Tambalea el último puente

Francisco Olivera
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27 de marzo de 2011  

La nostalgia puede tener manifestaciones insólitas. Un empresario argentino añora, a través de una anécdota, tiempos en los que conversaba en Olivos con Néstor Kirchner. La imagen pinta al ex presidente de cuerpo entero. Cuenta que hablaban un día de asuntos de negocios e inversiones y los interrumpió un secretario privado que, en silencio, le acercó al líder santacruceño un sobre con dinero. Kirchner lo tomó, mudo y desconfiado. Sacó los pesos, los contó delante de ambos, cotejó con un papel que acompañaba al sobre y anotó los datos en su histórico cuaderno Arte. Guardó los billetes en el bolsillo, despidió con un gesto de aprobación a su colaborador y siguió la charla. "Supongo que serían de algún alquiler: no era mucho", recuerda el empresario.

Las cosas han cambiado para casi todos. Para el protagonista de la historia, porque la presidenta Cristina Kirchner no sólo le escatima aquella confianza, sino que ni siquiera le contesta los llamados. "Era más fácil con él", insiste. No es el único. Hasta Julio De Vido es otro. Días atrás, otro empresario llamó al ministro de Planificación para reunirse y tratar con él, tal la costumbre, cuestiones de su sector. Respuesta del arquitecto: "Hablá con Baratta". Sobre Roberto Baratta, subsecretario de confianza de su cartera, parecen haber caído parte de los asuntos más ríspidos de la gestión de esa cartera.

De Vido tampoco tiene con la Presidenta la relación que tenía con su jefe anterior. Hasta octubre pasado, todo empresario que se contactara con el ministro se encontraba con un dirigente seguro de sí mismo, que se anticipaba a los requerimientos de la Casa Rosada casi sin consultar con nadie. Hoy, ante una propuesta similar, el mejor intérprete de Néstor Kirchner puede hacer mil preguntas y objeciones. Un lobbista que lo conoce muy bien cree haber dado con un hallazgo de psicología: "Es que ella le toma examen".

El ministro era el último puente entre el establishment y el poder. Sólo figuras recientes del mundo corporativo, como Lázaro Báez o Rudy Ulloa, entran ahora en la Quinta de Olivos. Por lo general, para hablar con Máximo Kirchner de temas que atañen a negocios específicos. Máximo es muy difícil de tratar. "Es parco", lo definió alguien que conoce y valora poco al heredero.

Para empresarios acostumbrados al calor cabilderil, esa ausencia de vínculos es poco menos que una tragedia nacional. Más por razones ideológicas que de nombres concretos: si De Vido, que era el ala racional de un gobierno impenetrable, quedó por primera vez arrumbado entre colaboradores de segundo orden, y la Presidenta parece abocada sólo al record de dos discursos por día, ¿quién asume entonces la gestión? "Nadie", contestó un hombre que tiene buena relación con el ministro de Planificación y que dobla la apuesta: "Lea la agenda de Cristina. ¿Con quién se reúne, sindicalista, empresario o jefe de Estado?". Apresurada o no, la conclusión es que Carlos Zannini está en los grandes trazos del pensamiento del Gobierno y que ninguna de las ocupaciones a las que Guillermo Moreno les dedica la vida entera es relevante.

Existen, salta a la vista, enormes diferencias entre los develos del secretario de Comercio Interio y los de miembros del Gobierno que han perdido poder o ya no están. Aunque acaso no los sintieran en el fuero íntimo, De Vido o Kirchner tuvieron siempre discursos cuidados o prefabricados para con el empresariado, pero se ocupaban también de las cosas concretas, coincidieran o no con las palabras. Moreno, en cambio, parece jugar a los soldaditos con medidas que, desde 2006, no han surtido efectos más allá de las tapas de los diarios. La inflación, aun con el costo que acarrean para el Gobierno los manoseos en el Indec, podría ser este año del 30% anual. Es la principal derrota de un funcionario que empieza su día de trabajo a las 6 de la mañana y puede terminarlo a las 23.

El retiro de De Vido tuvo que ver también, en los últimos días, con la internación de su madre como consecuencia de un serio problema de salud. Una ausencia que coincidió con las refriegas gremiales y que fue interrumpida sólo para disuadir a Hugo Moyano del paro. No pareció tan difícil: parte de esas conversaciones fueron asumidas por José María Olazagasti, secretario privado del ministro, acaso porque el propio camionero parecía, 24 horas después de anunciada la protesta, presto a revocarla. "El tiempo dirá si fue una decisión tomada en caliente", admitió el martes pasado Juan Carlos Schmidt, secretario del gremio de Dragado y Balizamiento, en el programa "Palabras más, palabras menos", que se emite por el canal TN, uno de los objetos de furia de Moyano.

Mensaje amargo

¿Se resolvió, entonces, el conflicto entre los sindicalistas y la Casa Rosada? Los empresarios están convencidos de que recién empieza. No es sólo intuición: Mariano Cúneo Libarona, abogado del camionero, lo venía advirtiendo ante algunos de ellos desde bastante antes del paro frustrado. ¿Se debería esperar, por lo tanto, un gobierno más inclinado hacia corrientes como La Cámpora que hacia el peronismo clásico? "No me gustaría estar en la cabeza de la Presidenta: es una decisión muy difícil", reflexionó un industrial.

Varios creen haber tenido un anticipo hace algunas semanas, cuando sondearon entre despechados intendentes del conurbano bonaerense que acababan de reunirse con Zannini. Después de plantearle incomodidad por las listas colectoras, estos barones se volvieron con un mensaje amargo: ese asunto no se negocia. "Lo importante es que gane Cristina", les transmitió el funcionario.

La respuesta parecía pensada también para cualquier requerimiento empresarial. Nunca, desde 2003, intereses de uno y otro lado estuvieron tan lejos.

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