Donde la infancia está en peligro
Los países de la región analizaron en Jamaica los riesgos que enfrenta la niñez
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KINGSTON, Jamaica.- El chico tiene unos nueve, diez años a los sumo, las manos quemadas con ácido sulfúrico y la sangre espesa en la yema de los dedos.
"La chong a es donde se muele la coca y se la hace polvito. Después, se vende a los gringos", dice, y su mirada se pierde en el espesor de los cocales.
El testimonio fue registrado por las cámaras de una ONG colombiana y proyectada en la V Reunión Ministerial Americana sobre Infancia y Política Social, celebrada en Jamaica como preludio a la Cumbre Iberoamericana que ayer se inició en Panamá. Fue, acaso, la denuncia más contundente contra el trabajo infantil en Colombia, donde, día tras día, más de 200.000 chicos crecen raspando y procesando hojas de coca.
Eso si antes no les colgaron un fusil que apenas pueden cargar y los empujaron a matar y morir en una guerra que ni siquiera comprenden. Según cifras oficiales, hay 6000 niños reclutados en el conflicto interno que desgarra a ese país, aunque se teme que los números sean mucho más altos.
Pero el trabajo infantil, o en todo caso la explotación de menores, es un mal que desborda las fronteras de Colombia y está enquistado en casi todos los países de América latina.
"Nuestra prioridad es eliminar las formas extremas de explotación infantil, como el trabajo en minerías o el turismo sexual", afirmó a La Nación Eliseo Cuadrado, representante de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en el continente.
Ya sea en minas de oro, ladrilleras, depósitos de basura, industrias químicas o cafetales, lo cierto es que en América latina y el Caribe trabajan 7,6 millones de niños, según estimaciones de la OIT. Aunque si se incluyen las tareas domésticas, a los menores de 10 años y las subestimaciones estadísticas, esa cifra trepa a los 20 millones. Es decir, uno de cada cinco niños es económicamente activo en la región.
Un camino muy largo
A diez años de la Cumbre Mundial por la Infancia, los países de la región pueden jactarse de haber alcanzado muchísimas de las metas fijadas en aquel primer encuentro por la niñez. De hecho, se logró erradicar la polio del continente, la tasa de mortalidad infantil es la más baja entre todas las regiones en desarrollo en el mundo, y se está muy cerca de alcanzar la universalización de la educación básica.
Pese al progreso registrado, el camino por recorrer en materia infantil es aún muy largo, y los retos, enormes. Sin ir más lejos, más de la mitad de la infancia en la región vive en condiciones de pobreza e indigencia, lo que se traduce en 100 millones de niños. Y cada año, según cifras de Unicef, al menos seis millones de personas menores de 18 años son víctimas de agresión física severa, y de éstas 85.000 mueren a causa de la violencia intrafamiliar.
Pero, entre los innumerables flagelos que sacuden a la niñez en América latina, los gobernantes insistieron en la necesidad de fijar la erradicación del trabajo infantil como una prioridad dentro de las políticas sociales de los Estados.
Para que no haya más chicos manejando máquinas peligrosas, soportando cargas pesadísimas, resistiendo niveles insalubres de ruido y temperatura, quemándose las manos con ácido sulfúrico o raspando hojas de coca.
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