El desgarrador relato de una periodista venezolana durante el terremoto en Caracas: “Alcancé a abrazar a mi madre”
De la angustia de vivir junto a su familia el sismo a la necesidad de reconstruir un país desde los cimientos
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CARACAS.– Mi mente revive una y otra vez el instante en que escuché la alarma de mi celular y leí la frase: “Terremoto en Caracas”. Llevo 15 años viviendo en Buenos Aires, pero el destino quiso que fuera nuevamente —y de forma afortunada— testigo de un sismo en la ciudad donde nací. Del primero no guardo recuerdos, ya que aún no había cumplido mi primer año de vida; en cambio, lo ocurrido la tarde de este 24 de junio es algo que jamás podré olvidar.
El movimiento telúrico que sacudió la capital venezolana el 29 de julio de 1967 alcanzó una magnitud de 6,5 en la escala de Richter; ocurrió a las 20.05 y tuvo una duración de 35 segundos. El evento reciente, casi 60 años después, no fue uno, sino dos sismos que, en una sincronía macabra, estremecieron la región central del país: el primero de 7,2 y el segundo de 7,5, separados por apenas 39 segundos.

Apenas leí la advertencia en mi celular, a las 18.04 de un día feriado —nublado y lluvioso—, en el que muchos aprovechaban para reunirse en familia y ver los partidos del mundial, el suelo tembló con una fuerza que dificultaba mantenerse en pie, mientras un rugido sordo, que helaba la sangre, nos envolvía. Alcancé a abrazar a mi madre, aún convaleciente tras dos cirugías importantes en el último mes, y corrimos a refugiarnos bajo una viga que supuse nos protegería. Al otro lado del departamento, veía a mi padre que, a sus 85 años, resistía con valentía las sacudidas que parecían no terminar nunca.
En ese instante, breve y a la vez eterno, mi instinto de supervivencia solo se concentraba en sostener a mi madre; no fui capaz de asomarme para contemplar la ciudad que se despliega desde los ventanales de la casa de mis padres y que, custodiada por esa montaña llamada Ávila, también se estremecía bajo nuestros pies.
Ese mismo destino también quiso que mi hija, médica hematóloga y residente en Barcelona, estuviera aquí visitando a sus abuelos luego de tres años sin venir al país. En un viaje cargado de nostalgia, había salido con un amigo a recorrer su antigua facultad y aprovechar para visitar lugares de la ciudad que, en días laborables, no son fáciles de transitar.
El terremoto los sorprendió en pleno centro, dentro del auto y sin comprender del todo lo que ocurría. Apenas cesó el bamboleo —cuyo origen no lograban identificar— comenzaron a ver a la gente salir despavorida de los edificios, corriendo y gritando por las calles. Tuve la suerte de que el roaming de nuestros celulares siguiera funcionando, y alcanzó a llamarme para decirme que estaba bien y que regresaba a casa. No dejo de pensar en los miles de padres que no corrieron con la misma suerte: cuántas llamadas quedaron sin respuesta y cuántos más no volverán a tener la dicha de abrazar a sus hijos.
A los momentos iniciales de terror les siguieron los de acción, impulsados por la necesidad de resguardarnos de las consecuencias de lo vivido. Con gran angustia, descendimos por las escaleras de emergencia hasta encontrarnos con los vecinos, que hacían lo mismo.

Las comunicaciones estaban totalmente colapsadas y la desinformación era absoluta. No hay que olvidar que Venezuela es un país que, desde hace años, carece de prensa libre, mientras que la televisión nacional aun se mantiene bajo controles que, incluso en una situación tan dramática como esta, limitan la información. Solo quienes contamos con canales internacionales por cable hemos podido dimensionar la magnitud del daño a través de sus reportajes, junto con el papel fundamental de las redes sociales, que han desplegado todo su potencial como canales de ayuda y conexión para reunir a familiares y organizar la búsqueda de desaparecidos.
Hasta el momento, y sin listas oficiales confirmadas, se habla de un número significativo de inmuebles colapsados en la capital. Sin embargo, la mayor devastación se concentra en la región costera, ubicada a 45 minutos de Caracas, donde más de 100 edificios se desplomaron; las vías se encuentran destruidas y no hay acceso a servicios básicos ni electricidad. Se trata de la misma zona que ya sufrió una tragedia en diciembre de 1999, cuando un deslave monumental la arrasó casi por completo, dejando una cifra de fallecidos que aún hoy no ha podido determinarse con exactitud. Es una población que parece tener un máster en sobrevivir emergencias y que, una vez más, se encuentra a la deriva, desamparada y sin asistencia.
Al día siguiente, muchos venezolanos despertamos con la necesidad de ayudar, cada uno desde sus posibilidades, aunque marcados por la incertidumbre y la falta de coordinación sobre a dónde acudir. Aun así, prevalece una fuerte voluntad colectiva de apoyo. Se organizan colectas para reunir insumos destinados a la remoción de escombros en busca de sobrevivientes.
Mi hija, integrada a un grupo de paramédicos, quedó profundamente conmovida por el trabajo conjunto de bomberos, policía, personal de salud y vecinos, quienes, organizados en cadenas, utilizaban herramientas y sus propias manos para avanzar.
Se sabe que hay personas atrapadas con vida, y esa es la prioridad. La solidaridad es constante: agua, comida, herramientas e insumos llegan sin cesar. Aunque predomina la improvisación, la comunidad ha conseguido organizarse. El ambiente refleja descoordinación, sí, pero también una firme y conmovedora voluntad colectiva de ayudar.
A 48 horas del movimiento telúrico más intenso en más de 126 años, comienza a llegar la ayuda humanitaria de distintos países. Los venezolanos la necesitamos con urgencia: queremos rescatar al mayor número posible de víctimas que aún resisten entre los escombros. Se requieren insumos, equipos médicos y recursos para atender la emergencia. También será imprescindible asistir a quienes lo han perdido todo y hoy se encuentran sin techo. A esto se suma la incertidumbre provocada por los daños sufridos en el principal aeropuerto del país, lo que complica aún más la movilización de ciudadanos y ayuda. La magnitud de la necesidad es tal que asusta incluso intentar dimensionarla.
No son momentos para politizar; resultaría mezquino contaminar una tragedia, ya de por sí devastadora, con todo lo que el pueblo venezolano ha tenido que soportar a lo largo de más de dos décadas de un régimen que nos ha fracturado y empobrecido.
Sin embargo, tampoco podemos callar ante lo que se refleja en el rostro de quienes esperan ayuda. ¿Dónde está un gobierno que en su momento demostró un despliegue desmedido de fuerza para reprimir protestas de jóvenes estudiantes? ¿Dónde están hoy los recursos de un país que lo tuvo todo y que ahora carece incluso de guantes para que voluntarios de protección civil puedan rescatar víctimas entre los escombros?
Este país necesita reconstruirse desde sus cimientos. Quienes lo habitan tienen el derecho de exigir un futuro que les garantice seguridad, y que, ante la fuerza de la naturaleza, pueda responder con solidaridad, pero también con los recursos necesarios para proteger a su gente. Se lo debemos como deuda a todos aquellos que nos están dejando, un número que es todavía incierto.
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