
Mucho más que una bicicleta eléctrica
La marca se convirtió en mucho más que un medio de transporte; para muchos es sinónimo de innovación, sustentabilidad y libertad; para otros, desorden y el fracaso del Estado a la hora de controlar el tráfico
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Hoy en día puede resultar difícil saber qué cree realmente un liberal. Afortunadamente, una prueba sencilla arroja luz sobre su alma. Es similar a la que diseñó Hermann Rorschach en la década de 1920. Sin embargo, en lugar de colocar al sujeto frente a una mancha de tinta ambigua y esperar a que diga algo profundo sobre su madre, basta con acercar una bicicleta eléctrica Lime Gen4 —blanca y verde, y que se encuentra apilada por docenas en las calles de ciudades de todo el mundo—, dejar que su mirada se pose en ella y preguntar con suavidad: “¿Qué ves?“.
“¡Es el paradigma del capitalismo liberal!“, exclama el primer sujeto. ¿Cómo no iba a gustarle? El usuario de Lime acelera con rapidez y sin esfuerzo. Se siente bien respecto a su huella de carbono y aún mejor por librarse del colectivismo del transporte público. Cada bicicleta es un anuncio de la “destrucción creativa”: si hasta la humilde bicicleta puede mejorarse mediante la innovación, cualquier cosa puede hacerlo. Dado que las bicicletas Lime no requieren estaciones de anclaje —lo que permite al usuario dejarlas prácticamente en cualquier lugar—, otorgan a personas de recursos modestos el mayor de los lujos modernos: la despreocupación al desplazarse.
Lo que para un liberal es bajarse de la bici con naturalidad, para otro es un acto de incivismo descarado. “¡Eso es el diablo!“, grita el segundo sujeto. Las bicicletas eléctricas han hecho que la acera y la calzada sean indistinguibles. Los accidentes son tan frecuentes que el término ”Lime leg" ya forma parte del lenguaje coloquial. En Londres, hasta los espacios públicos más refinados están dominados por manillares de color verde neón. Hace unos días llegaron tantas a Wimbledon que el ayuntamiento amenazó con requisarlas. Hace poco, una mañana, la calle Old Burlington, en Mayfair, quedó bloqueada por una gran cantidad de bicicletas Lime aparcadas tanto en la acera como en la calzada. En medio del caos se veían algunas bicicletas Voi —una competidora sueca de tono rosado— y alguna que otra Forest —una marca británica de un verde menos estridente—, que parecían haberse perdido. Si el sujeto tiene aunque sea una ligera inclinación reaccionaria, tal visión hará que esta aflore de inmediato.
Ambas posturas son irreconciliables. Incluso quien inicialmente se mantiene neutral (“no me importarían si fueran más lindas”) pronto se decantará por un bando u otro. Los partidarios del primer grupo acusan a los del segundo de ser unos retrógrados incapaces de adaptarse a los cambios que la tecnología traerá consigo. Estos últimos, por su parte, opinan que los primeros serían capaces de vivir en la miseria del centro de San Francisco con tal de que su comida a domicilio llegue a tiempo.
¿Qué ve uno al mirar una bicicleta Lime? Para empezar, una reliquia de la burbuja tecnológica que estalló cuando los bancos centrales subieron los tipos de interés en 2022. Lime acabó saliendo a bolsa el 1 de julio, tras años de espera. Innumerables empresas de “micromovilidad” han quebrado. Ofo, una compañía china que en su día inundó Occidente con miles de bicicletas amarillas, desapareció hace tiempo. Jump, la apuesta de Uber por las bicicletas eléctricas compartidas, se integró en Lime en 2020. Bird, que llegó a ser un “unicornio” de los scooters eléctricos, se declaró en bancarrota en 2023 (aunque posteriormente ha resurgido). La culpa solía recaer en una combinación de competencia de precios y depreciación de activos. Lime afirma haber resuelto estos problemas: sus bicicletas tienen una vida útil de cinco años y la empresa genera un flujo de caja positivo. Aun así, la compañía se vio obligada a salir a bolsa para saldar sus cuantiosas deudas.
Para comprender a fondo la bicicleta Lime, conviene examinar su genealogía. Las bicicletas compartidas tienen su origen en la izquierda política: en la década de 1960, unos jóvenes holandeses de espíritu libre pintaron algunas de blanco y las dejaron sin candado. Sin embargo, los antecesores más recientes de Lime son los sistemas públicos que surgieron en los años 2000. Las “Boris bikes” de Londres —oficialmente llamadas “Santander Cycles”— son las precursoras de Lime que requieren estaciones de anclaje (y cuyo uso, como era de esperar, ha decaído últimamente). Las Lime tienen unos primos díscolos, y a menudo ilegales: las bicicletas de reparto de comida, rápidas y de fabricación rudimentaria, que ahora circulan sin control alguno por las ciudades. Y cuentan con un gran valedor: Uber, el gigante de la economía del reparto, que es el mayor inversor de Lime y genera el 14% de sus ingresos al ofrecer estas bicicletas a través de su aplicación.
Si la bicicleta de Lime tiene una filosofía, es la del absolutismo de la comodidad. Ese mantra era más explícito en Silicon Valley durante la década de 2010 que hoy en día, pero sigue siendo la verdadera obsesión del lugar. En algunas ciudades, Amazon ya puede entregar productos de alimentación en menos de media hora (gracias a su propia bicicleta eléctrica). El agentic commerce se presenta como la vanguardia de la inteligencia artificial, pero también constituye la punta de lanza del reparto de comida a domicilio. El predominio de la comodidad conlleva también el declive de la propiedad. Y gran parte del carácter antisocial de las bicicletas eléctricas deriva de ello. “¿Por qué has aparcado ahí tu bicicleta Lime?“, podría preguntar alguien. “No es mi bicicleta”.
Al margen de la ley
A menudo, la política empresarial no es más que la política de la carretera. Elon Musk, el hombre más rico del mundo, es también su mayor vendedor de automóviles. La crisis industrial de Europa es, en gran medida, un ataque de pánico ante los vehículos eléctricos chinos. Pero la política en torno a las bicicletas es especialmente feroz: “Zo deja de multar a los ciclistas eléctricos que circulan a gran velocidad”, proclamaba en marzo la portada del The New York Post, acusando a Zohran Mamdani, el alcalde de la ciudad, de proteger a los repartidores a costa de los peatones. En parte, esto se debe a que son una molestia omnipresente. Pero también a que quejarse de las bicicletas ultrarrápidas que utilizan los repartidores se ha convertido para algunos sectores progresistas en una forma indirecta de expresar preocupaciones sobre la inmigración sin atacar abiertamente a los inmigrantes ilegales que a menudo desafían o incumplen las normas.
Si la bicicleta eléctrica es el gran símbolo del fracaso del Estado, aplastarlas es una manera de que este recupere una apariencia de fortaleza. Las fuerzas policiales de Estados Unidos, Australia y el Reino Unido se han grabado a sí mismas pulverizando bicicletas y scooters eléctricos considerados demasiado rápidos o peligrosos. ¿Más vale la bicicleta eléctrica conocida? Quizás: un argumento sostiene que la represión contra los modelos ilegales debería beneficiar a empresas legales como Lime. Sin embargo, Lime también sufre las graves consecuencias de la política a pequeña escala. En 2023, París votó a favor de prohibir los scooters eléctricos sin estación fija. Los Estados redactan sus propias normas de seguridad. La regulación de las bicicletas puede llegar a descentralizarse hasta extremos absurdos. Cada uno de los 32 distritos de Londres tiene sus propias normas, lo que provoca la acumulación de bicicletas de un mismo operador en los límites entre distritos. Una imagen ridícula. Pero cada vez más habitual.



