferible quemarse que desvanecerse lentamente): habla de estrellas de rock que prefieren incendiar su vida y su arte, aun a riesgo de desaparecer, antes que extinguirse lentamente. En mi cerebro, esas líneas dialogan con el llamado “mito del dropout (desertor) universitario”, según el cual dejar la universidad ayuda, o incluso sería necesario, para ser un emprendedor exitoso. Traducido al rock argentino: “Aprovechá que sos joven, largá la facu y armate tu startup”.
En los últimos años, la función social y económica de la universidad viene siendo cuestionada desde distintos sectores y por motivos diversos, algunos más atendibles que otros. La irrupción masiva de la inteligencia artificial (IA) refuerza ese debate, al instalar el temor de que los títulos y saberes universitarios queden obsoletos frente a la velocidad del cambio tecnológico.
Entre los críticos más prominentes del valor de la universidad se encuentran algunos fundadores de las empresas “tecnológicas” más importantes del mundo. El mito nace de las experiencias de Steve Jobs, Mark Zuckerberg y Bill Gates, quienes abandonaron la universidad y fundaron tres de las empresas más importantes de la historia, aunque cabe notar que pasaron un tiempo por ella antes de irse. Más recientemente, Peter Thiel y Alex Karp, cofundadores de Palantir -empresa de software e IA aplicada a defensa y seguridad-, han declarado explícitamente que el rol de las universidades está sobrevalorado. Thiel las compara con una burbuja especulativa y con la Iglesia del siglo XVI, y sostiene que premian la conformidad por sobre la originalidad. Karp las acusa de adoctrinamiento y afirma que producen graduados con conocimiento demasiado general para ser útiles en el mercado actual. Thiel creó la Thiel Fellowship, que ofrece becas de hasta US$250.000 por dos años a jóvenes para que abandonen o esquiven la universidad y desarrollen sus propios emprendimientos. Elon Musk, por su parte, ha argumentado que mucho de lo que se enseña en la universidad puede aprenderse hoy en internet. Cabe señalar que los tres tienen más de un título universitario, y que Karp incluso tiene un doctorado en teoría social por la Universidad Goethe de Frankfurt. ¿Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago?
En este escenario, vale preguntarse para qué sirve la universidad. Entre otras cosas, debería impartir conocimientos, aportar métodos para buscar, organizar y procesar información, desarrollar capacidades de razonamiento y argumentación, promover el pensamiento crítico, fomentar el trabajo en equipo y facilitar el acceso a redes de contactos valiosas para las trayectorias profesionales posteriores. Los argumentos de Thiel, Karp y Musk sugieren que todo esto no sería relevante — o incluso resultaría contraproducente — para quienes busquen crear una empresa. ¿Qué dice la evidencia empírica al respecto?
Un estudio de Ilya Strebulaev, de la Venture Capital Initiative de Stanford, sobre 1110 empresas estadounidenses respaldadas por capital de riesgo que alcanzaron estatus de unicornio —es decir, una valuación o evento de liquidez superior a US$1000 millones— entre 1997 y 2021 muestra que, en comparación con los adultos estadounidenses mayores de 25 años, los fundadores de unicornios son seis veces más propensos a tener un doctorado, tres veces más propensos a tener una maestría y dos veces más propensos a haber completado estudios universitarios. En cambio, los dropouts representan apenas alrededor del 5% de los fundadores de ese universo.
En Europa las cosas son parecidas. Un informe de la Comisión Europea sobre unicornios de aquel continente muestra que, entre sus fundadores, prácticamente todos cuentan con al menos un título de grado; alrededor del 65% tiene una maestría y cerca del 7% un doctorado. ¿Y por estas pampas? Un trabajo de Prodem (Universidad Nacional de General Sarmiento) con datos sobre alrededor de 130 fundadores de unicornios en América Latina apunta en la misma dirección, aunque sus cifras refieren a estudios cursados y no permiten distinguir si en todos los casos los fundadores obtuvieron efectivamente el título correspondiente.
Los datos también desmienten otro pilar del mito: los fundadores de startups exitosas no son tanto jóvenes intrépidos como personas de mediana edad. Un trabajo publicado en Harvard Business Review en 2018 estimó que, considerando todas las startups creadas en los años previos, la edad promedio de los fundadores era de 42 años; si se toma solo el 0,1% de mayor crecimiento, esa edad sube a 45 años (y solo el 10% de los fundadores dentro de este grupo tenía menos de 30 años al momento de crear la empresa). Una nota más reciente sobre más de 2000 fundadores detrás de alrededor de 800 unicornios estadounidenses fundados entre 2010 y fines de 2024 muestra que tenían, en promedio, casi 14 años de experiencia profesional cuando crearon la empresa.
Resumiendo: el creador promedio de una startup exitosa no es un joven que abandona los anticuados muros universitarios para comerse el mundo, sino alguien que obtiene al menos un título y se pasa un buen rato probando cosas hasta que tiene éxito. Estas historias venden mucho menos que la del chico o chica de 20 años que deja la facultad y hoy tiene una fortuna de US$10.000 millones. Pero gente talentosa con suerte hay siempre: son excepciones, no la regla. La comparación no es perfecta, pero hay más de 40 millones de adultos estadounidenses que fueron a la universidad sin obtener un título, contra poco más de 1000 unicornios creados en ese país hasta el presente.
Alguien podría traer a cuento los casos de éxito de la Thiel Fellowship. Pero su tasa de aceptación se estima en torno al 0,1% de los postulantes—contra 1-3% de la mayor parte de las aceleradoras de negocios en EEUU. Se trata entonces de una iniciativa que selecciona a personas excepcionales, que probablemente habrían tenido buenas chances de éxito también si hubieran permanecido en la universidad. Más aún, la Thiel Fellowship es visiblemente un mecanismo más dentro de una cruzada anti-universidad que anda dando vueltas por el mundo. Por ejemplo, Thiel contribuyó a financiar la campaña senatorial del actual vicepresidente de EEUU, JD Vance, quien ha dicho públicamente que “las universidades son el enemigo”.






