Preocupante abstención avala la dictadura venezolana

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2 de julio de 2020  • 00:00

El gobierno argentino adoptó en la OEA una absurda posición, en las antípodas del cuestionamiento de los países vecinos frente al régimen de Maduro

En un notorio y preocupante viraje en materia de política exterior, el gobierno argentino acaba de negarse abiertamente a condenar a la dictadura venezolana, que encabeza Nicolás Maduro. Sucedió hace pocos días en la Organización de Estados Americanos (OEA), cuando el organismo regional aprobó una resolución en la que fustigaba la autoritaria y sorprendente decisión del régimen de Venezuela de introducir cambios en las cúpulas de los partidos opositores reemplazándolas por personas afines al gobierno de Maduro.

Pocas medidas en el plano de la política pueden ser tan manifiestamente contrarias al espíritu democrático como la registrada en Venezuela. No sorprende que el consejo permanente de la OEA la condenara sin demasiados titubeos, y sin votos en contra. Veintiún países de la organización regional rechazaron expresamente la manipulación de las instituciones de la democracia decidida por el dictador venezolano, quien fraguó también su propia reelección.

Lamentablemente, nuestro país, que hasta pudo haber elegido estar ausente, optó por votar en abstención. Lo hizo en compañía de México y de cinco pequeños países de América Central y el Caribe que reciben importantes subsidios de Venezuela, a través de ventas de hidrocarburos.

Con su cambio de posición en este delicado tema, la República Argentina adoptó una tesitura distinta a la de todos sus vecinos, que no vacilaron en defender la democracia y condenar el autoritarismo del régimen venezolano, sobre cuya política externa la dictadura comunista de Cuba ejerce una influencia decisiva. La actitud implica no solo no defender la democracia sino, además, elegir el aislamiento al dar la espalda a todos nuestros países vecinos, un manifiesto error de criterio.

No ha de llamar la atención, por tanto, que a pocos días de concretarse el encuentro virtual de la Cumbre del Mercosur, el presidente Alberto Fernández se mostrara también claramente a favor del crecimiento del bloque geopolítico de la Unasur, aquel foro regional en el que tuvieron un rol protagónico Néstor Kirchner, Hugo Chávez y Lula da Silva para contrarrestar el peso de Washington en la OEA. En una videoconferencia organizada por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y conducida por Lula da Silva, el jefe del Estado argentino sorprendió con cuestionamientos a la decisión de la Casa Blanca de ocupar la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), al tiempo que afirmó que extraña a líderes populistas como Chávez, Rafael Correa y Evo Morales. Todo esto, además, entorpeciendo el marco de la trabada renegociación de la deuda externa.

La comentada abstención argentina en la OEA ha impreso una mancha tan burda como indeleble en la historia de nuestra política exterior. La defensa regional de la democracia demanda un compromiso que no admite disfraces ni medias tintas. Por el contrario, faltar a tan inclaudicable deber no hace más que encender gravemente las alarmas fronteras adentro. Cuando las viejas alianzas se actualizan, el futuro de esta parte de América Latina luce sombrío y las libertades democráticas se ven, una vez más, preocupantemente amenazadas.

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