Para la economía, la cuarentena sigue y no hay vacuna milagrosa

Willy Kohan
Willy Kohan PARA LA NACION

Willy Kohan, en LN+

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15 de julio de 2020  • 22:56

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Todo indica que la Argentina ingresa en las próximas horas en la era de la cuarentena más flexible. Es arriesgado hablar todavía de la poscuarentena, mucho más suponer que ya estamos en la pospandemia.

Más por necesidad política y social que por convicción de los epidemiólogos y el sistema sanitario, las cuarentenas se flexibilizan de hecho y de derecho. Lo evidente es que el aislamiento obligatorio extremo, después de 4 meses de encierro en los principales centros urbanos, ya no se puede sostener.

Aún así, por lo trascendido hasta ahora, la flexibilización sería extremadamente gradual en el caso de CABA y gran parte del conurbano. Ni shoppings, ni reuniones, ni mesas afuera en los bares por ahora. Tampoco peluquerías. Mucho menos transporte público libre. En lo inmediato, se liberan paseos y comercios de cercanía. La circulación seguiría restringida en Capital, entre Capital y Provincia, y muy limitado el tránsito interjurisdiccional en todo el país.

Para la economía, la apertura que se promete siempre suma y es mejor que nada. Pero en ningún caso asegura que se reactiven significativamente las ventas y la facturación de las empresas y los comercios. Mucho menos, la actividad de turismo y gastronomía, veremos a qué ritmo se va abriendo la actividad en el terreno de los servicios, consultas a profesionales y trabajadores autónomos en general. Seguirá cerrada la actividad en el Estado, oficinas públicas y el Poder Judicial.

En principio, están claras las medidas que se anunciarían para aliviar el aislamiento en el terreno social: se van a permitir sin duda más salidas con los chicos, más caminatas y algunas actividades deportivas al aire libre. Incluso tal vez más adelante reuniones familiares de pocas personas en domicilios; y si la gente se cuida y los contagios no estallan, hasta mesas afuera de los cafés y restaurantes para sentarse con distanciamiento a tomar un café.

Menos clarificado aparece el panorama para la cuarentena económica. Reabren seguro los negocios de proximidad. No hay decisión todavía en zonas, esquinas y avenidas de alta concentración comercial. Tampoco si se permitirá reabrir los shoppings. Un dato clave es si los empleados van a poder utilizar el transporte público para ir a trabajar. Ni hablar de la libertad de circulación en la Ciudad, el AMBA y el resto del país.

La descompresión de la cuarentena sería en principio más en el terreno social que económico. Puede derivar en un problema nuevo: que el Gobierno vaya restringiendo la asistencia a empresas y trabajadores con el argumento del final o la apertura parcial de las cuarentenas, pese a que la facturación y ventas en esas actividades en la realidad no se recuperen lo suficiente.

No desaparece en absoluto el riesgo sanitario, dato que conviene tener en cuenta. ¿Qué pasaría con el plan semanal que promete la Ciudad y acepta al parecer la Provincia para desescalar la cuarentena en caso que los contagios se duplican y superan 6000 o 7000 por día? Ya los voceros de la medicina privada advirtieron que el sistema está en el mayor estrés desde que se tienen registros. Los ministros de salud que hasta la semana pasada militaban las cuarentenas extremas con el argumento de la pila de cadáveres, ahora se llamaron a silencio. Pero lo hicieron por pedido de sus jefes políticos, no porque hayan mejorado los parámetros del sistema estatal de salud.

Con el diario del lunes, es evidente que se confirmó una advertencia que se formuló en esta columna a principios de mayo: la Argentina aplicó una cuarentena severa en forma demasiado anticipada. La tuvo que extender al récord de 4 meses y no la puede liberar del todo por la precariedad generalizada del país en el frente socioeconómico y sanitario.

Ahora, cuando se aceleran los contagios y llegan las bajas temperaturas, sin haber trabajado con eficiencia en los tests y rastreos de los infectados durante el aislamiento, resulta que hay que salir como sea del encierro porque la situación, obviamente, está saturada en términos políticos, sociales y económicos, y definitivamente no da para más.

Los alivios llegan de la ciencia, gracias al sector privado y al capitalismo que tanto se debate para perder el tiempo entre la dirigencia argentina. Los avances de los laboratorios internacionales con las pruebas para futuras vacunas son muy alentadores. Incluso la posibilidad de utilizar en el futuro el plasma con anticuerpos que se desarrolla en la Argentina como minivacunas inyectables.

Tampoco serían tan dramáticos los números que proyecta Federico Polack, uno de los infectólogos más destacados por su trabajo y sus colegas en la batalla contra la pandemia. Para simplificar los cálculos, considera que es muy probable que finalmente el coronavirus se comporte parecido al resto de los virus respiratorios conocidos, que se van moderando a medida que la gente se va contagiando.

Estima Polack que, mirando los efectos en todo el mundo, incluso los dramas en el norte de Italia, España o Nueva York, podrían existir en promedio unos 1000 infectados reales, con síntomas o sin ellos, por cada muerto en cada ciudad o área geográfica afectada. Y por la inmunidad de rebaño, el virus deja de multiplicarse cuando aproximadamente 60% de la población se contagia.

En un ejercicio matemático que no necesariamente se verificaría en la realidad, dado que no hay ciencias exactas en la biología, podría ocurrir entonces que el peor escenario en Capital y conurbano, si todo estalla y sale mal, serían no más de 10.000 muertos. Significarían unos 10 millones de personas contagiadas, más de 60% de la población del AMBA.

Está claro que 10.000 muertos es una calamidad. Es el cuádruple del número de hoy, a 4 meses del inicio de la cuarentena. Pero 10.000 muertos, el peor escenario que no se sabe si se dará porque puede aguantar mejor el sistema sanitario, es un tercio de la gente que el año pasado falleció de gripe en la Argentina. Estaría el país superando la pesadilla, con más muertos como todos los años, pero sin el horror de la crisis humanitaria verificada en otras latitudes.

Para recomponer la economía destrozada, lamentablemente no hay una vacuna mágica que nos salve. Pero de ilusiones también se vive. En estas horas el mundo empresario y los mercados quieren creer que el Presidente finalmente va a girar al centro en materia económica, consciente de las amarguras que hasta ahora le han significado seguir la agenda radicalizada del Instituto Patria.

Varios elementos suman distensión: La orden a Martín Guzmán para cerrar el acuerdo por la deuda aún pagando más a los acreedores, las fotos con el empresariado y la oposición, el acercamiento de Máximo Kirchner con popes del círculo rojo de la mano de Sergio Massa, o recientemente la confesión del Presidente en contra de la expropiación y estatización de Vicentin. Suponen los optimistas en el establishment que Alberto tarde o temprano va a girar al capitalismo, incluso con la aprobación de Cristina, para sobrevivir a la crisis y llegar con alguna chance de reactivación a las elecciones del año próximo.

La posibilidad de un Alberto Fernández moderado girando al centro parece haber sido percibida con alarma en su propia coalición. Volvió a vetar Cristina esa estrategia del Presidente, en tanto los sectores duros de la izquierda extrema que representa Hebe de Bonafini prácticamente le avisaron al jefe de Estado que lo van a considerar un criminal si sigue por ese camino del diálogo, la moderación y la solución capitalista a la crisis.

En lo que va del mandato, antes de la pandemia y mucho peor después, la política económica de Alberto fue más estatista y más intervencionista que la Cristina radicalizada con Axel Kicillof en el Palacio de Hacienda. Más cepo, más controles, precios máximos, aumento de impuestos, tarifas congeladas, cada vez más gasto público, más déficit, más Estado, más emisión y más inflación. A un paso de otro enfrentamiento internacional con acreedores por cesación de pagos, total o parcial.

¿Existe tal cosa como un Alberto Fernández moderado, que gire de verdad al capitalismo y pueda liberarse de los condicionamientos de Cristina y todos los planetas que orbitan alrededor de la expresidenta?

Como con el coronavirus, la respuesta estará en los tests, caso por caso. Se verá finalmente qué hace en cada tema de la agenda económica el Presidente. Evitar el default, lograr un acuerdo con el FMI, presentar un programa monetario y fiscal que despeje los temores a una explosión inflacionaria en el futuro cercano, aprobar leyes que faciliten la contratación de los futuros desempleados, saber si se va a promover un blanqueo para alentar inversiones o se va a seguir amenazando a los que ya blanquearon, la política exterior, si se va a levantar el cepo o se va a seguir persiguiendo al dólar son algunas de las pruebas ácidas más significativas a las que será sometido el Presidente para saber si la ilusión de un Alberto moderado es una realidad, o tal vez otra de las tantas fantasías que los hombres de negocios han querido creer de la clase política en los últimos 15 o 20 años, en la necesidad de mantenerse optimistas y no cerrar definitivamente las persianas.

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