El vergonzoso final de la era Trump

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8 de enero de 2021  • 00:40

Cabe esperar que las instituciones de los Estados Unidos puedan sobreponerse y condenar debidamente los insólitos episodios de violencia

Pese a la conmoción que provocaron los graves incidentes registrados en Washington, que tuvieron en vilo a la población estadounidense, como consecuencia de la violenta toma por asalto del Capitolio por grupos de fanáticos de Donald Trump, con un saldo de cuatro muertes y numerosas detenciones, la historia sugiere que la democracia del país del norte superará lo ocurrido, sin olvidarlo y evitando repetirlo.

Para el presidente electo, Joe Biden, y para quienes desde una y otra fuerza política norteamericana creen en los tradicionales valores de la democracia y la tolerancia que han caracterizado a los Estados Unidos, ha llegado la hora de asumir una conducción firme que, de la mano de la actuación de las instituciones, deje atrás los vergonzosos episodios de violencia alentados por la irresponsabilidad del mandatario saliente. En juego está no solo el futuro de esta nación, sino también el de la democracia misma, como forma ideal de gobierno y como estructura normativa de convivencia social.

La gravedad de los violentos incidentes, criticados por la comunidad internacional, reviste una singularidad histórica. Solo una vez, el 24 de agosto de 1814, fue tomado el Capitolio de Washington, en oportunidad de la guerra contra Gran Bretaña, en que la ciudad fue tomada por el general británico Robert Ross.

Los Estados Unidos inician ahora una nueva etapa de su vida democrática, en medio de un ambiente inesperadamente peligroso, originado en las tentaciones autoritarias de algunos de sus actores políticos.

El sistema de partidos de los Estados Unidos, caracterizado por un cerrado bipartidismo, enfrenta desde hace mucho tiempo un serio desafío, por cuanto no facilita que las fracciones políticas más extremas tengan vida propia por fuera de las dos agrupaciones tradicionales. Así es como el Partido Demócrata sufre la presencia de un grupo de izquierda representado por Bernie Sanders o Alexandria Ocasio-Cortez, mientras sectores neonazis, supremacistas blancos y la extrema derecha religiosa evangélica fueron ingresando al Partido Republicano.

Con el paso del tiempo, el Partido Demócrata, imbatible en el sur por un siglo, comenzó a perder electores a manos de los republicanos a partir de la incorporación de extremistas a estos últimos. Cuando Trump se sumó al proceso electoral, en 2016, se pensó que lo hacía como una manera de autopromocionarse, sin pensar que podría llegar a la Casa Blanca. Pero triunfó y le arrebató el partido a la tradicional elite republicana. Ya por entonces, durante la campaña electoral que lo enfrentó con Hillary Clinton, el actual presidente estadounidense se jactaba de que no aceptaría una victoria de su adversaria. Y hace unos meses insinuaba la supresión de la enmienda que impide un tercer mandato presidencial, en caso de que fuera reelegido. Esos antecedentes hicieron que su rechazo al resultado de las últimas elecciones presidenciales no sorprendiera mayormente.

Trump se ha comportado como un típico populista que no admite las barreras institucionales, la separación de poderes y los compromisos del sistema internacional

Trump es un personaje parecido a parte de sus votantes, con capacidad para explotar sus resentimientos, sus miedos y sus fobias. Un típico populista que no admite las barreras institucionales, la separación de poderes y los compromisos del sistema internacional. Y sus últimos actos como presidente de los Estados Unidos, incluidas sus reiteradas amenazas sobre el desconocimiento del éxito electoral de su adversario, lo sitúan lamentablemente como un exponente del antisistema, más afín a algunos de los tristes líderes latinoamericanos que conocemos que a los tradicionales mandatarios norteamericanos, respetuosos de las reglas democráticas y de la división de poderes. La información de The New York Times según la cual Trump estudiaría autoindultarse lo dice todo.

Hace tiempo que en los Estados Unidos pululan grupos extremistas, racistas y supremacistas, muchos de ellos armados y con capacidad para formar milicias. Hubo intentos de secuestrar a la gobernadora de Michigan y de tomar sedes de gobiernos estaduales. Trump nunca condenó a los extremistas ni a los asesinos de manifestantes afroamericanos, y lo sucedido anteayer en la sede del Poder Legislativo fue incitado y promovido con sus declaraciones.

Uno de los interrogantes es qué pasará en el Partido Republicano. En las elecciones de noviembre hubo destacados políticos de esa fuerza que apoyaron explícitamente a Biden, en tanto que otros, como George W. Bush, dijeron que no votarían a Trump. Este último no dudó en calificar los episodios ocurridos en el Capitolio como propios de una "república bananera".

Sin duda los consensos bipartidistas surgidos en la Segunda Guerra Mundial y claves en el mundo posterior a 1945 están afectados y se suman a las otras grietas. El sistema electoral tiene enormes fallas, no solo ligadas al Colegio Electoral, con circunscripciones diseñadas en los Estados a gusto de las mayorías circunstanciales. No hay un padrón nacional y los obstáculos para entorpecer el acceso a las elecciones de las minorías son una constante en los estados del sur y del medio oeste.

Como lo reconoció Biden, la democracia es frágil. Y el hecho de que pululen personajes como Trump, Bolsonaro, Maduro, Morales, Orban, Le Pen, Ortega o Cristina Kirchner lo confirma todos los días.

Será fundamental, por lo tanto, que las instituciones de los Estados Unidos condenen como se debe la lamentable desviación que asombró al mundo y puedan dejar atrás uno de los más negros días de su historia democrática reciente.

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