
La clonación de embriones humanos
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La noticia de que un laboratorio de Massachusetts ha logrado clonar embriones humanos con el fin de obtener células madre que permitan curar determinadas enfermedades ha reabierto el debate sobre si la ética debe poner límites a la investigación genética o si, por el contrario, la ciencia debe gozar de completo albedrío, en ese campo, para expandir sus fronteras.
Más de una vez hemos dicho que la sola posibilidad de que se esté allanando el camino hacia la eventual aplicación de procedimientos que faciliten en algún momento la reproducción de seres humanos en función de criterios de selección racial o étnica -algo que en el siglo XX estuvo en los planes de algunas mentes identificadas con el nazismo- pone al descubierto un horizonte de innovaciones científicas que resulta, por lo menos, inquietante.
Es cierto que la notable operación concretada en Massachusetts responde a fines puramente terapéuticos y no al propósito de servir a planes reproductivos. Lo que se persigue es crear células embrionarias adecuadas para producir tejidos que ayuden a tratar satisfactoriamente a pacientes con diabetes, mal de Parkinson o de Alzheimer y otras enfermedades.
Pero el temor de que dadas ciertas circunstancias los embriones obtenidos a través de una clonación puedan desarrollarse y originar una raza de individuos humanos de condición inferior destinados a ser usados con fines oscuros -por ejemplo, para el suministro de órganos de repuesto- obliga a encender una luz roja de alerta ante estas asombrosas experiencias genéticas.
Para quienes adhieren -a partir de creencias religiosas, por ejemplo- a la idea de que la vida humana comienza en el momento de la concepción, la creación de embriones humanos con el fin de obtener determinadas células resulta, por supuesto, inaceptable. Desde la perspectiva de quienes alientan esa creencia, el embrión es ya un ser humano; mal puede aceptarse, entonces, que sea objeto de una utilización instrumental, aunque el motivo último sea la salvación de otras vidas.
Pero incluso quienes sostienen que la vida humana se inicia en algún momento posterior al de la concepción encuentran en muchos casos razones para objetar la clonación de embriones. En efecto, la vocación natural de continuidad del proceso biológico determina que todo embrión -aun cuando no se lo considere una persona- lleve en cierne la posibilidad de una nueva vida humana. Eso solo obliga a extremar los cuidados y las precauciones ante toda manipulación genética que pueda eventualmente conducir a hechos o situaciones lesivos para la dignidad de la persona humana.
El reconocimiento de la sacralidad de la vida humana no es privativo de una cosmovisión religiosa; puede provenir también -y así suele ocurrir- de una determinada convicción filosófica, moral o humanística. Por eso, el reclamo en favor de un sistema de investigación genética que se subordine a valores y principios éticos se eleva desde distintas vertientes de la conciencia y del pensamiento. Lo religioso, lo filosófico y lo antropológico encuentran, en esta cuestión trascendental de nuestro tiempo, frecuentes zonas de coincidencia.
En definitiva, cualquiera sea el punto de vista religioso o científico que se sustente, no cabe duda de que la investigación genética debe estar sujeta en toda circunstancia al compromiso ético que impone el respeto por la dignidad de la persona. La ciencia se enaltece y encuentra su plena razón de ser en la medida en que reconoce los límites más allá de los cuales asoma el peligro de vulnerar aquello que es absolutamente esencial en el ser humano.


