Turquía muestra su modelo de éxito

Jeffrey D. Sachs
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2 de junio de 2013  

Una visita reciente a Turquía me hizo pensar otra vez en sus enormes éxitos económicos de la última década. El país mantiene un veloz crecimiento económico, la desigualdad está en disminución y hay un auge innovador.

Los logros de Turquía son aún más notables cuando se piensa en su situación geográfica. Al Oeste están Chipre y Grecia, países ambos en el epicentro de la crisis de la eurozona. Al Sudeste se encuentra Siria, desgarrado por una guerra que ya expulsó a casi 400.000 refugiados a Turquía. En el Este están Irak e Irán. Y al Nordeste, Armenia y Georgia. Sería difícil hallar en todo el mundo un vecindario más complicado.

Sin embargo, Turquía logró hacer grandes progresos en medio de esta región convulsionada. Tras la marcada caída de 1999-2001, la economía sostuvo una media de crecimiento de 5% anual desde 2002 hasta 2012. El país se mantuvo en paz a pesar de las guerras regionales. Aprendió las lecciones del colapso bancario de 2000-2001 y logró que sus bancos se sustrajeran al ciclo de altibajos de la década anterior. La desigualdad está en disminución, el partido gobernante ganó tres elecciones generales consecutivas y logró en cada una de ellas una proporción mayor del voto popular.

El auge de Turquía no tiene nada de llamativo. No se basa en burbujas o hallazgos de recursos, sino en fundamentos económicos. De hecho, no tiene reservas de gas y petróleo como las de sus vecinos, pero esta carencia la compensa con la competitividad de su industria y sus servicios. El turismo por sí solo atrajo a más de 36 millones de visitantes en 2012, lo que convierte a Turquía en uno de los principales destinos turísticos del mundo.

Para ver la fortaleza de estas bases, basta una breve estadía en Ankara. El aeropuerto, las autopistas y otras infraestructuras son de primer nivel; una red ferroviaria interurbana de alta velocidad conecta a Ankara con otras partes del país. Gran parte de la ingeniería avanzada es desarrollo local. Las empresas de construcción turcas son competitivas internacionalmente y ganan cada vez más licitaciones en Cercano Oriente y África.

También las universidades turcas están en ascenso. Ankara es en un centro de educación superior que atrae a estudiantes de África y Asia. Muchos programas de primer nivel se dictan en inglés, lo que garantiza que Turquía seguirá convocando a cada vez más estudiantes de todo el mundo. Y desde sus universidades surgen cada vez más empresas de tecnología avanzada en campos como la aviación, la informática y la electrónica, entre otros.

Hay que destacar también las cuantiosas inversiones que Turquía comenzó a hacer en tecnologías sostenibles. El país posee abundantes energías renovables (eólica y geotérmica, entre otras) y es muy probable que se convierta en un exportador global de innovaciones de avanzada en tecnología ecológica.

Las plantas de tratamiento de residuos de un país no son atractivos turísticos, pero el novedoso sistema integrado de gestión de residuos urbanos de Ankara se ganó la atención de todo el mundo, y con razón. Hasta hace pocos años, la ciudad volcaba sus residuos en un relleno maloliente e insalubre, que ahora, mediante el empleo de tecnología de avanzada, se convirtió en un área verde.

Cada día, la empresa de gestión de residuos privada ITC recibe miles de toneladas de residuos sólidos y los clasifica en dos grupos: materiales reciclables (plástico, metales) y desechos orgánicos. Estos últimos se procesan en una planta de fermentación que produce compost y metano, el cual se usa para generar electricidad en una planta de 25 megavatios. La electricidad se inyecta en la red de energía de la ciudad y el calor de las chimeneas se transfiere a invernaderos que producen tomates, fresas y orquídeas.

La diversificada e innovadora base industrial, constructora y de servicios de Turquía le rinde grandes beneficios, en un mundo en el que las oportunidades comerciales están trasladándose de los Estados Unidos y Europa Occidental a África, Europa del Este, Cercano Oriente y Asia. Turquía supo aprovechar bien estas nuevas oportunidades y cada vez exporta más a las economías emergentes del Sur y del Este, en vez de a los mercados de altos ingresos de Occidente. Es una tendencia que se mantendrá, conforme África y Asia se convertirán en importantes mercados para las empresas turcas de construcción, informática e innovación en tecnología ecológica.

La pregunta es ¿cómo lo hizo? En primer lugar, el primer ministro Tayyip Erdogan y su equipo económico (dirigido por el viceprimer ministro Ali Babacan) decidieron atenerse a lo básico y adoptar una mirada de largo plazo. Erdogan asumió el poder en 2003; tras años de crisis bancarias e inestabilidad en el corto plazo, el país había tenido que pedir la ayuda del Fondo Monetario Internacional para un rescate de emergencia. Erdogan y Babacan aplicaron una estrategia gradual consistente en reconstruir el sector bancario, controlar el presupuesto y mantener un programa continuo de grandes inversiones en las áreas que cuentan: infraestructuras, educación, salud y tecnología.

Una diplomacia mesurada

Además de eso, también ayudó la habilidad diplomática. En una región de extremismos, Turquía se mantuvo fiel a una postura moderada. A las principales potencias de su vecindario las trató siempre con actitud abierta y diplomacia equilibrada (en la medida de lo posible), lo que la ayudó no solamente a mantener el equilibrio interno, sino también a ganar mercados y conservar aliados, sin el lastre y los riesgos de una geopolítica divisoria.

Por supuesto que no está garantizado que Turquía pueda mantenerse para siempre en esta senda de crecimiento. Cualquier combinación de crisis (la eurozona, Siria, Irak, Irán o el precio internacional del petróleo) podría provocarle inestabilidad. Si hubiera otra crisis financiera global, el ingreso de capitales a corto plazo podría verse afectado. Y un vecindario peligroso supone siempre riesgos ineludibles; pero a lo largo de la última década, Turquía se ha mostrado notablemente capaz de superarlos.

Persiste aún un desafío prioritario: elevar la calidad educativa y los resultados de los estudiantes, especialmente niñas y mujeres. El gobierno reconoció este desafío y lo encaró a través de reformas educativas, mayor inversión e introducción de las nuevas tecnologías de la información en el aula.

Los éxitos de Turquía hunden sus raíces en la capacidad de sus gobernantes y en las habilidades de su gente, reflejo de décadas de inversión y de siglos de historia que llegan al Imperio Otomano. No se puede pedir que otros copien esos logros, pero sí aprender una lección que muy a menudo se olvida en este mundo de estímulos, burbujas y cortoplacismo: para lograr crecimiento a largo plazo se necesitan prudencia monetaria y fiscal, voluntad política de regular a los bancos y la colaboración decidida del sector público y el privado para invertir en infraestructuras, capacitación y tecnologías de avanzada.

© Project Syndicate 2013

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