
El "museo de la memoria"
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La decisión del gobierno nacional de erigir un "museo de la memoria" en el predio de la ex Escuela de Suboficiales de Mecánica de la Armada (ESMA), en la Avenida del Libertador al 8000, no parece la más adecuada para que el país avance hacia la superación de los trágicos enfrentamientos que dividieron a la sociedad argentina en el pasado.
Un "museo de la memoria" podría tener sentido si estuviera destinado a reconstruir ese oscuro proceso de violencia con imparcialidad y sin visiones unilaterales y sectarias. Habría que recordar, en tal caso, con total equidistancia, los crímenes que se perpetraron desde ambos extremos del espectro ideológico. Habría que mostrar no sólo las violaciones a los derechos humanos cometidas por quienes ejercieron el poder a partir del 24 de marzo de 1976, sino también los asesinatos ejecutados por las bandas del terrorismo subversivo y, desde luego, los abusos de toda clase en que incurrieron los gobiernos entre 1973 y 1976. Es evidente que el proyectado "museo de la memoria" no apunta en esa generosa y constructiva dirección.
El solo hecho de que se lo pretenda emplazar en los terrenos de la ex ESMA, y la obvia filiación política de quienes estuvieron días atrás en la Casa Rosada junto al Presidente y al secretario de Estado, Eduardo Luis Duhalde, el día en que se lanzó la iniciativa revelan claramente cuál habrá de ser la orientación ideológica del inminente museo.
Es indispensable que las autoridades se sitúen por encima de las antinomias y los odios del pasado. No se deben seguir alentando visiones o interpretaciones históricas que dividan a la sociedad. Los argentinos debemos marchar, de una vez por todas, hacia la plena reconciliación nacional y hacia la construcción de la patria del futuro, que no debe estar ensombrecida por los errores y los extravíos de un tiempo de violencia que afortunadamente ha quedado atrás.
Por otra parte, no se ha tenido en cuenta que en el predio de la avenida del Libertador funciona actualmente una decena de institutos educativos de la Armada y del ámbito marítimo, en los cuales estudian hombres y mujeres cuyas edades oscilan, en su mayoría, entre los 12 y los 21 años. Esos centros de enseñanza conforman un espacio cultural de excelencia dedicado al conocimiento y a la investigación de las múltiples disciplinas vinculadas con el arte de navegar.
Debe hacerse notar que cuando la Municipalidad transfirió esos terrenos a la Armada, hace varias décadas, se estableció -y ése fue el condicionamiento o cargo de la donación- que debía ser destinado a escuelas modernas, en las cuales se formase la juventud.
Ahora, esos institutos educativos se verán abruptamente privados de los ámbitos en los que desenvuelven sus actividades. Será difícil no percibir ese gesto como un nuevo hostigamiento hacia las instituciones armadas de la Nación.
A estas alturas, no debería insistirse con aquellos procedimientos, ni debería ignorarse que en los últimos veinte años esas fuerzas históricas, previstas por la Constitución Nacional como instituciones indispensables e irreemplazables para la Defensa, han servido al país y a la democracia con genuina vocación de servicio y se han mantenido completamente alejadas de los procesos de politización que en otro tiempo las desviaron de sus cometidos y de sus responsabilidades institucionales.
La República necesita marchar hacia la definitiva reconciliación nacional, no hacia una nueva etapa de revanchismos y recriminaciones recíprocas que reabra las sangrantes heridas ocasionadas por los episodios de la década del 70.






