
La dramática noche de terror y muerte en Caná
La aldea aún está conmovida por la masacre de anteayer
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CANA, Líbano.- Los muertos yacían en formas extrañas. Varios tenían la boca abierta y cubierta de polvo. Las caras, hinchadas. Un hombre tenía uno de los brazos completamente extendido y la mano totalmente abierta. Un niño y una niña, pálidos, estaban tendidos boca abajo en una ambulancia.
El gobierno israelí dijo que había advertido a los habitantes que abandonaran la zona. Pero irse del sur del Líbano es peligroso. En las últimas dos semanas, las dos familias numerosas que fueron víctimas de la matanza de Caná -los Shalhoub y los Hashim- habían conversado varias veces sobre la posibilidad de partir. Pero eran pobres y varios miembros no estaban bien de salud, incluidos un anciano de 95 años, dos familiares en silla de ruedas, y decenas de hijos. No podían solventar un viaje en taxi hacia el Norte, que cuesta unos 1000 dólares.
Además existía el peligro en la propia ruta. Docenas de individuos, incluyendo 21 refugiados que viajaban en una camioneta el 15 del mes pasado, murieron a causa de los ataques aéreos israelíes mientras trataban de evacuar la zona. El último fin de semana hubo misiles que hicieron impacto en ambulancias de la Cruz Roja, hiriendo a seis personas y perforando el centro de la cruz sobre uno de los techos. Anteayer, un cohete estalló al paso de la caravana de ambulancias que iba con destino a Caná.
"¿Qué podíamos hacer con nuestros hijos? No había adónde ir", dijo Zaineb Shalhoub, una sobreviviente de 22 años, que yacía muy quieta en una cama de un hospital de Tiro.
Las dos familias se habían trasladado a una casa excavada en la punta de un cerro. Pensaron que sería más segura. En el piso del angosto subsuelo cercano a la casa destruida había cinco colchones, un Corán abierto y una libreta de apuntes escolares sobre una almohada. Cada mañana, las mujeres les preparaban el desayuno a los hijos. La señora Shalhoub daba clases. Mientras, todos esperaban que los rescataran.
El primer misil cayó alrededor de la una de la madrugada, arrojando a un pasillo a Mohammed Shalhoub, uno de los familiares en silla de ruedas. Sus cinco hijos, de entre 2 y 12 años, aún estaban dentro de la casa, como también su esposa, su madre y un sobrino de 10 años. Trató de llegar hasta ellos, pero minutos después cayó otro misil. A la mañana, cuando llegaron los socorristas, sus ocho parientes estaban muertos. "Sentí que todo daba vueltas y que la tierra me tragaba", comentó el señor Shalhoub, de 38 años, en una cama de un hospital de Tiro y con la vista perdida.
La boca llena de arena
"Tenía la boca llena de arena", dijo la señora Shalhoub, y añadió que los médicos le habían dicho a su familia que los muertes habían ocurrido por asfixia y aplastamiento.
Por lo menos ocho personas de la casa sobrevivieron y hablaron de una noche larga y aterradora. La señora Shalhoub se sentó debajo de un árbol junto a Mohammed, sin su silla de ruedas, y otros tres familiares, escuchando cómo los aviones sobrevolaban en la noche.
La señora Shalhoub dijo que había tratado de ayudar a una mujer que sollozaba bajo los escombros e imploraba por su bebe, pero que no lo había podido encontrar. Un vecino, llamado Haidar Tafleh, expresó que había oído gritos al aproximarse a los escombros, pero que el bombardeo le había impedido llegar. "Tratamos de sacar gente de allí, pero las bombas no nos dejaban", dijo.
El área recibió varios impactos más. Una casa próxima a la de los Shalhoub quedó en ruinas en medio de un cráter gigantesco. Los vecinos dijeron que unos ocho edificios habían sido destruidos en dos semanas.
Los edificios derrumbados han sido un serio problema en el sur del Líbano. Todavía hay decenas de cadáveres bajo los escombros.
El verdulero Hassan Faraj, parado frente a su negocio y cerca de un monumento en memoria de los muertos en el ataque de 1996, señaló que los combatientes de Hezbollah no andaban por Caná, pero que los habitantes los apoyaban con firmeza. Anteayer había escasa evidencia de la presencia de combatientes, pero sí muchas banderas y afiches de líderes chiitas en las calles.
En el hospital de Hakoumi, en Tiro, el señor Shalhoub estaba sentado sobre la cama, con el rostro desencajado. Sus familiares le servían café con especias, cuyo aroma se esparcía por la sala. Los sobrevivientes hablaron de su fe como consuelo. "Mis hijos -dijo la señora Shalhoub- están ahora en el paraíso."
Pero Hala Shalhoub, de 24 años, cuyas dos hijas de 1 y 5 años murieron en el bombardeo, gemía y se mecía levemente en su cama de hospital. "Quiero verlas, quiero abrazarlas", suplicaba.
Un pariente dijo: "Dejen que llore".
Zaineb Shalhoub, la joven de 22 años que descansaba en la cama de al lado, se lamentó: "No queda nadie en nuestro pequeño pueblo. Ni gente ni las piedras".Traducción: Luis Hugo PressendaTraducción: Luis Hugo Pressenda
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