La calidad del aire urbano

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7 de octubre de 2020  • 00:05

Mapas con información satelital difundidos por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales son portadores de algunas noticias que merecen ser destacadas en momentos tan críticos para vastas zonas de nuestro país, devoradas por grandes incendios. Observaciones comparativas realizadas antes y después de decretada la cuarentena en ciudades como Buenos Aires, Rosario, Mendoza y San Miguel de Tucumán reflejaron preliminarmente una "significativa reducción" de dióxido de nitrógeno (NO2) en las atmósferas urbanas.

Este gas, utilizado para monitorear la calidad del aire y que se distingue a simple vista en las grandes metrópolis, es un tóxico precursor de la neblina o el smog, generado por la quema de combustibles fósiles de motores y plantas eléctricas. De hecho, es el tránsito vehicular el que genera las más altas proporciones de este agente, habiéndose demostrado que los vehículos diésel son cinco veces más perjudiciales que los nafteros.

Puede irritar los pulmones produciendo bronquitis y pulmonía y la exposición continua o frecuente a su concentración en el ambiente agrava o incrementa cuadros respiratorios, causa irritación en las mucosas, además de provocar sensación de falta de aire, cansancio y náuseas.

Cuando el NO2 entra en contacto con el agua, se disuelve en ácido nítrico, que deriva en la devastadora lluvia ácida, dañina para los suelos, los bosques, la agricultura y el agua en sí, al eliminar los microorganismos esenciales de muchos ecosistemas.

La mejora de la calidad del aire urbano ha sido una consecuencia de la crisis sanitaria que se registra en muchas ciudades del mundo con niveles de contaminación hasta un 50% por debajo de los habituales. En España, por caso, un informe elaborado por Ecologistas en Acción sobre la base de datos oficiales recogidos en las 26 principales ciudades revela una reducción promedio del 58% en los niveles de contaminación por NO2. También metrópolis como Pekín o México DF reflejaron drásticas caídas en sus niveles de contaminación.

El estudio de la incidencia de los efectos que los comportamientos en tiempos de pandemia tienen sobre este agente contaminante atmosférico contribuirá al establecimiento de planes de mejora de la calidad del aire y al diseño de nuevas e impostergables estrategias que ciudades como París o Londres ya han implementado con cierto éxito. Se calcula que hacia 2050 el número de muertes prematuras derivadas de la exposición a partículas suspendidas aumentará más del doble y que alcanzará los 3,6 millones cada año en el planeta.

Desalentar el uso de autos y promover el transporte público ecológico y eficiente, reemplazar los vehículos de combustión por modelos híbridos como los eléctricos, reducir los límites de velocidad urbana y potenciar la movilidad peatonal y ciclista junto con el incentivo de prácticas como la compra en comercios de proximidad y el teletrabajo deberían ser parte de los nuevos planes para mejorar la calidad del aire que respiramos.

Si no controlamos los niveles de contaminación urbana, su aumento provocará estragos. Del mismo modo, debemos concientizar sobre el cuidado de nuestros bosques y educar para que a las eventuales sequías no se sume el fuego intencional provocado por personas desaprensivas.

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