
Calles desiertas, agobio y un debate sobre el uso del aire acondicionado: así vivió Francia el día más caluroso de su historia
La ola de calor más extrema desde que existen registros dejó decenas de muertos y obligó al cierre de escuelas y monumentos; cuestionamientos sobre su modelo urbano ante el calentamiento global

PARÍS.– Cada hora que pasa cae un nuevo récord de calor en Francia, convertido en el sitio más tórrido de Europa, mientras el gobierno hace enormes esfuerzos para proteger a la población y los franceses descubren, anonadados, los efectos reales del cambio climático.
La noche del 22 y el día del 23 de junio de 2026 quedarán grabados en la memoria como aquellos en los que Francia se asfixió bajo un cielo de plomo. En algunas regiones, los termómetros rozaron los 30 °C a medianoche, pulverizando récords de hace varias décadas.

Este martes fue el día más caluroso jamás registrado en el país desde que se iniciaron las mediciones en 1947, con una media provisional de 29,8 °C. El balance es tremendo: 80 muertos desde que comenzó la ola de calor, 40 en las últimas 48 horas, casi todos ahogados en el mar, los ríos y los lagos.
No, no hablamos del Valle de la Muerte en California, conocido como el sitio más caliente del planeta. Se trata de París, Lyon, Burdeos, Marsella: ninguna ciudad francesa se libró de esta ola de calor sofocante, anunciada como la peor canícula de la historia reciente.
Las calles, que normalmente resuenan con las risas de las terrazas estivales, estuvieron desiertas, como si el país entero contuviera el aliento, aplastado por un calor agobiante, pegajoso, casi palpable.
En la noche del lunes al martes, el aire era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Los ventiladores funcionaban a toda marcha, las persianas estaban bajadas y las ventanas abiertas de par en par con la vana esperanza de sentir una brisa salvadora. Pero nada. Solo un calor sordo y opresivo, como si una tapa de olla a presión hubiera caído sobre el país. Los cuerpos transpiraban, el sueño era imposible de conciliar y los ánimos, agotados, se hallaban al borde del estallido.
Y luego estaba él: el aire acondicionado. Objeto de deseo para unos, símbolo de despilfarro energético para otros. Nunca el debate sobre su uso había sido tan ardiente, tanto en sentido literal como figurado como en estas semanas de literal infierno climático.
Según Météo-France, la noche del 22 de junio de 2026 registró temperaturas mínimas nunca antes vistas desde el inicio de los registros meteorológicos. En París, el mercurio no bajó de los 28,5 °C, superando el récord anterior de 2003 (25,5 °C). En Nîmes, se rozaron los 30 °C a las tres de la mañana. Incluso en el norte, tradicionalmente más templado, los habitantes de Lille tuvieron que soportar 24 °C en plena noche, algo sin precedentes.
“Era como dormir en un horno. Pasé la noche con un paño húmedo en la frente y, aun así, no dejaba de transpirar”, confiesa Marie, una parisina de 34 años que, como muchísimos habitantes de la ciudad, padece en su departamento el efecto de los célebres techos de zinc de la capital francesa.
Y la jornada de este martes no fue mejor. Poco después del amanecer, un aire pesado y pegajoso, como una suerte de sopa tibia, dejó paso a un sol decidido a golpear como un martillo sobre un yunque. Tanto, que incluso los pájaros parecían haber abandonado el cielo, vencidos por el bochorno.
Al mediodía, las calles se habían transformado en una parrilla gigante. El pavimento humeaba bajo los pasos y el asfalto parecía derretirse como manteca en una sartén. Y mientras las paredes de las grandes urbes devolvían el calor como espejos ardientes, sus pobres habitantes tenían la impresión de que el tiempo mismo se había detenido, aplastado por el calor.
Ante esta ola inusitada de canícula, que debería durar hasta el próximo fin de semana, los hospitales reportaron un aumento del 40 % de casos de desmayos relacionados con la deshidratación y los golpes de calor.
El servicio de urgencias de Montpellier tuvo que habilitar camas adicionales para atender a las personas mayores, que son las más vulnerables ante este infierno nocturno. Por su parte, los bomberos multiplicaron sus intervenciones por casos de insuficiencia respiratoria o rescatar ahogados en diversos cursos de agua.
Normalmente, la noche ofrece un respiro. Las temperaturas bajan y el cuerpo puede recuperarse. Pero esta vez, el calor persiste desde hace varios días.
“Es como si el sol, tras haber castigado todo el día, hubiera decidido no dar tregua. Las paredes de los edificios, calientes a fuego lento, devuelven el calor acumulado, convirtiendo los apartamentos en auténticos saunas. Los tejados de zinc, las veredas, los coches aparcados... Todo desprende un calor sofocante, como si la propia ciudad se negara a refrescarse”, explica Marie-Therèse, una médica de urgencias de Burdeos.
“Puse el ventilador a máxima potencia, pero solo lanza aire caliente. Es como si me estuvieran dando con un secador de pelo en la cara”, precisa Thomas, de 28 años, que vive en Lyon.
Mientras tanto, el gobierno toma un sinnúmero de medidas para proteger a la población. Cincuenta y ocho departamentos estarán en alerta roja por ola de calor a partir del miércoles 24 de junio al mediodía, según anunció Météo-France este martes.
Otros 31 departamentos permanecerán en alerta naranja, de acuerdo con el boletín de Météo-France (nueva ventana). Unas 43,9 millones de personas viven en los 58 departamentos afectados, acorde con un recuento de la AFP basado en las estimaciones de población y el último boletín de Météo-France, lo que representa a más de dos tercios de la población de Francia.
Unas 1800 instituciones educativas cerraron debido a la ola de calor y otros 8000 “se han visto obligados a adaptar sus horarios”, de un total de 60.000 en Francia, según declaró el ministro de Educación, Edouard Geffray. Estas cifras aumentaron con respecto al lunes, cuando el ministro había anunciado el cierre de 1352 escuelas y colegios, así como la adaptación de horarios en otros 4042 centros.
Por su parte, los monumentos de París adaptaron sus horarios. La Torre Eiffel cerró este martes a las 16 en lugar de a las 00.45, como es habitual, según anunció la empresa responsable de su explotación. La dirección del Museo del Louvre siguió su ejemplo, anunciando su cierre a las 16 en lugar de a las 18, desde el miércoles 24 hasta el sábado 27 de junio.
El debate sobre el uso del aire
En ese contexto de cataclismo a las puertas de las vacaciones estivales, un debate domina las conversaciones, las redes sociales y los programas de televisión: ¿debería generalizarse el uso del aire acondicionado en Francia?
Para sus defensores, es una cuestión de salud pública.
“¿Cómo pretenden que las personas mayores, los enfermos y los lactantes sobrevivan sin aire acondicionado en condiciones tales?”, se indigna el Dr. Laurent Kocher, médico de urgencias del hospital Saint-Antoine.
“Estamos hablando de vidas humanas, no de comodidad”, agrega.
Las residencias de ancianos y los hospitales fueron los primeros en dar la voz de alarma. Sin aire acondicionado, los residentes y los pacientes corren peligro de muerte. En Toulouse, una residencia tuvo que evacuar a parte de sus residentes hacia un gimnasio climatizado después de que varios de ellos sufrieran desmayos.
“Mi abuela tiene 89 años. Sin aire acondicionado, no aguantaría ni una semana. ¿Acaso tenemos que esperar a que sufra un ictus para actuar?”, afirma Sophie Durand, de 45 años, desde Burdeos.
Sin embargo, para los ecologistas, el aire acondicionado es una falsa solución, un círculo vicioso que no hace más que agravar el problema.
“Cuanto más climatizamos, más calentamos el planeta, y cuanto más calentamos el planeta, más necesitaremos climatizar”, explica Jean-Marc Jancovici, ingeniero y experto en clima. “Es una espiral infernal”, insiste.
En definitiva, las cifras son abrumadoras: un aire acondicionado consume tanto como un radiador a plena potencia. En 2025, la climatización representó el 10 % del consumo eléctrico francés durante el verano. Para 2050, si la tendencia continúa, la demanda de electricidad podría duplicarse debido a los aires acondicionados, según la RTE (Red de Transporte de Electricidad).
Sin mencionar el impacto ambiental: los gases refrigerantes utilizados en los aires acondicionados son potentes gases de efecto invernadero, llegando a ser hasta 14.000 veces más nocivos que el CO2.
“No podemos luchar contra el calentamiento global limitándonos a pulsar el botón de ‘frío’. Tenemos que replantearnos nuestras ciudades, nuestras viviendas y nuestros estilos de vida”, asegura Camille Wei, activista ecologista.
Francia ha mostrado durante mucho tiempo reticencia a la climatización. Quizás sea una cuestión cultural: en un país donde siempre se ha vivido al ritmo de las estaciones, la idea de controlar la temperatura de forma artificial no termina de cuajar. Sin olvidar el costo: instalar un aire acondicionado oscila entre 1500 y 5000 €, dependiendo del modelo. Un lujo que muchos no pueden permitirse.
Sin embargo, la situación está cambiando. Las ventas de aires acondicionados se han disparado en los últimos años: un aumento del 200% entre 2020 y 2026, según la Federación Francesa de la Construcción. Grandes superficies de bricolaje incluso tuvieron que limitar las ventas para evitar la falta de existencias.
Pero esta adopción masiva plantea un problema para la red eléctrica. EDF (Electricidad de France) ya dio la voz de alarma: si todo el mundo enciende el aire acondicionado al mismo tiempo, la red podría colapsar. En 2025, durante la ola de calor de julio, varios barrios de Marsella y Niza sufrieron cortes de luz debido al exceso de consumo.
Ante este dilema, están surgiendo soluciones alternativas. Algunas son ancestrales y otras innovadoras. La ventilación natural: abrir las ventanas por la noche, crear corrientes de aire... Gestos sencillos, pero que ya no bastan cuando el aire exterior está tan caliente como el interior.
El aislamiento térmico: una casa bien aislada mantiene se mantiene fresca durante la noche. Sin embargo, según la ADEME, el 60 % de las viviendas en Francia están mal aisladas. La vegetación urbana: los árboles, las cubiertas vegetales, los muros verdes... La naturaleza es el mejor sistema de climatización natural.

En París, el ayuntamiento ha puesto en marcha un plan para plantar 170.000 árboles de aquí a 2030. Los materiales reflectantes: pintar los tejados de blanco o utilizar revestimientos claros para rebotar el calor... Son soluciones que se han probado con éxito en países como Grecia o España.
“En Barcelona, replantearon toda su política urbana. El resultado: hace 5 °C menos en las calles que en París”, dice el urbanista George Duhamel.
Soluciones sostenibles
Por su parte, start-ups francesas están trabajando en soluciones sostenibles como el aire acondicionado solar: al funcionar con energías renovables, reducen la huella de carbono; sistemas de refrigeración adiabática: utilizan la evaporación del agua para bajar la temperatura sin necesidad de gases refrigerantes; bombas de calor reversibles: calientan en invierno y refrescan en verano, con un mayor rendimiento energético.
Estas tecnologías siguen siendo, sin embargo, costosas y poco accesibles para el público general.
En todo caso, si nada cambia, los científicos prevén que para 2050 las olas de calor como la de 2026 serán la norma. Las noches a 30 °C podrían volverse frecuentes y las olas de calor más prolongadas.
En estas condiciones, existen dos escenarios en juego. O Francia se resigna a generalizar el uso del aire acondicionado, con el riesgo de sobrecargar la red eléctrica y agravar el calentamiento global. O bien se replantean las ciudades, las viviendas y los estilos de vida para convivir con el calor sin depender del aire acondicionado.
“La verdadera elección no es entre tener aire acondicionado o no tenerlo. Es entre una sociedad que se adapta y una sociedad que padece”, según el climatólogo Jean-Pierre Delaunet.
Y cada país tiene su receta para hacerle frente al calor. En España, el aire acondicionado es obligatorio en las viviendas nuevas desde 2019. En Estados Unidos, el 90 % de los hogares cuenta con aire acondicionado. Resultado: picos de consumo eléctrico colosales. En Japón, se utilizan ventiladores de techo y persianas tradicionales para limitar el uso del aire acondicionado. En Holanda, las casas pasivas, con un aislamiento extremo, permiten prescindir del aire acondicionado incluso en verano.
Por el momento, todos los expertos coinciden: el verano de 2026 cambió las reglas de juego. Los próximos años —y después de los infinitos debates característicos de este país— nos dirán si Francia fue capaz de encontrar el equilibrio adecuado.



