
Ser líder es más que saber conducir a otros
El líder es quien ofrece una visión de futuro mejor y alcanzable, a diferencia de lo que hace un dirigente
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Una de las muchas sensaciones que nos embargan mientras comienza 2011 es que nuestro país atraviesa una profunda crisis de liderazgo. ¿Es esto realmente así? ¿Cuando hablamos de liderazgo estamos todos haciendo referencia a la misma categoría conceptual? Propongo repasar algunos conceptos teóricos para luego volver sobre este punto.
Si bien la literatura del tema es frondosa, no cuesta mucho acordar que el liderazgo es la capacidad para desarrollar ambientes en donde todos los integrantes se comprometen con el resultado colectivo en el largo plazo. El líder, naturalmente, es quien posee destreza en el dominio de esa capacidad. Esta definición, muy en sintonía con el trabajo de Kouzes & Posner, entre otros, plantea la existencia de dos elementos inseparables de esa capacidad: 1) la existencia de seguidores, dirigidos o como se los quiera llamar (¿liderados?), y 2) la construcción imaginaria de un futuro mejor.
La cuestión de los dirigidos o seguidores suele generar confusión. Dado que el liderazgo tiene que ver con la conducción de gente, se suele suponer que todos aquellos que comandan bien a sus organizaciones (el CEO a su empresa, el sacerdote a sus feligreses, el capitán a su equipo, el presidente a sus gobernados) son buenos líderes.
Esta premisa es falsa, dado que el poder y la autoridad (formal o informal) son elementos presentes en la conducción, pero que no necesariamente llevan hacia el liderazgo. Un directivo empresarial, religioso, político o deportivo, puede poseer mucha capacidad de comando, ser persuasivo, inteligente, efectivo en el logro de los objetivos de su organización, e incluso carismático, pero puede no ser un líder. Es sólo un directivo bueno y deseable. De acuerdo con la definición que ofrecimos anteriormente, para ser un líder, además de ser un buen directivo debe poseer un componente importante de futuro aspiracional.
Por ello, la construcción imaginaria de un futuro superador, ennoblecedor, edificante, que actúa como impulsor y principal motor del accionar de la gente, es el segundo elemento inseparable del liderazgo. La existencia de una visión futura mejoradora y desafiante, que no se conforma con el estado de cosas y lo enfrenta con confianza, inteligencia y alegría, no necesariamente está presente en un buen directivo. El líder es quien modela, inspira y ofrece a sus seguidores o conducidos la visión de un futuro mejor, alcanzable. Por eso no hay líder sin la existencia de un futuro, mientras que el buen directivo puede abstraerse de generar esa visión, enfocando su accionar en el acto de dirigir.
La mejor manera de comprobar si estamos frente a un directivo o un líder no es analizando cómo cada uno comanda su organización o movimiento, sino analizando lo que pasa con esas organizaciones o movimientos una vez que esas personas no están más al comando. O sea, que el futuro sin el líder es el test ácido de si estábamos realmente frente a un líder o simplemente frente a un directivo con buena capacidad de comando. Por regla general, los líderes generan visiones que los trascienden, y los directivos no.
Siendo está la disquisición, y volviendo al inicio, parecería que la crisis que enfrentamos no es tanto de liderazgo. Avidos y sedientos de figuras que nos inspiren confianza y credibilidad, estamos intentando identificar a los líderes en el lugar y momento equivocado. Y en ese afán confundimos liderazgo con capacidad de comando o destreza para manejar el poder y la autoridad.
Solamente el análisis sereno del pasado y la historia nos permite verificar quiénes han sido verdaderos líderes y quiénes, sólo dirigentes.
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