Realidad y fantasía en las "herejías" del peronismo a sus propios mitos

Martín Lagos
Martín Lagos PARA LA NACION
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16 de enero de 2020  

En octubre de 2017, cuando el gobierno de Cambiemos estaba en plena euforia triunfalista, publiqué una columna con el provocativo título: " ¿Quiere la Argentina realmente cambiar?" ( LA NACION, 16/10/2017). Mi conclusión de entonces fue que ya fuera por ideología, por ignorancia o por intereses (las tres "I"), y más allá de lo que se decía de la boca para afuera, las principales dirigencias del país estaban más preocupadas por defender sus privilegios que por encarar grandes cambios.

Peor aun: no había ni poder ni vocación en ninguno de los grandes partidos o alianzas políticas para desafiar semejante inmovilismo. En el caso del peronismo, porque el proteccionismo aduanero abusivo y castigador de todo el arco exportador, el sindicalismo monopólico y obstruccionista y el gasto público desmadrado, ineficiente e inflacionario integran su constelación de mitos o "verdades justicialistas", lo que en otras latitudes se llamarían "vacas sagradas". Y en el caso de los gobiernos no peronistas (Alfonsín, De la Rúa, Macri), porque ellos llegaron al poder por división del peronismo y/o por presentar este partido muy malos candidatos y/o por un electorado independiente, hastiado tras largos gobiernos peronistas (como en 1999 y en 2015), pero en ningún caso con las mayorías electorales necesarias como para animársele a alguno de los mitos o "verdades" peronistas.

Ahora bien, en la historia del peronismo hay más de un evento en el cual un choque contra la pared (o contra la realidad, que, según su líder, sería la única verdad) obligó a sus gobiernos a olvidar por un tiempo alguno de sus mitos. En 1952, después de una "fiesta" de varios años, la inflación y la crisis de divisas obligaron a Perón a devolverle algunos incentivos a la enemiga "oligarquía vacuna" (el campo), debiendo simultáneamente "disciplinar" a los sindicatos, pese a que eran la "columna vertebral" del movimiento.

En 1975 lo debió hacer Isabelita, y lo hizo de un modo tan brusco que su plan pasó a la historia como "el Rodrigazo". Lo de Menem en 1989 fue bastante más serio: llegado al gobierno en medio de un vendaval hiperinflacionario, liberó el dólar, bajó las retenciones y algunos aranceles de aduana e hizo en el Estado lo que él llamó "cirugía sin anestesia". En cuanto a Duhalde, en 2002 batió el record de caída de salarios y jubilaciones con el expediente de triplicar el tipo de cambio.

Apoyados en el salvaje ajuste de Duhalde y bendecidos por una enorme burbuja de los precios de las materias primas, los Kirchner pudieron transitar sus casi trece años de gobierno sin tener que tocar ninguna vaca sagrada del movimiento (gasto público, sindicalismo y proteccionismo).

En sentido contrario, ahora es el nuevo gobierno peronista de Alberto Fernández el que está obligado por la realidad a olvidar por un rato a jubilados y asalariados.

Un par de notas sobre las "excursiones" del peronismo por el campo de la ortodoxia. Lo primero que hay que señalar es que estas han sido políticas transitorias: transcurrido cierto tiempo, regresaron algunas o todas las "vacas sagradas", por lo que no han servido para resolver los problemas de una vez y para siempre.

Lo segundo, y tal vez más destacable, es que esas herejías (respecto de su credo) nunca le hicieron perder poder electoral. En 1953 y 1954 Perón siguió ganando elecciones, y cuando huyó sin luchar en 1955 no perdió nada de su aura de ídolo. Menem ganó cómodamente su reelección en 1995 y también la primera vuelta en 2003. Y por estos días llama la atención la pasividad de la feligresía peronista para tolerar las "transgresiones" de Alberto al congelar jubilaciones y exigir disciplina y moderación a los sindicatos en las paritarias. No ha habido ni piquetes ni las violencias que vimos hace dos años frente al Congreso. Mientras tanto él vende el relato de que no se trata de "ajustes" gorilas o neoliberales, sino de "la santa solidaridad" justicialista...

No es fácil explicar y menos resumir este grado de adhesión. Una parte importante es la masa deslumbrada por la "sensibilidad" o el "realismo mágico" de la demagogia peronista. Otra parte son los oportunistas que lo usan de medio para llegar o acercarse al poder. Sea una u otra causa, o la suma de todas, lo cierto es que la fidelidad del electorado tanto a Perón, como a Menem y ahora a Alberto, pese a sus herejías ortodoxas (¡extraño maridaje de palabras!), confirmaría que en nuestro país lo que es políticamente correcto es proclamarse "peronista".

Una vez dado ese paso, que implica venderse como estatista, a favor de los pobres, de lo "nacional y popular", en contra de los ricos (salvo los del palo, obviamente), de lo extranjero y de los extranjeros (si son yanquis o ingleses, doblemente), entonces, solo recién entonces se podría abrir la aduana, bajar el sesgo antiproductividad de la legislación laboral, bajar el gasto público y la presión tributaria, equilibrar el presupuesto, mejorar la educación, reconstruir una justicia independiente. En fin, volver a apostar por la Constitución de Alberdi.

¡Qué poco cuesta soñar!

El autor es economista

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