El año en que Obama concretó sus cambios revolucionarios

Moisés Naím
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27 de julio de 2015  

WASHINGTON.- Las revoluciones de 1989 cambiaron el mundo, y las de 2015 van a cambiar Estados Unidos. En 1989 cayeron muros, se hundieron dictaduras comunistas y se desprestigiaron malas ideas políticas y económicas que, a pesar de ser nocivas, contaban con muchos seguidores. En la primera mitad de 2015, en Estados Unidos se dieron cambios revolucionarios en sus relaciones internacionales, en su política social y en las reglas que definen lo que es una familia. Y los cambios en Estados Unidos van a tener consecuencias más allá de sus fronteras.

Barack Obama llegó al poder hace seis años y medio impulsado por una inusitada ola de esperanzas. Millones de personas que antes no se habían interesado en la política se entusiasmaron por este joven senador cuyo nombre, apariencia e historia personal eran percibidos por muchos expertos como impedimentos insuperables para alcanzar la presidencia de Estados Unidos. Pero los expertos se equivocaron y Obama ganó las elecciones.

Cuatro años después fue reelegido, a pesar de que como presidente había enfriado los entusiasmos. Su llegada a la Casa Blanca no produjo los resultados que sus votantes -y quizás hasta él mismo- esperaban. Y el Obama que despertaba sueños y motivaba a los apáticos mutó en un líder cauteloso, distante e incapaz de doblegar a sus adversarios internos y externos. Los jefes del Partido Republicano (uno de los cuales declaró que el objetivo era bloquear todas las iniciativas del nuevo presidente) y los líderes de Irán, China, Rusia y Medio Oriente parecían más poderosos y eficaces que Obama.

Además, el día que llegó a la Casa Blanca la lista de emergencias que debía atender de inmediato incluía la mayor catástrofe económica en más de medio siglo, dos guerras que su país estaba perdiendo, altos y crecientes índices de desigualdad económica y el renovado y ambicioso activismo internacional de China y Rusia, todo ello con los aliados tradicionales europeos postrados por la crisis, y el prestigio y la influencia internacional de Washington en su punto más bajo desde la Guerra de Vietnam.

Obama y su equipo se dieron a la tarea de enfrentar estas crisis, pero el progreso fue lento; los retrocesos, frecuentes, y la frustración, creciente. Sus críticos explicaban que el problema era Obama -su pasado, su ideología, su inexperiencia, su personalidad-. Muchos observadores descontaron como una oportunidad perdida su paso por la Casa Blanca. Enfatizaban que los presidentes estadounidenses sólo alcanzan a hacer grandes cambios al inicio de su mandato. Esto es debido a que en las elecciones legislativas que se celebran a mitad del período presidencial los votantes suelen dar la mayoría a la oposición, que se ocupa de frenar o sabotear las iniciativas del gobierno.

Y así pasó esta vez también. Con sus rivales controlando las dos cámaras del Congreso, todo hacía pensar que, en la práctica, la presidencia de Obama había llegado a su fin y que no había que esperar mayores cosas de él en el tiempo de mandato que le quedaba.

Pero no ha sido así. Los expertos se equivocaron otra vez con Obama. En 2015 logró concretar trascendentes iniciativas que parecían imposibles tan sólo unos meses antes.

Está, por supuesto, el acuerdo con Irán, cuyas consecuencias económicas y geopolíticas son enormes. Y la normalización de las relaciones con Cuba. Para sorpresa de muchos, Obama también logró el apoyo del Senado para negociar la participación de su país en el Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio (TPP, por sus siglas en inglés) con otros 11 países de la región de Asia-Pacífico. El TPP tiene el potencial de transformar las relaciones económicas en esa parte del mundo.

Todo esto ocurre en un contexto de recuperación de la economía de Estados Unidos: crecimiento; desempleo de sólo 5,3% y en caída; resurgimiento de la industria, y la transformación del país en la principal potencia energética, sobrepasando a Arabia Saudita y Rusia. Es cierto que los salarios medios aún no se han recuperado y que los niveles de desigualdad son inaceptables. Pero incluso en estos temas tan complejos Obama ha tomado medidas que podrían revertir las tendencias. Su reforma sanitaria, por ejemplo, sin duda tendrá impactos económicos y sociales positivos e importantes.

El verano boreal de 2015 ha comenzado con una decisión que cambiará la vida de millones de personas que hasta ahora habían sido marginadas. En junio, la Corte Suprema legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo, una iniciativa que la Casa Blanca había venido apoyando. Obama merece unas vacaciones.

© El País, SL

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