Cuando la soberanía choca con la integración
PARIS.– Cuando el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, empezó ayer su discurso sobre el Estado de la Unión declarando que Europa estaba "enfrentando el mayor desafío en la historia" del bloque, se trataba de una descripción muy discreta y no de una hipérbole.
La crisis de deuda soberana que azota a la eurozona pone en riesgo la supervivencia de la moneda única y en última instancia a la Unión Europea (UE), conformada por 27 naciones con un mercado único, fronteras abiertas y libre movimiento de capitales, productos y personas.
La confianza en los gobiernos europeos está en caída. El caos financiero en el caso de que Grecia incurra en default es improbable que deje al mercado indemne. El nacionalismo resurgente y el populismo podrían desgarrar a Europa, advirtió Barroso. La crisis exige un frente unido, pero la UE está desunida.
La opinión pública de Alemania, Finlandia y Holanda se muestra cada vez más hostil a la posibilidad de una mayor integración, justo cuando las principales propuestas para preservar la eurozona implican compartir la soberanía y los riesgos.
Por otra parte, la resistencia a una mayor austeridad también crece en Grecia, epicentro de la crisis, donde una interminable recesión y una arraigada evasión impositiva dificultan cumplir con los objetivos de reducción del déficit impuestos por la UE y el FMI.
En Alemania, la locomotora de la eurozona, Angela Merkel intenta convencer a su coalición de centroderecha de apoyar los rescates.
"El 80% de los votantes alemanes está en contra de una ampliación del mecanismo de rescate de la eurozona, mientras que el 80% de los políticos está a favor", dijo Josef Schlarmann, de un sector moderado de la coalición oficialista. "El establishment político y el electorado van directamente a una colisión", añadió.
Todas las propuestas importantes destinadas a superar la crisis incluyen una mayor integración fiscal, emisión o garantías conjuntas de deuda, y una supervisión más intrusiva de los presupuestos nacionales, además de políticas económicas que socavarán la soberanía nacional.
Barroso dijo que los gobiernos de la eurozona tendrían que abandonar la regla de unanimidad en ciertas decisiones clave para no actuar a la velocidad del miembro más lento, mientras los mercados financieros se adelantan a toda velocidad. Por ejemplo, los últimos esfuerzos para rescatar a Grecia fueron postergados por las exigencias finlandesas de garantías colaterales sobre los préstamos y por discusiones dentro de la coalición que gobierna a Eslovaquia.
Límites
Cuando respaldó el mecanismo de rescate provisorio para países en problemas, la Corte Constitucional alemana estableció límites claros sobre una mayor integración, al emitir un fallo que impide que el Parlamento transfiera soberanía fiscal a Europa de manera permanente. En esencia, el tribunal dijo que la integración europea había chocado contra los cimientos del gobierno nacional.
El sistema ad hoc que se ha desarrollado durante la crisis de deuda podría ser denominado una doctrina de relativa soberanía fiscal: cuanto más sanas son sus cuentas nacionales, tanto mayor será su autonomía.
Países que pidieron rescates, como Grecia, Irlanda y Portugal, tuvieron que negociar recortes de gastos y reformas estructurales cada tres meses con inspectores de la UE y del FMI. Pero los grandes Estados de la UE están decididos a evitar que esa vigilancia les sea impuesta por ley.
Francia encabezó la resistencia contra cualquier multa automática a los países que violen las reglas presupuestarias, y Merkel dice que Alemania no aceptará sanciones a los excesivos superávits comerciales, la principal contribución de Berlín al desequilibrio económico.
Los holandeses, fiscalmente conservadores, proponen la creación de un zar del presupuesto con poder para aplicar las reglas fiscales, castigar a los "pecadores" y recomendar que los Estados abandonen el euro.
Esas ideas revelan el abismo que existe entre aquellos que consideran que la solución es imponer una disciplina más dura a los transgresores y los que creen que un mayor federalismo fiscal es la única respuesta.
El enfoque tradicional sería negociar un resultado intermedio –primero entre Alemania y Francia y después entre los demás– con un mayor cumplimiento de la ley compensado por haber dado un paso adelante en la integración económica.
El riesgo es que Europa tal vez no tenga el tiempo ni la voluntad para forjar ese acuerdo. Los líderes europeos, según palabras del politólogo norteamericano Charles Lindblom, "todavía están confundidos".
Traducción de Mirta Rosenberg
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