Groucho Marx en la Argentina

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7 de febrero de 2021  • 00:08

"¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?" es una frase atribuida a Groucho Marx, quien celebraría la continua vigencia de sus brillantes ocurrencias en la Argentina, país donde el marxismo (de Groucho) y los anacronismos (de Marx) están a la orden del día. Sin ir más lejos, el presidente Alberto Fernández, al demostrar un gran sentido del humor, suele aplicar el más agudo chascarrillo del comediante: "Esos son mis principios pero, si no le gustan, tengo otros".

Los argentinos nos hemos habituado a desmesuras políticas de tal magnitud, que las situaciones más disparatadas han dejado de llamarnos la atención. Al punto que muchos prefieren dar mayor crédito a relatos que a sus propios ojos.

Esta introducción viene a cuento respecto del apoyo de artistas, cineastas, periodistas y otras personalidades del mundo de la creación y del pensamiento, a aquella insólita solicitada por la libertad de Amado Boudou.

El exvicepresidente no solamente quiso apropiarse de Ciccone Calcográfica, sino que fraguó documentos públicos para defraudar a su exesposa, declaró domicilios falsos para evitar notificaciones y percibió, a través de testaferros, un honorario sideral por simular un asesoramiento a la paupérrima provincia de Formosa para refinanciar su deuda con la Nación, cuando él mismo era ministro de Economía. "¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?", habrá preguntado Boudou a sus simpatizantes, en forma tan convincente que descreyeron de sus propios ojos.

Es previsible que en el mundo de la literatura, la música, el teatro, el cine y las artes en general, se adopten posturas "progresistas", ya que está en su ADN pintar un mundo mejor, aun violando la ley de la gravedad, como lo demuestran muchas históricas caídas al vacío, entre trovas, odas y soflamas. En años posteriores a la Revolución Rusa, una ola de intelectuales creyó haber encontrado en la dictadura soviética la panacea igualitaria con prosperidad económica. John Steinbeck, Sinclair Lewis, Ezra Pound, André Malraux, André Gide, Bertold Brecht, Jean Paul Sartre, estuvieron entre ellos. Pero Ernest Hemingway, que luchó en España con los republicanos, dio más crédito a sus ojos y se distanció de su amigo John Dos Passos, encandilado por el relato stalinista.

Lo mismo ocurrió con la revolución cubana que, al romper los cánones ortodoxos del Partido Comunista, inspiró en la Argentina la llamada Nueva Izquierda, donde militaron Rodolfo Walsh, Juan Carlos Portantiero, Francisco Urondo, Rogelio García Lupo y David Viñas, entre otros. La locura de la lucha armada fue condenada más tarde por Eduardo Galeano, quien, ya maduro, se arrepintió de haber escrito Las venas abiertas de América Latina. Creyó más en sus ojos que en su propio relato juvenil. Sin embargo, esos ensayos para crear un "hombre nuevo" a punta de fusil y sangre de paredón, eran extravíos ideológicos ajenos al lucro personal. Aquí se los llamó "jóvenes idealistas" aunque años después percibieron y aún perciben (ellos o sus herederos) jugosas indemnizaciones como parte de la estrategia kirchnerista para reclutar militantes. La Argentina debe ser el único país donde un proyecto de apropiación masiva de recursos públicos ha logrado obtener apoyos en el ámbito del espíritu y el intelecto. La teoría del lawfare para justificarlo, tiene como única fortaleza que está denominada en inglés, como sale, home office o coffee shop, pues si fuera enunciada en castellano, sería descartada sin más trámite, en lunfardo jurídico.

Desde la caída del Muro de Berlin, el marxismo (no de Groucho) buscó nuevos sujetos revolucionarios para reemplazar al antiguo proletariado, ahora aspirante a clase media. Y, así, logró adhesiones entre quienes tienen demandas insatisfechas en diferentes ámbitos de la estructura social. En la Argentina, Néstor Kirchner encontró en la "transversalidad" la forma de lograr apoyos disímiles a su plan rapaz de sumar poder y dinero con un discurso adaptado para cada reclamo.

De ese modo, fueron atraídos militantes de los derechos humanos, del garantismo, del feminismo, de la igualdad de género, de los pueblos originarios, del matrimonio igualitario, de la comunidad LGBT, de la escritura con x y los partidarios del aborto. Además de quienes lograron ventajas monetarias, como los jubilados sin aportes, los beneficiarios de planes sociales y los nuevos empleados públicos en Nación, provincias y municipios.

Esas "conquistas", en muchos casos solo nominales, cuelgan en su imaginario como diplomas de profesiones obsoletas, pues la violencia cotidiana, la estrechez de los bolsillos y la falta de trabajo son resultado directo de ese proyecto al que apoyan. Mientras la realidad los hace cada día más pobres, más inseguros, más excluídos. Como lo ven sus propios ojos.

Resulta difícil conciliar la imagen de artistas, escritores y cineastas, otrora admirados, con su nuevo rol de padrinos de personajes oscuros, ya fuere Amado Boudou, ya fueren los López, tanto Cristóbal (casinos) como José (conventos), o vincular sus nombres con jerarcas del dinero malhabido, como Hugo Moyano, Lázaro Báez, Ricardo Jaime, Omar "Caballo" Suarez, Juan Pablo "Pata" Medina, Julio de Vido, Fabián de Souza, Roberto Baratta. O con empresarios que pagaron coimas, sin pruritos éticos.

Cuando Néstor Kirchner propuso la transversalidad se interpretó como una convocatoria a distintos espacios políticos con objetivos similares y legítimos. La realidad fue una matriz de corrupción transversal para alinear intereses en sostén de su proyecto de poder. Políticos, funcionarios, jueces, policías, espías, señores feudales, dirigentes gremiales, barones del fútbol y del conurbano, barras bravas, narcotraficantes y empresarios ventajistas tejieron una trama de corrupción estructural, sin ideales, principios, ni ideología. Solo intereses pecuniarios.

La otra gente, la buena gente que también está unida por el deseo transversal de un país honrado, con libertades personales y división de poderes, encuentra que esa red de complicidades bloquea el funcionamiento de las instituciones, como se ha visto con Gildo Insfrán, gobernador perpetuo de Formosa.

Cabe entonces cerrar este editorial con otra frase conocida de Groucho Marx, aplicable a quienes no se cuidan al elegir sus compañías: "Jamás aceptaría pertenecer a un club que admitiera a una persona como yo como socio".

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