
El régimen de Irán se muestra unido frente a la guerra, pero está dividido en cuanto a sus objetivos
Mientras los sectores más duros exigen una victoria total sobre Estados Unidos e Israel, el ala pragmática busca utilizar la presión militar como herramienta para alcanzar un acuerdo favorable con Washington. La disputa también definirá quién dominará el país cuando termine la guerra
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TEHERÁN.– Con su escalada de ataques contra bases de Estados Unidos y sus aliados de la última semana, los líderes del régimen de Irán están exhibiendo una notable unidad de criterio sobre su estrategia bélica: resistir hasta que quede claro que Irán tiene más aguante que Estados Unidos y sus aliados.
Dentro de la cúpula del régimen, sin embargo, existen abismales diferencias en cuanto al objetivo final de ese juego.
De un lado están los ultras, que se oponen a cualquier tipo de negociación con Estados Unidos y exigen una victoria total en la guerra: son los ideólogos duros nucleados en el movimiento “Paydari” -en farsi, “estabilidad”-, que quieren imponer el control de la república islámica sobre la sociedad iraní.
Del otro lado están los aliados del presidente Masoud Pezeshkian y del poderoso presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Qalibaf, que también funge como principal negociador de Irán, para quienes la presión militar es un camino para lograr un acuerdo negociado y provechoso con Estados Unidos. A este bando también lo impulsa el enorme precio que la guerra le está cobrando a la economía de Irán y la necesidad de adaptarse a las transformaciones de la sociedad iraní.
“La negociación es una herramienta política y un complemento de la acción militar para presionar al enemigo y obtener concesiones reales”, escribió el jueves Mahdi Mohammadi, asesor de Qalibaf, en su canal de Telegram.
Esta rivalidad inusualmente pública en el seno de la teocracia iraní refleja una lucha por el control del futuro de Irán cuando termina la guerra. Y la gran incógnita es la posición del nuevo líder supremo, el ayatollah Mojtaba Khamenei. Hay informes de que Khamenei resultó herido en el ataque que acabó con la vida de su padre el 28 de febrero, en los primeros instantes de la guerra. En todo caso, permanece oculto y ambos bandos afirman contar con su apoyo.
Un Irán decidido a demostrar su músculo militar
La posición Qalibaf y del presidente Pezeshkian tuvo un espaldarazo con el acuerdo de alto el fuego alcanzado con Estados Unidos en abril, que recibió un fuerte apoyo del Consejo Supremo de Seguridad Nacional: doce de sus trece miembros lo aprobaron, incluyendo altos mandos de la Guardia Revolucionaria y del Ejército.
Se cree que el único voto en contra del acuerdo provino de Saeed Jalili, la figura más prominente del movimiento Paydari.
Pero el alto el fuego con Estados Unidos se desmoronó en medio de ataques mutuos y debido a la presión de Irán por controlar el estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra pasaba una quinta parte del petróleo y el gas que se comercializa en el mundo. Irán también se sintió frustrado porque las promesas financieras del acuerdo —incluida la liberación de miles de millones de activos congelados— nunca se materializaron, y ahora Estados Unidos ha restablecido el bloqueo del estrecho.
Sin los beneficios del acuerdo, entre los líderes de Irán “no hay demasiadas dudas sobre cómo hay que responder”, apunta Ali Vaez, director del proyecto sobre Irán del Grupo Internacional de Crisis.
Los iraníes consideran que el presidente Donald Trump “solo entiende el lenguaje de la fuerza y que por lo tanto, para obligarlo a cumplir un eventual acuerdo, primero tienen que estar en situación de ventaja”, dice Vaez.
La presión de los ultras
Los funerales del asesinado líder supremo Ali Khamenei fueron a principios de julio y fueron una demostración de fuerza de la facción ultraconservadora Paydari: en las calles de todo el país, la multitud clamaba venganza contra Estados Unidos e Israel, y en Teherán los dolientes le dieron una calurosa bienvenida a Jalili, mientras que Pezeshkian en determinado momento fue abucheado al grito de “¡Muerte al que cede!”.
Los ultras realizan mítines nocturnos y recurren a su control de la televisión estatal, la IRIB, para fogonear la oposición a las negociaciones. Tanto en los mítines y como en la televisión, los oradores hablan de Irán como un país encaminado a la victoria total y denuncian a los que transigen con Estados Unidos, el archienemigo de la República Islámica.
El 30 de junio, por ejemplo, la IRIB interrumpió una transmisión en vivo de Qalibaf cuando hablaba sobre las negociaciones con Washington, y a principios de julio corto la transmisión de un discurso de Pezeshkian ante empresarios, segundos después de que el presidente dijera que antes de su muerte el anciano Khamenei había autorizado reanudar las conversaciones con Estados Unidos.
Pezeshkian y su bando han respondido con dureza, acusando a la IRIB de dividir al país en tiempos de guerra. El presidente acusó a la emisora de transmitir la idea de que “los militares están de un lado y el gobierno del otro”.
El mes pasado, la oficina de prensa de la presidencia condenó a la televisión estatal por “censurar” al presidente y a otros jefes de gobierno, evidenciando públicamente la grieta interna del régimen.
Los sectores más intransigentes también han recurrido a otros medios para hacer sentir su poder. En las últimas semanas, las autoridades clausuraron los cafés del centro de Teherán que eran muy concurridos durante el alto el fuego. En ese momento, los videos difundidos en las redes sociales iraníes mostraban que en esos cafés muchas mujeres incumplían la ley del velo obligatorio y a una multitud de ambos géneros mezclándose libremente.
Las clausuras fueron breves, “pero fueron la señal de que los partidos extremistas religiosos” estaban mostrando su influencia, apunta Mohamad Ali Abtahi, clérigo reformista y asesor del expresidente Mohammad Khatami, que sigue siendo el líder de los grupos reformistas de Irán.
Aunque la facción de Jalili es minoritaria, es muy influyente, señala Vali Nasr, profesor de Relaciones Internacionales y Estudios de Medio Oriente de la Universidad Johns Hopkins.
“Tienen mucho dinero y mucho poder, tienen a mucha de su gente en cargos y puestos del Estado, y tienen sus propias conexiones con la Guardia Revolucionaria”, agrega Nasr.
Hay que escuchar a la gente, dicen los pragmáticos
El sector más pragmático argumenta que para mantener la unidad en tiempos de guerra hay que hacerse cargo del descontento público por la situación económica, así como por la represión política y social, todo mientras la moneda iraní sigue en caída libre con la inflación y el desempleo en alza.
Un acuerdo final con Estados Unidos podría reportarle a Irán una enorme ganancia inesperada, con el levantamiento de las sanciones y la devolución de miles de millones en activos congelados en el extranjero.
De hecho, ya hubo pequeños fogonazos de exasperación por la guerra. En julio, más de 250 exdiputados, clérigos, profesores y otras figuras públicas firmaron una petición contra la guerra advirtiendo sobre los costos del conflicto.
“Creemos que la inmensa mayoría del pueblo iraní desea la paz y anhela el derecho a una vida digna”, rezaba el comunicado. Otras se han manifestado en contra de las ejecuciones de manifestantes tras las generalizadas protestas contra el gobierno del mes de enero.
Un importante partido reformista que apoyó la campaña presidencial de Pezeshkian advirtió que el costo interno de la guerra estaba “socavando la cohesión social”, lo que le valió una reprimenda de la agencia de noticias Tasnim, cercana a la Guardia Revolucionaria, que afirmó que el comunicado equivalía a culpar a Irán de una guerra que había iniciado Estados Unidos.
A mediados de julio, Youssef Pezeshkian, hijo e influyente asesor del presidente, publicó una serie de mensajes hablando de la necesidad de equilibrar los objetivos militares con la realidad de una frágil economía. En referencia a las décadas de sanciones y confrontación con Occidente, dijo que a Irán “le impidieron crecer y ha sufrido enormemente. Se ha enfermado”.
Ambas partes están pendientes de lo que sucederá después de la guerra
En última instancia, ambos bandos luchan por quedarse con el poder cuando termine el conflicto, dada la inusual incertidumbre provocada por el cambio en el liderazgo supremo. Según Abtahi, el clérigo reformista, la verdadera opinión del ayatollah Mojtaba Khamenei sigue siendo un misterio: algunos creen que podría ser incluso más radical que su padre, mientras que otros lo ven como un potencial impulsar de un cambio moderado.
Con el enorme poder que le fue conferido, el nuevo líder supremo podría funcionar como un freno para contener a las facciones más extremistas. Sin embargo, “si nadie aplica ese freno”, dice Abtahi, el enfrentamiento con las facciones más radicalizadas podría volverse más peligrosa.
Traducción de Jaime Arrambide
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