Que se doble pero no se quiebre, el desafío de la eurozona

Kenneth Rogoff
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15 de febrero de 2015  

Los mercados financieros recibieron la elección del gobierno de extrema izquierda de Grecia de forma predecible. Si bien la victoria del partido Syriza hizo que las acciones y los bonos griegos se desplomaran, hay poca señal de contagio en otros países en crisis de la periferia de la eurozona.

En general, se supone que al nuevo gobierno de Grecia no le quedarán muchas más opciones que la de adherir al programa de reforma estructural de su antecesor, quizás a cambio de una modesta relajación de la austeridad fiscal. No obstante, la dimensión política, social y económica de la victoria de Syriza es muy significativa. Es imposible descartar por completo una salida griega dura del euro ("Grexit"), mucho menos controles de capital que hagan que un euro dentro de Grecia valga menos que en otra parte.

Algunos responsables de las políticas monetarias de la eurozona parecen confiar en que una salida griega del euro, dura o suave, ya no planteará una amenaza para los otros países de la periferia. Podrían tener razón; pero recordemos que en 2008, los responsables de las políticas en Estados Unidos pensaban que el colapso de una casa de inversión, Bear Stearns, había preparado a los mercados para la quiebra de otra, Lehman Brothers. Ya sabemos cómo resultaron las cosas.

Se han hecho algunos progresos importantes, institucionales desde 2010, cuando la crisis griega apareció por primera vez. La nueva unión bancaria, por más imperfecta que sea, y la promesa del Banco Central Europeo de salvar al euro haciendo "lo que sea necesario" son esenciales. Otra innovación crucial ha sido el desarrollo del Mecanismo Europeo de Estabilidad, que, al igual que el Fondo Monetario Internacional, tiene la capacidad de ejecutar grandes rescates financieros, sujetos a una condicionalidad.

Y, sin embargo, aun con estos respaldos institucionales, los riesgos financieros globales de la inestabilidad de Grecia son profundos. No cuesta imaginar que los nuevos líderes intrépidos subestimen la intransigencia de Alemania en lo que se refiere a alivio de la deuda o a la renegociación de paquetes de reformas estructurales. No es difícil imaginar que los eurócratas hagan un mal cálculo de la dinámica política en Grecia.

En cualquier escenario, la mayor parte de la carga del ajuste recaerá sobre Grecia. Cualquier país despilfarrador que se ve obligado a vivir con sus medios tiene que hacer un inmenso ajuste, incluso si se le perdonan todas sus deudas. Y el despilfarro de Grecia fue épico. Antes de su crisis de deuda, el déficit presupuestario primario del gobierno era equivalente a 10% del ingreso nacional.

Una vez que estalló la crisis y Grecia perdió acceso a un nuevo financiamiento privado, la "troika" (el FMI, el BCE y la Comisión Europea) ofreció un financiamiento a largo plazo subsidiado. Pero aun si se hubiera borrado de un plumazo toda la deuda, lograr un presupuesto equilibrado exige un gran ajuste del cinturón - y recesión-. Los alemanes tienen razón cuando dicen que las quejas sobre la "austeridad" deberían estar dirigidas a los gobiernos anteriores de Grecia.

Aun así, Europa necesita ser mucho más generosa a la hora de amortizar deuda de forma permanente e, incluso con más urgencia, reducir los desembolsos a corto plazo. Lo primero es necesario para minimizar la incertidumbre a largo plazo; lo segundo es esencial para facilitar el crecimiento.

Seamos realistas: el embrollo en el que se encuentra Grecia hoy no es toda responsabilidad suya. Primero y principal, la decisión de los países de la eurozona de incorporar a Grecia a la moneda única en 2002 fue irresponsable. El respaldo francés merece gran parte de la culpa. En aquel momento, era notorio que Grecia no cumplía con criterios básicos de convergencia, debido a su enorme deuda y a su relativo atraso económico y político.

Segundo, gran parte del financiamiento de las deudas de Grecia provino de bancos alemanes y franceses que obtuvieron enormes ganancias en la intermediación de préstamos de sus propios países y de Asia.

Tercero, los socios de Grecia en la eurozona amenazan con un garrote que no suele existir en las negociaciones de deuda soberana. Si Grecia no acepta las condiciones que le impusieron para mantener su pertenencia a la moneda única, corre el riesgo de ser expulsada directamente de la Unión Europea.

No es realista esperar que los contribuyentes griegos empiecen a hacer grandes desembolsos en lo inmediato. Alemania y otros europeos de línea dura del Norte tienen razón al insistir en que Grecia haga reformas estructurales. Pero deberían hacer concesiones más profundas en los pagos de la deuda.

Si las concesiones a Grecia sientan un precedente que otros países podrían explotar, que así sea. Tarde o temprano, otros países de la periferia necesitarán ayuda. Grecia, es de esperarse, no se verá obligada a abandonar la eurozona, aunque opciones temporarias como imponer controles de capital pueden resultar necesarias para impedir una crisis financiera. La eurozona debe seguir doblándose, si no quiere quebrarse.

El autor es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard

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