El último "muro" del continente

Un cerco divide en dos a la isla y separa a turcos y griegos
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25 de abril de 2004  

Más de un contrasentido encuentra la Europa de la unidad en la próxima incorporación de Chipre. Una paradisíaca isla del Mediterráneo donde las fronteras, lejos de caer, se sostienen con miles de militares que evitan una guerra entre un norte empobrecido, de ascendencia turca, y un sur poderoso, de influencia griega, separados por una barrera que hoy es considerada "el último muro" del Viejo Continente.

Tierra de nacimiento de Afrodita, la diosa de la belleza y el amor, la más preciada de la mitología griega, Chipre es desde hace 30 años una isla dividida. Con religiones y culturas diferenciadas, y dos realidades que no parecen fáciles de unir. El cerco transversal de la llamada zona de amortiguación ( buffer zone ) no hace otra cosa que poner distancia entre dos mundos totalmente diferentes.

Uno, el de los turcochipriotas, musulmanes habituados a una forma de vida humilde. Allí la isla muestra una población que parece detenida en el tiempo. La República Turca del Norte de Chipre no es reconocida por la comunidad internacional -más allá del gobierno de Turquía- y ocupa un 37% del territorio. Otro mundo es el de los grecochipriotas, cristianos ortodoxos habituados a una vida moderna de alto consumo. En esa región del Chipre reconocido internacionalmente, el mar ofrece el mismo azul intenso entre construcciones medievales, pero las playas están conectadas por autopistas, pobladas de turistas y hoteles internacionales.

"Las diferencias entre un sector y otro son muy claras" dijo a LA NACION, el general (R) Evergisto de Vergara, ex jefe de la misión de las Naciones Unidas en Chipre entre 1997 y 2000.

De Vergara cree que la eventual reunificación de la isla, truncada ayer, "llevará primero a una nueva distribución de ingresos con nivelación en el estándar de vida, y luego producirá beneficios a toda la población".

Un portaaviones natural

Por su ubicación estratégica en el Mediterráneo, a pocos kilómetros de Africa, Asia y Europa, y frente a las costas de Medio Oriente, la isla promete convertirse en una especie de portaaviones que servirá de base a futuras operaciones europeas en regiones calientes del mundo.

Sin embargo, aún está lejos de ese objetivo ya que las Naciones Unidas mantienen hoy desplegados 1260 soldados en Chipre en una operación de mantenimiento de la paz entre las fuerzas grecochipriotas y turcochipriotas. Tras diez años de compromiso con la ONU, la Argentina interviene en el conflicto con unos 400 hombres, del Ejército -que aporta el grueso de los efectivos-, la Armada y la Fuerza Aérea.

La zona de amortiguación se extiende de este a oeste de la isla y tiene un ancho variado. En algunas áreas la separación de los dos bandos es de cinco kilómetros y en otras de sólo una calle, como ocurre en Nicosia.

La capital, rodeada de una muralla medieval construida durante la ocupación de la República Veneciana, está hoy atravesada en un costado por un cerco de alambre de púa, que sorprende como un intruso en el centro de la ciudad. Los cascos azules de la ONU, encargados de patrullar por el área de separación, están allí vigilantes entre trincheras, sacos de arena y puestos militares que marcan la frontera mientras turistas de todo el mundo se acercan sigilosos a llevarse una foto de recuerdo.

A diferencia de Berlín, en Nicosia no hay muro, pero sí la sensación de que lo hubiera.

La ciudad es hoy la única capital europea dividida por la fuerza, y esas imágenes del conflicto se convierten en un atractivo extraño de una guerra detenida en el tiempo con la que la UE no está dispuesta a convivir por mucho tiempo más. Analistas y expertos tienen claro que Chipre no podrá incorporarse plenamente a la UE con un territorio partido. Por ello, según confía el propio secretario general de la ONU, Kofi Annan, "la solución llegará tarde o temprano".

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