
El porvenir del mundo occidental
Nos espera otra transferencia de poder mundial; las transformaciones en China y la India tienen una escala sorprendente
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No es fácil escrutar el futuro, una tarea acaso imposible, constantemente sujeta a los efectos imprevisibles de la acción humana. Pero, más allá de estos condicionamientos, hay tendencias en el mundo que permiten delinear conjeturas según enseñaba Bertrand de Jouvenel. Esos "futuros posibles" estaban entonces centrados en el cuadrante del mundo occidental. Dos mundos -el primero democrático y capitalista; el segundo totalitario y comunista- libraban el combate de la Guerra Fría para obtener la supremacía.
En torno de esta dicotomía estaban los márgenes. Se los llamaba Tercer Mundo como si, al igual que su congénere de la Revolución Francesa (el Tercer Estado), ese estrato dispar de países pudiese contener la llave del porvenir. Mientras tanto, el poder en cuanto conjunción política, económica y cultural, seguía siendo patrimonio de Occidente.
Desde luego esta visión de Occidente no evocaba la imagen de un bloque monolítico. El poder en Occidente se había puesto en movimiento después de que las dos guerras mundiales del siglo XX acunaran la "era de las catástrofes" y, con ello, provocaran la declinación de aquel núcleo irradiador de potencia: frente a los Estados Unidos y a la Unión Soviética, Europa dejó de ser protagonista.
Esta primera transferencia de poder marcó un salto cualitativo en la historia de una modernidad que había comenzado precisamente con el descubrimiento de América. En la geografía del Atlántico Norte el poder se desplazaba hacia los Estados Unidos; en la geografía de Europa, hacia Rusia. De algún modo la bipolaridad soviético-norteamericana, si bien había consolidado a los Estados Unidos como líder de Occidente, mantenía, en la parte correspondiente a la Unión Soviética, la impronta europea en los asuntos mundiales.
Tal esquema no llegó a durar medio siglo. Con la caída del Muro de Berlín y la implosión del sistema soviético con sus satélites, emergió la supremacía imperial de los Estados Unidos. Europa siguió relegada, aunque conservaba en sus manos el proyecto de integración económica y unidad política. En la globalización de estos últimos quince años, mientras Rusia entraba en crisis, Europa representó un modelo de "paz perpetua" a una escala regional de más en más ampliada, y los Estados Unidos el rol de guardián de los asuntos mundiales con una mezcla, en su acción, de cálculo utilitario y misión redentora.
Estos atributos no transitan en estos días por su mejor momento. La crisis europea con respecto a la propuesta de constitución no parece ser un signo de vitalidad sino un síntoma de fatiga. Estancamiento económico, fisuras profundas en el estado de bienestar, esclerosis demográfica salvo excepciones: los factores explicativos parecen converger hacia lo que anticipó Raymond Aron en su Alegato por la Europa decadente. En tal escenario una sociedad satisfecha en el plano del consumo contemplaba cómo lentamente se apagaban los viejos valores de la virtud cívica.
Muchos autores -Timothy Garton Ash entre otros- han retomado estos interrogantes. Para algunos se trataría de una crisis de civilización; para otros, menos apocalípticos, de una estación crítica en un largo proceso sujeto a una dialéctica creadora de crisis y recuperaciones. De todos modos, la pregunta queda planteada. Justo en la circunstancia en que la Unión Europea ha dado un salto cualitativo en cuanto a los miembros que la componen, sus países centrales han perdido dinamismo.
La cuestión del dinamismo no parecería afectar mayormente a los Estados Unidos, pero a poco que se profundice en el análisis podrá advertirse que la sociedad norteamericana no las tiene todas consigo en cuanto al papel que esa "república imperial" habrá de representar en el futuro. En contra del discurso de unos ideólogos vociferantes (abundan en América latina), los norteamericanos están discutiendo unos supuestos que, hasta hace muy poco, se consideraban inamovibles. Esto tiene que ver con la posguerra en Afganistán y en Irak.
Ganar la guerra no es lo mismo que ganar la paz. En la medida en que los pronósticos de una paz y de una reconstrucción inmediatas se alejen del cálculo de probabilidades, la opinión pública habrá de revisar las cosas. Por ahora esas modificaciones son tímidas, impulsadas por la disminución de la popularidad de George W. Bush. Muchas veces la opinión pública induce a cambiar por la negativa, porque sustrae el apoyo que antes había concedido, y no hay nada peor para un político en esta materia que sus índices de popularidad se deslicen hacia abajo.
Para los países occidentales se abre pues un período de balance; pero, si volvemos nuestra mirada hacia el gran teatro de la globalización, el panorama no es tan incierto. Algo gigantesco está ocurriendo en el planeta en relación con el peso de las naciones comprometidas en esta aventura. En China y en la India las transformaciones de los últimos veinte años tienen una escala sorprendente. Escala económica, sin duda, y sobre todo escala demográfica. Esta mudanza es acaso tan importante como la anterior que se movió desde Europa hacia América del Norte. Aún carece de correlato político. No obstante, la trascendencia de este asunto permitiría enunciar la hipótesis, como ya lo ha hecho Henry Kissinger, de que estamos en presencia de otra transferencia de poder en el nivel mundial.
Este fenómeno no propone un contrapunto con el sistema del capitalismo globalizado sino que, al contrario, lo acentúa y al mismo tiempo lo desafía. Aquí está comprendida la paradoja actual de Occidente: su capacidad económica ha "occidentalizado" al este asiático; ello no ha impedido, sin embargo, el desplazamiento del eje del poder hacia el Extremo Oriente. Es un proceso radicalmente novedoso que, en el plano de los valores culturales y religiosos, no tiene mucho que ver con los consensos y querellas que han atravesado -lo siguen haciendo en la actualidad- la agitada vida de Occidente.
No es necesario abundar en cifras económicas para ilustrar esta transmutación en las relaciones internacionales. Nos basta con recapitular los grandes números en el orden demográfico. Según estimaciones de las Naciones Unidas, de cada 100 habitantes en el planeta (sobre una población total de 6477 millones), 61 viven en Asia, 11 en Europa, 9 en América latina y 5 en América del Norte. Quiere decir que el Occidente desarrollado del norte representa una minoría de 16 habitantes contra 61 en Asia. China, India, Indonesia y Paquistán reúnen 2790 millones sin contar los habitantes correspondientes a Japón y Corea. Esa masa humana está cambiando vertiginosamente los datos de la demanda mundial en todos los campos (en particular, cosa que interesa a los argentinos, en la producción agrícola). Ignoramos hasta dónde llegará semejante desplazamiento. Lo que sí sabemos es que la tendencia se ha puesto en movimiento.
Las lecciones que todo esto arroja en América latina no dejan de ser preocupantes. "Extremo Occidente", como la bautizó Alain Rouquié, el lugar de América latina, es ambivalente. Contemplamos el tiempo que se abrió hace tres lustros, despotricamos contra errores y excesos con un lenguaje propio de las viejas polémicas occidentales (por ejemplo el gastado contrapunto entre revolución-contrarrevolución o imperialismo-antiimperialismo) mientras el tren de la historia corre hacia otros puntos del planeta con la velocidad de un jet.
Esta pérdida de oportunidades da qué pensar, porque mientras no se establezca una forma de crecimiento sustentable, seguirá primando en nuestra región el arcaísmo de las soluciones ligado a las desigualdades impuestas por la realidad. No decimos que en Asia se haya superado ese secular estigma. Sí decimos que, por lo menos, se ha instalado en aquellas poblaciones la perspectiva de la movilidad y el ascenso. Lo que en algún período de nuestro desenvolvimiento existió en la Argentina y después se dilapidó. Estas enseñanzas son importantes no sólo por lo que describen sino también por lo que exigen. ¿Les prestaremos atención?





