
La experiencia de un sacerdote argentino al borde de la guerra
Lleva ya cuatro años en Tadjikistán
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DUSHANBE, Tadjikistán.- "El conflicto de Afganistán es una amenaza para toda la región. Acá hay mucha pobreza, frustración y desesperanza, y la gente humilde, que no esta informada, es fácilmente exaltable con cualquier movimiento supuestamente liberador."
Carlos Avila, un sacerdote argentino que desde hace varios años es superior eclesiástico de la misión sui juris en Tadjikistán, país musulmán, no oculta que está preocupado.
Como muchos, teme que la guerra en Afganistán para atrapar al multimillonario terrorista saudita Osama ben Laden y eliminar a los talibanes se convierta en una bomba de tiempo para los países vecinos. En particular, que inflame esta mísera ex república soviética que comparte más de 1300 kilómetros de frontera con Afganistán y es considerada un santuario terrorista a raíz de la existencia de distintos grupos radicales islámicos.
Lugar más inhóspito para cumplir con su vocación misionera no le podría haber tocado a este sacerdote de 36 años, oriundo de Comodoro Rivadavia y que desde 1997 está al frente de una misión encomendada por la Santa Sede al Instituto del Verbo Encarnado (IVE), al que pertenece. De los seis millones de habitantes que tiene este país, sólo 150 son católicos, en su mayoría originarios de Rusia.
Como contó a LA NACION en una entrevista en su parroquia de Dushanbe -la única de la ciudad-, el padre Carlos llegó en plena guerra civil (50.000 muertos), por lo que vivió una de las épocas más violentas que se recuerden en Tadjikistán.
Ahora, sin embargo, la situación está un poco más tranquila. Y el gobierno tadjiko, que depende fuertemente de Rusia -por lo que no reconoce a los talibanes en Afganistán y apoya a la opositora Alianza del Norte-, está intentando dominar el tema del extremismo islámico.
"Hasta hace un año había paramilitares armados con metralletas en la calle, tiroteos, y autos con vidrios polarizados que se disparaban por problemas internos, de clanes islámicos", cuenta.
"Una vez, una familia católica quedó en medio de una balacera donde murieron varios civiles, y la señora, que estaba embarazada, perdió el bebe, y su hijo de seis años sigue con problemas psicológicos por el shock que vivió", agrega.
Pese a que tiene dos tiros en su Volga 31 -que irónicamente define el "Mercedes soviético"-, a que los asaltos son moneda corriente y a que hace un mes arrestaron a dos terroristas islámicos en la esquina de su casa, el padre Carlos asegura que tiene "más miedo en Buenos Aires, donde ya no se puede tomar un taxi tranquilo".
La vida que lleva en esta remota ciudad tan poco iluminada por la noche, no obstante, es dura. Hay mucha pobreza -el salario promedio es de 8 dólares-, pocas perspectivas de un futuro mejor y gran nostalgia de la época del comunismo.
Desesperanza
"Después de la caída de la Unión Soviética, hace diez años, hubo un primer momento en el que los tadjikos pensaron que la independencia les iba a traer progreso -explica Carlos-. La triste realidad es que no tienen los medios económicos ni técnicos para salir adelante. Aunque no hay cifras, la desocupación es altísima, y la mayoría no tiene posibilidades. Además, no hay profesionales porque la mayoría se fue por la guerra civil", agrega.
Para el décimo aniversario de la independencia, por ejemplo, el gobierno tadjiko tuvo que traer obreros de Ucrania y Rusia para arreglar y limpiarle la cara a los principales edificios de la prospekt Rudaki, la principal -y única- avenida de Dushanbe.
No extraña entonces que el padre Carlos piense que el conflicto en Afganistán sea una amenaza para toda la región. Una región que se caracteriza por tener países con democracias débiles, gobiernos corruptos, diferencias sociales enormes, y donde la mayoría pobre simpatiza muy fácilmente con movimientos liberadores.
"De hecho, en Kirguistán, el año pasado hubo un levantamiento terrorista; en Uzbekistán hubo un atentado contra el presidente, y acá, hace un mes, hubo una seguidilla de atentados contra políticos, entre ellos, el ministro de Cultura", recuerda.
Como muchos otros sacerdotes, el padre Carlos no está de acuerdo con los bombardeos sobre Afganistán. "No solucionan nada, porque el método de la violencia aumenta la violencia, y lo único que provocan es inquietud y desánimo en los países vecinos", afirma.
El padre Carlos, que sorprende cuando cuenta que tiene un hermano diácono y una hermana monja de clausura, también del Instituto del Verbo Encarnado, sigue de todos modos apostando a su misión. "Los pocos fieles que hay me preguntan si me voy a ir por los bombardeos a Afganistán. Y yo trato de ser un instrumento pacificador y de tirarles buena onda".
¿Una mujer tras los ataques?
NUEVA YORK (EFE).- Un científica iraquí podría estar detrás de las cartas contaminadas con ántrax descubiertas en los Estados Unidos y en otros países, según el diario New York Post.
Rihab Rashid Taha, de 45 años y madre de una niña de cinco, habría liderado en Bagdad un equipo que creó gérmenes para experimentar en humanos.
Richard Spertzel, vicedirector del Centro de Investigación en armas biológicas de Fort Detrick, Maryland, consideró que Irak es el "principal sospechoso" de haber provisto "las esporas asesinas" que fueron esparcidas en Estados Unidos.
Si la pista iraquí se confirma, Taha, a quien la CIA definió años atrás como "la mujer más peligrosa del mundo", podría ser la responsable final de los recientes ataques bacteriológicos.
Nacida en Irak, Taha estudió en los años 80 en Gran Bretaña y se recibió en la prestigiosa East Anglia University of Norwich.
Según fuentes consultadas por el New York Post, la científica logró crear 10.000 millones de dosis de bacterias y gérmenes que, entre otros efectos, "hacen sangrar los ojos y provocan en los niños diarreas mortales".


