Isabel II: fortaleza y voluntad
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Una columna de opinión publicada en LA NACION sobre la muerte de la reina Isabel II la describió como “testigo serena de un mundo caótico”. Sin dudas, una gran definición en una era donde las monarquías ya no gozan de los reconocimientos de antaño. Sin embargo, la encabezada por Isabel II contó con el respaldo de la amplísima mayoría del pueblo británico hasta el último minuto de su longeva vida.
Que ese profundo sentir y agradecimiento haya perdurado tanto se debe precisamente a la garantía de continuidad que ella importaba para el Reino Unido. Su figura implicó un componente de unión dentro de cualquier desunión, una presencia tranquilizadora en medio de los conflictos: el último, el más inesperado, el de la pandemia. Las palabras que dirigió a su pueblo fueron claves. Mientras muchos líderes aprovechaban la ocasión para intentar sacar provecho político de cómo administrar los efectos de semejante acechanza, ella los alentó con un “volveremos a encontrarnos” cuando la vida se cerraba indefectiblemente entre cuatro paredes. Muchos de quienes critican a las monarquías son los mismos que, como en nuestro país, aplauden que se “hereden” puestos estatales.
No era función de la reina ejercer el gobierno, sino supervisarlo, pero su presencia pudo haber sido disruptiva para los administradores. Sin embargo no lo fue. Isabel II encaró con convicción la misión que la vida le asignó: mantener cohesionada a su gente por encima de los conflictos. Ante la progresión incontable de sacudidas políticas de los dos siglos por los que le tocó transitar, respondió con palabras de conciliación o neutralidad. Fue una mujer que afrontó el destino con agallas, sin victimizaciones. Ha partido una mujer fuerte, con el tipo de fortalezas que se consiguen con voluntad y dedicación.





