La Argentina: ¿de rodillas o en cuclillas?
La clave para ponerse de pie no es el conflicto, el aislamiento, la disputa ni las prohibiciones, sino la confianza, la integración, el intercambio y la libertad
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"Poner a la Argentina de pie" es un lema convocante, que nadie puede objetar ni contrariar. Después de tantos años de decadencia y crisis, hay una necesidad de vivir en normalidad, sin muchas pretensiones ni grandes lujos. Por lo pronto, sin inflación, causa inmediata de las mayores tensiones sociales: los cortes, los piquetes, los reclamos, los paros docentes, las cláusulas gatillo, las jubilaciones, los ajustes de alquileres, de expensas, de créditos hipotecarios, de cuotas alimentarias o de las prepagas.
Los argentinos queremos vivir en paz, con empleos estables, escuelas que funcionen, seguridad en las calles, sueldos que alcancen, ahorros que crezcan, jóvenes con futuro, adultos mayores con cuidados, honradez en la función pública, rectitud en las fuerzas policiales y probidad en los tribunales. A cosas tan sencillas las llamamos "ponerse de pie".
Sin embargo, surge una pregunta: ¿en qué posición se halla la República? Pues quien no se encuentra de pie puede estar acostado, sentado, de rodillas o en cuclillas, entre otras posturas corporales. Las últimas dos reflejan mejor las tensiones que aquejan a nuestro país, pues una nación acostada o sentada se encuentra bastante cómoda para tener ganas de levantarse.
Pero "esa es la cuestión", se planteaba el príncipe de Dinamarca ante un dilema semejante, ya que el diagnóstico acerca de la postura de nuestra dama frigia y primigenia condiciona la posibilidad de erguirse y de marchar dignamente, como un país normal.
Para quienes vociferan que la Argentina se encuentra "de rodillas", la causa de los males está siempre fuera de nuestras fronteras. El país es víctima de fuerzas externas, que le ponen una pistola en la cabeza y pretenden condicionar su voluntad soberana. Es una visión de conflicto, agónica y conspirativa, que solo conduce al aislamiento y a la miseria.
Hace décadas que la Argentina coquetea con ese diagnóstico, cuya culminación más cerril fue el "socialismo nacional" traído de Sierra Maestra en los años 70 y reverdecido con el "socialismo del siglo XXI" de la gesta bolivariana. Los resultados de esas revoluciones igualitarias están a la vista: en La Habana, los jubilados cobran diez dólares por mes y deben trabajar hasta su último suspiro para poder comer. En Cuba no hay inflación, pues los pesos cubanos son cupones de racionamiento para una dieta de indigencia. En Caracas, donde faltan la luz y el agua, el salario mínimo asciende a dos dólares y hay 4 millones de venezolanos en el exilio. Con hiperinflación, hablar de jubilación es una broma: los adultos mayores, cuando han quedado solos, revuelven la basura para subsistir.
Culpar al enemigo externo (Estados Unidos, el FMI, los fondos o Wall Street) o a los "grupos concentrados" como causantes de las crisis es una táctica distractiva para "unir a los argentinos" y poder violar principios constitucionales "en defensa del interés nacional". Cuba y Venezuela, paradigmas de este diagnóstico, son dictaduras atroces, con muertos, desaparecidos y prisioneros políticos, sin debido proceso legal, en nombre de la liberación. Allí no hay comida ni derechos humanos.
La realidad es que la República no está genuflexa, sino en cuclillas, agobiada por los gastos que el populismo cargó sobre sus hombros maternales. La responsabilidad es de sus hijos y no de quienes prestaron dinero para sufragarlos.
Si el propósito es permitir que se levante, el Gobierno debe reconocer ese abuso y alivianar sus cargas, para que recupere energías, potencie sus fortalezas y entusiasme con una propuesta ganadora, sin recurrir a las quejas ni a las chicanas ni a los fouls que terminan en penales.
La clave para ponerse de pie no es el conflicto, sino la confianza. No es el aislamiento, sino la integración. No es la disputa, sino el intercambio. No son las prohibiciones, sino las libertades. La confianza distiende las relaciones sociales y disipa las grietas. La confianza permite eliminar la inflación, recuperando la demanda de moneda y expandiendo el crédito, motor del crecimiento. Haciendo compatible el pago de la deuda con las demandas colectivas. Mediante confianza se construye capital social, indispensable para cantar el Himno Nacional con orgullo, una vez que la República se alce, liberada de cargas de nuestra propia autoría.
¿De rodillas o en cuclillas? ¿Con qué cristal mira a la gran dama el presidente de la Nación, ora conciliador con los líderes mundiales, ora detractor de sus políticas internacionales? Nadie ignora que esta ambigüedad está en el seno del frente gobernante creando incertidumbres que impiden -precisamente- que la República se ponga de pie. Al mundo le importa muy poco la Argentina. Existen otros problemas más graves que atender. Si nuestro país resolviera profundizar su aislamiento, conforme el eje La Habana, Caracas, Teherán y Moscú, solamente se perjudicará a la población, al agotarse los recursos para mantener los gastos del Estado, sin tener más que esas dictaduras para financiar su déficit.
Tampoco se reactivará el sector privado, por más que se proclame que el aparato industrial se encuentra intacto, pues nadie aporta capital de trabajo ni aumenta el personal ni incurre en compromisos de largo plazo si advierte que la Argentina se ha "descolgado" del mundo y que su futuro pende de alineamientos insolventes e impredecibles.
Solo cabe desear que estos vaivenes de la política sean únicamente debates internos para lograr consensos respecto del buen camino. Y que, en la práctica, se reconozca que un país en cuclillas, a diferencia del genuflexo, siempre podrá erguirse con esfuerzo propio y ayuda externa. Sobre la base de la confianza y con el respeto que se merece una gran nación como la Argentina: sin agravios, desplantes ni portazos.



