El monopatín y la idea de libertad
2 minutos de lectura'

Un joven recorrió la autopista Panamericana en monopatín eléctrico a alta velocidad. El hecho no es solo imprudente, sino que revela una peligrosa confusión entre libertad personal y desprecio por los demás. Alguien que circula por la Panamericana en monopatín eléctrico a 80 kilómetros por hora no está ejerciendo su libertad. Está, sencillamente, poniendo en riesgo su vida y la de otros.
El episodio —registrado en video y rápidamente difundido— podría ser leído como una travesura, una extravagancia o, incluso, una forma de exhibicionismo digital. Pero sería un error quedarse en esa superficie. Lo verdaderamente inquietante es la idea que parece sostenerlo: que la libertad individual consiste en hacer cualquier cosa, en cualquier lugar, sin importar las consecuencias.
La libertad comienza precisamente donde aparece el otro. Y encuentra su límite en la seguridad ajena. Quien decide jugar con su propia vida en soledad podrá ser objeto de preocupación, de asistencia o de reproche moral. Pero quien arrastra a terceros a ese riesgo, cruza una frontera distinta: la de la irresponsabilidad jurídica.
No se trata aquí de un debate abstracto. Las autopistas existen porque la velocidad, en ciertos contextos, es incompatible con la improvisación. Son espacios donde la previsibilidad es una condición de seguridad. Introducir en ese entorno un vehículo no habilitado —y a esa velocidad— no es un acto de libertad, sino de disrupción peligrosa.
En tiempos en que se invoca la autonomía personal para justificar conductas cada vez más extremas, conviene recordar que no todo lo que alguien decide hacer con su cuerpo es jurídicamente irrelevante. Hay decisiones que, por su propia naturaleza, dejan de ser privadas. Y, cuando eso ocurre, el derecho —no solo la moral— tiene algo que decir.






