Los riesgos de una fortuna inesperada
El peligro de que se interrumpan las reformas estructurales en la Argentina es el principal temor de los mercados
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El pasado es todavía muy pesado para la Argentina. Como un antiguo estigma familiar que nadie quiere recordar, a pesar de que aún gravita en la vida diaria. Que la economía no arranca, que no la plata no alcanza, que los comercios no venden y las industrias cierran. Pareciera que el gobierno de Javier Milei hubiese equivocado la fórmula para enderezar la economía y que, por su equivocación, todos tuviesen que pagar los platos rotos de un destrozo evitable y ajeno a la responsabilidad de cada uno.
Y no es así. Esa realidad ya existía, tapada bajo la nube inflacionaria que hizo pobre a la mitad de la población, destruyó la moneda, expulsó a la informalidad y desintegró a las familias. Por primera vez Milei encaró una transformación profunda, no solo para eliminar el déficit y detener la inflación, sino también para crecer y mejorar el nivel de vida de la población de forma sustentable. Eso significa cambiar precios relativos (que se asemejen al resto del mundo) para atraer inversiones, aumentar las exportaciones y pagar las importaciones que requieren el petróleo, la minería, la industria y el campo.
Nadie lo quiso hacer antes, ni enfrentar intereses creados. El kirchnerismo prefirió ahondar las distorsiones, expandir el Estado, exacerbar subsidios y emitir sin control, ignorando las falencias de una estructura productiva en gran parte obsoleta e incapaz de generar divisas para su propia subsistencia. Cambiar lo que nunca se alteró antes es una experiencia durísima. Como una madre que, al acceder al quirófano para ver a su hijo durante la operación salvadora, grita cuando ve sangre, intenta frenar al cirujano y corre por los pasillos buscando detener la “crueldad” de la intervención.
El cambio de precios relativos se percibe en las tarifas públicas (energía, transporte) y en las bajas de aranceles que afectan los bolsillos de los usuarios (para mal, aquellas y para bien, las segundas) y los precios de los fabricantes, jaqueados por la competencia asiática. Pero es el camino para mejorar el nivel de vida de los argentinos y los ingresos para sostenerlo. No es un camino exótico, ya que así funcionan los países que crecen, desde nuestros vecinos próximos, hasta los que ingresaron en la Unión Europea desde 1973. Salvo durante la convertibilidad, cuando se avanzó en reformas frustradas por la malhadada reelección, nunca se intentó una reconversión tan profunda de los quehaceres productivos argentinos, como ahora.
Sin embargo, el riesgo país continúa siendo el más elevado de América Latina solo superado por Venezuela y con inversores prefiriendo suscribir bonos soberanos cortos, con vencimientos hasta 2027 y no aquellos que venzan después, luego de las elecciones del año próximo. Es una paradoja, pues el futuro macroeconómico de nuestro país es envidiable, con estabilidad fiscal, inflación en baja, sin dependencia energética, con abundancia de alimentos y plétora de minerales críticos. De un total de exportaciones superiores a 90.000 millones de dólares proyectados para este año, se podrían alcanzar los 140,000 millones en 2030 o incluso más. El gas licuado y el petróleo de Vaca Muerta serán los mayores aportes de esa fortuna impensada.
Y la paradoja es por partida doble, pues ese futuro luminoso es también un incentivo para que el peronismo intente reagruparse y desplazar a los libertarios con el “trabajo sucio” ya hecho y un gran botín para repartir. No nos referimos solamente al aliciente para reiterar su proverbial corrupción, pues ya lo hemos tratado en un editorial sobre la creación de fondos soberanos, sino a la expansión del gasto público, como lo hicieron en 1946 con las reservas del BCRA y 60 años más tarde con el “boom” de la soja y el “viento de cola”. La “comunidad organizada” que propuso Juan Domingo Perón en el Congreso de Filosofía de 1949 fue el libreto para habilitar rentas extraordinarias a sectores que se sometían al poder estatal. Está en su ADN el modelo de economía cerrada, con retenciones al campo y subsidios a la industria, que demoniza al mercado y privilegia una soberanía de papel sobre la competitividad contante y sonante.
De un total de exportaciones superiores a 90.000 millones de dólares proyectados para este año, se podrían alcanzar los 140,000 millones en 2030 o incluso más. El gas licuado y el petróleo de Vaca Muerta serán los mayores aportes de esa fortuna impensada
Es un lugar común repetir que ese esquema es insostenible, pues cuando el consumo interno repunta y las fábricas requieren más divisas, se forman cuellos de botella al no alcanzar los dólares del campo, forzando devaluaciones para licuar salarios y lanzar la proverbial carrera contra los precios. Se lo llamaba “stop and go” como si fuera una maldición gitana y no resultado de una doctrina equivocada. La solución de fondo y políticamente incorrecta es cambiar el modelo en busca de competitividad.
Por eso, lo que más inquieta a los mercados es el riesgo de interrupción de las reformas estructurales y el regreso a las malas prácticas para malversar los parabienes que se esperan. Hay una percepción de que la Argentina solo requiere buena gestión de personas normales, con sentido común, para salir adelante. Pero la nuestra no es una nación encarrilada como Uruguay, Portugal o Polonia, sino un país sin moneda, saqueado por connacionales e improductivo por incentivos perversos plantados en su marco institucional y en la cultura colectiva.
Como resultado, no creció en la última década y la tensión acumulada se resolvió con la explosión inflacionaria de 2023. Lo más novedoso y disruptivo que introdujo Milei no fueron sus formas, sino sus reformas y la decisión política –sostenida por el voto popular– de eliminar el déficit fiscal y enfrentar a los grupos de interés que bloquean el crecimiento como jamás nadie lo hizo. Y asi se malquistó con todos, desde los sindicatos hasta las cámaras empresariales; desde los consejos profesionales hasta los que controlan al Estado desde adentro y lo esquilman desde afuera. Gracias a ese giro copernicano, tras crecer 4,4% en 2025, se proyecta un crecimiento del 3,6% en 2026 y de 3,7% en 2027, una excepción en la región según el Banco Mundial.
Ojalá hubiera otros candidatos que garantizasen la continuidad de los cambios, sin ceder a presiones sectoriales. Pero si la “opción superadora” solo se focalizase en el estilo de Milei para reconciliarse con el statu quo, sería una regresión lamentable. La experiencia indica que, a menos que haya determinación de no ceder ante reclamos, los grupos organizados se las arreglarán para postergar reformas, adoptar el gradualismo, distraer con mesas de trabajo y lograr el “archívese”, gracias a su legión de influyentes, abrepuertas y “valijeros”. Ese es el verdadero temor de los mercados.
Será difícil creer que el peronismo, autor intelectual del modelo que llevó a la crisis de confianza que todavía subsiste, encarará las reformas pendientes en aspectos tan caros a la trayectoria justicialista como las cajas sindicales, la reforma fiscal, el régimen jubilatorio, los ajustes provinciales o los aranceles profesionales. Aun cuando Axel Kicillof, Sergio Massa, Andrés Larroque o Máximo Kirchner jurasen de rodillas que cumplirán con las “tres llaves” que propuso el Cippec en su reciente cena anual (reforma jubilatoria, productividad e institucionalidad), difícilmente el mercado les creerá.
La Argentina tiene un futuro promisorio, pero sin reformas que lo hagan competitivo, el aluvión de dólares que se pronostica solo servirá para mantener el clientelismo, los subsidios, los sobreprecios y el empleo redundante. Sin liderazgos transformadores, será más parecida a Nigeria que a Noruega y las oportunidades continuarán cerca del poder político y no del esfuerzo individual, fuera de los despachos oficiales.




