
Vandalismo en la ciudad
La urbe porteña sufre sin descanso la acción violenta de quienes maltratan el espacio público y el patrimonio cultural
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El vandalismo es un mal que crece en la ciudad de Buenos Aires. La variedad de daños causados por esta clase de acciones se descubre con sólo transitar por sus calles. Sin esfuerzo, se aprecia que los autores de los perjuicios han gozado dañando, porque otro significado no parece tener pintar insultos sin destinatario o ensuciar paredes en el escenario urbano.
Hieren el buen gusto y la sensibilidad los efectos de una descarga agresiva que se ensaña con lo nuevo, lo limpio, lo hermoso. Lo más frecuente es chocar con grafitis de distinto color, cuyas huellas se reiteran cuanto más blanca es la pared que hace las veces de pizarrón. Esta modalidad transgresora crece en mala intención y gravedad cuando maltrata tanto a estatuas y monumentos ubicados en el espacio público como a murales en estaciones del subterráneo, o deteriora escuelas, juegos para niños en plazas o canteros con flores.
También puede ocurrir que el acto vandálico esté unido al propósito de robar, por ejemplo, cables para la transmisión de energía eléctrica o de telefonía. En esos casos, el delito tiene otra calificación, aunque también es otra forma de vandalismo, que afecta medios y bienes de la ciudad y sus habitantes. En términos de gastos, esas modalidades destructivas causaron el año pasado perjuicios por 12 millones de pesos en esta capital, suma que demandaron las tareas de reparación o reposición. Decepciona saber, además, que la gran mayoría de esos actos quedan impunes, según informa el Ministerio Público Fiscal de la ciudad, ya que el 78% de los expedientes abiertos por dichas causas terminaron siendo archivados sin las sanciones que hubieran correspondido.
De manera amplia se llaman "vandálicas" esas acciones que mantienen un lejano parentesco con los comportamientos bélicos de un pueblo bárbaro, de raíz germánica, que habitaba Escandinavia y que, hacia fines de la Edad Antigua, invadió la Europa continental y asoló regiones mediante el saqueo y la destrucción. Tales experiencias dejaron memoria, razón por la cual el calificativo de "vandálico" se aplica hoy especialmente a formas de la violencia gratuita que se concentra en lo que posee valor cultural, sobre todo estético e histórico. Esas conductas son reveladoras, a la vez, de otras cualidades, como la agresividad en latencia de sus autores, las fallas de formación moral o el carácter político que asume el vandalismo cuando se instrumenta en función de objetivos del poder.
Está claro que la sociedad porteña, como la de cualquier ciudad del país, no debe tolerar como inevitables las distintas expresiones de este tipo de violencia que afectan la vida urbana, por lo cual es indispensable obrar sin desmayos mediante la educación, el control y la sanción, tres conductas que tienen su tiempo y su función, ninguna omitible a fin de afrontar el problema.


