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En las cafeterías de Palermo, en los grupos de Telegram y hasta en los pasillos de los shoppings porteños, cada vez se escuchan más conversaciones en ruso. La nueva comunidad, que en pocos años se multiplicó en la Argentina, no solo ganó visibilidad en la vida cotidiana sino que también comenzó a dejar su huella en el mapa de los negocios: desde rituales ancestrales de bienestar hasta parques de realidad virtual y propuestas gastronómicas.
