
Natalidad en descenso
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Las informaciones proporcionadas por organismos nacionales públicos y privados, al igual que la simple observación de la realidad que nos rodea, demuestran que la cantidad de nacimientos está descendiendo cada vez más en el país, en consonancia con lo que sucede en otras regiones del planeta.
El promedio de hijos por mujer es hoy, en la Argentina, de 2,3 y las proyecciones conocidas indican que dentro de 20 años será de 2, con lo cual estaremos por debajo del mínimo necesario para mantener la cantidad de población nativa. En 1900, ese índice era de siete hijos.
Muchas cosas se suelen decir sobre este tema, generalmente centradas en lo ocurrido en las últimas décadas, con las enormes transformaciones registradas en las vidas de las mujeres, en su papel en la sociedad o en la difusión de las pastillas anticonceptivas. Suele olvidarse que el primer y profundo cambio se registró en los años treinta del siglo pasado, cuando el tema no estaba en los medios de comunicación y era mucho más lo que se callaba que lo que se decía. En aquellos años, desapareció el modelo de familia prolífica tradicional, en la cual los nacimientos concluían con el ciclo fértil de la mujer. Esto equivale al primer acto de un proceso coincidente con un cambio de visión que luego habría de extenderse y profundizarse.
En la actualidad, ese cambio se refleja en muchas actitudes que en otros tiempos hubieran sido inimaginables, como la aparición de jóvenes que desechan tempranamente la maternidad porque quieran desembarazarse de las que suponen incómodas ataduras o limitan sus expectativas a una o, a lo sumo, dos criaturas. No cabe duda de que la irrupción masiva de la mujer en el mundo del trabajo es una de las causas de este fenómeno, pero en modo alguno se trata del único. Existe un importante cambio de mentalidad que parece enfrentarse con lo que siempre se supuso como inherente a la condición femenina.
La falta de nacimientos genera varios fenómenos, todos ellos preocupantes. Los éxitos de la medicina y la elevación de las expectativas de vida crean un grave desequilibrio, pues los trabajadores en actividad alcanzan cada vez menos, con sus aportes, para solventar el sostenimiento de los sistemas de seguridad social. Igualmente aparecen los fenómenos derivados del crecimiento de las patologías propias de la vejez. También llegan a los grandes centros urbanos inmigrantes, tanto nacionales como extranjeros, provenientes de familias de menores recursos, cuyas tasas de natalidad, aun no siendo iguales a las de otras épocas, son muy superiores a las que se registran en las ciudades.
Por cierto que nadie puede ser obligado a tener más o menos hijos, por lo menos en una nación que sostiene la defensa de los derechos inalienables de las personas, pero no puede ser esto un obstáculo para crear conciencia acerca de los inconvenientes que nos aguardan, de manera poco menos que inevitable, en las próximas décadas.




