
La viveza criolla y el bidón
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El triste sainete en torno del, a estas alturas, ya famoso bidón de Bilardo debería generar una profunda reflexión en cada argentino, y actitudes de mayor madurez y sinceridad en algunos de los protagonistas de aquel hecho que, al margen de las sonrisas que nos provoque por lo disparatado, sólo puede avergonzarnos.
Recientemente, tomó estado público, a partir de declaraciones periodísticas del ex futbolista Diego Armando Maradona, que durante un partido de los octavos de final del Campeonato Mundial de Fútbol realizado en Italia en 1990, el cuerpo técnico del seleccionado argentino les suministró a futbolistas brasileños un bidón con agua adulterada con tranquilizantes, que habrían afectado negativamente el rendimiento de por lo menos un jugador de Brasil.
La confesión de Maradona, efectuada en un programa de televisión en medio de festejos y carcajadas, generó indignación en prácticamente todo Brasil, donde -como se sabe- el fútbol es, al igual que en la Argentina, una pasión multitudinaria. Rápidamente, vinieron los pedidos de explicaciones desde el país vecino, mientras la noticia comenzaba a repercutir mundialmente. Si bien nadie puede decir que el equipo argentino se haya impuesto al brasileño gracias a ese ardid, lo concreto es que, al parecer, el cuerpo técnico comandado por Carlos Bilardo recurrió a una trampa que merece ser condenada.
El presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), Julio Grondona, en un gesto por demás deplorable, dijo irónicamente que "habrá que hacer hablar al bidón, a ver qué dice". Frente a ese mal chiste, el diario madrileño El País destacó en una nota titulada "Los códigos de la mafia" que "Grondona es un modesto comerciante que, en los últimos veinte años, sin que se le conozcan otros ingresos, acumuló una de las fortunas más importantes de la Argentina".
Casi quince años han pasado del hecho que hoy se comenta en todas partes. Un período probablemente demasiado extenso como para que la AFA pueda ser sancionada por la Federación Internacional de Fútbol (FIFA), pero que nunca será muy prolongado para que medie una severa condena moral por parte de quienes realmente aman el deporte.
Lamentablemente, en distintos ámbitos de la vida nacional, ese merecido repudio no se ha escuchado con la suficiente fuerza. Por el contrario, abundaron las burlas a los brasileños y las risas socarronas de muchos argentinos para quienes la victoria tiene un sabor doblemente especial cuando es conseguida con trampa o con pícaros artificios propios de nuestra ancestral viveza criolla.
Es esto último lo que más debería dolernos y avergonzarnos: que además de recurrir a ardides inaceptables, nos vanagloriemos de llevarlos a la práctica con éxito. Las innumerables chanzas a los ingleses por el recordado gol de Maradona con "la mano de Dios" en 1986 son otro triste ejemplo.
Puede pensarse que se trata de cuestiones meramente anecdóticas. Pero lo cierto es que ese tipo de cosas ayuda a la conformación de una percepción general negativa sobre la Argentina y los argentinos en el resto del mundo. Una percepción que en modo alguno contribuirá a fomentar la confianza internacional en nuestro país.
Equivocadamente, podemos pensar que son cuestiones irrelevantes o insustanciales. Los deportes populares y sus figuras habituales ejercen una influencia notable sobre las nuevas generaciones, que copian en muchos casos su ejemplo, bueno o malo. No es necesario aclarar el efecto pernicioso que sobre los niños y jóvenes pueden tener las actitudes jactanciosas de quien gana haciendo trampa o las de un tenista argentino que escupe a su rival en el medio de un partido de Grand Slam, aun cuando el adversario en cuestión exhiba otras actitudes poco decorosas en la cancha.
El deporte debe estar necesariamente asociado al juego limpio, al "fair play". Quien no hace honor al respeto de esas reglas no puede ser considerado un auténtico deportista, al margen de las condiciones físicas o de otras aptitudes de las que pueda hacer gala. Un eximio jugador no necesariamente es un buen deportista.
Afortunadamente, el deporte argentino está lleno de hombres y mujeres que han honrado aquellos preceptos que hacen a su esencia. Desde Juan Manuel Fangio hasta Roberto De Vicenzo, desde Juan Carlos Harriott hasta Hugo Miguens y Hugo Porta y desde Carlos Bianchi hasta los más recientes Emanuel Ginóbili, José Meolans, Georgina Bardach y Paola Suárez, pasando por futbolistas que han hecho numerosas obras de caridad, como Javier Zanetti, y por el director técnico de Las Leonas, Sergio Vigil, que no hace mucho dio la nota al pedirle a un árbitro que no convalidara un gol de sus dirigidas por haber sido logrado mediante una infracción, sólo por mencionar algunos entre muchos ejemplos.
Sería triste que la sociedad argentina no reparara en las diferencias y siguiera festejando y premiando actitudes antideportivas, alimentando una particular cultura donde lo único que parecería contar es el resultado y transmitiéndoles a las nuevas generaciones el desafortunado mensaje de que la picardía y la viveza valen más que el esfuerzo y la caballerosidad.
Pocas esperanzas quedan de que los responsables de esta trampa popularizada como "el bidón de Bilardo" muestren signos de arrepentimiento o de vergüenza. Pero ninguna esperanza podemos albergar los argentinos si la mayoría de nosotros celebra el hecho de que, además de ganar la corrupción, también hayan triunfado la impunidad y la popular viveza criolla.



