
La rebelión que parecía imposible
Pese al derrumbe del comunismo, Rumania sigue siendo uno de los países más atrasados de Europa.
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ROMA.- Cuando, hace diez años, nadie aún había logrado digerir la caída del Muro de Berlín, un hecho impredecible que coronaba el colapso del comunismo en Europa, otro suceso no menos inconcebible dejaba boquiabiertos a miles de telespectadores en todo el mundo: con la ejecución del dictador rumano Nicolae Ceausescu otro régimen estalinista llegaba a su fin.
En esa Navidad sangrienta de 1989 todo se dio con una rapidez y una violencia que parecían irreales. Tan irreales como habían parecido, unos meses antes, el desmantelamiento de la Cortina de Hierro y los cambios de régimen en Hungría, Polonia y en Alemania Oriental, transiciones en su mayoría relativamente pacíficas.
Cuando llegó el momento de la revolución popular en Rumania -que aún despierta varios interrogantes y que no pocos consideran, en realidad, un golpe-, Ceausescu, que había tomado el poder en 1967, era el líder comunista más longevo de Europa del Este. Por su despiadada represión de la oposición y por el fastuoso nivel de vida que llevaba su familia, Ceausescu, que se autodenominaba "el genio de los Cárpatos", era despreciado por los rumanos.
Pese a las miserables condiciones en las cuales vivía la gente, el conducator , como era llamado por la gente, se negaba a llevar adelante reformas políticas o económicas como las que se habían permitido en otras naciones del bloque soviético. El 24 de noviembre de 1989, cuando fue reelegido secretario del Partido Comunista, Ceausescu condenó las reformas húngaras y polacas.
El colapso de su régimen comenzó el 16 de diciembre de 1989, cuando tropas del ejército y de la Securitate (la policía secreta) abrieron fuego contra los manifestantes que, en Timisoara, protestaban en contra del régimen. La rebelión en realidad había comenzado en la misma ciudad el día anterior cuando decenas de fieles impidieron a la policía que deportara a Laszlo Toekes, un disidente religioso.
La represión del 16 de diciembre fue más que sangrienta: la Securitate disparó sin piedad contra civiles indefensos, matando a centenares -para algunos, miles- de personas.
Esta masacre desencadenó protestas en todo el país y cuando la Securitate volvió a abrir fuego contra los manifestantes en Bucarest, la capital, el ejército regular se opuso y comenzó a armar a los civiles rebeldes.
En vivo y en directo
Ceausescu y su odiada esposa, Elena, fueron entonces capturados por los insurgentes mientras intentaban huir del país en helicóptero, y luego fusilados el 25 de diciembre de 1989, al cabo de un proceso sumario cuyas imágenes, junto a las de sus cadáveres, impresionaron al mundo.
"Fui como una madre para ustedes", fueron las últimas palabras de Elena Ceausescu, una mujer que para muchos tuvo una enorme -y nefasta- influencia sobre el conducator . El juicio, hecho a las apuradas en un clima de enorme tensión y mientras afuera continuaban los disparos, tuvo lugar en un cuartel de Targoviste. Duró unos cincuenta minutos.
Ceausescu fue reemplazado por una coalición interina, el Frente de Salvación Nacional (FSN), formado por ex comunistas, militares y otros políticos novatos. Su líder, Ion Iliescu, tomó el poder en mayo de 1990, luego de resultar elegido, con el 85% de los votos, en las primeras elecciones libres de Rumania en más de 50 años.
El FSN demostró ser mucho menos abierto a las reformas de lo que esperaban los rumanos, y en junio de 1990 su negativa a purgar del gobierno a los ex comunistas provocó el estallido de violentas protestas.
En 1996 las fuerzas moderadas ganaron las elecciones y el liberal Emil Constantinescu fue elegido nuevo jefe del Estado. Hace unos días Constantinescu sustituyó al primer ministro Radu Vasile por Mugur Isarescu, titular del Banco Central, que debería llevar al país a las elecciones presidenciales y parlamentarias de noviembre del año próximo. Los poscomunistas del ex presidente Iliescu, que encabezan los sondeos, insisten, sin embargo, en pedir elecciones anticipadas.
A diez años de aquella Navidad sangrienta y del fusilamiento de Ceausescu, en efecto, el descontento, la inestabilidad política y una gravísima situación económica azotan a Rumania. Con poco más de 22 millones de habitantes en un territorio similar a la provincia de Santa Cruz, se ha convertido en el más empobrecido de los países del ex bloque soviético. A diferencia de los polacos, los checos y los húngaros, que superaron las dificultades de los primeros años de transición y lograron sumarse al tren de la Unión Europea, los rumanos todavía no pudieron poner en marcha su economía ni integrarse a Europa occidental.
Difícil transición
Diez años después del fin del régimen, las cifras de la economía hablan a las claras de una transición incumplida: al margen de la enorme burocracia y los altos niveles de corrupción -que impiden la llegada de capitales extranjeros-, hay desocupación (del 30% en algunas regiones), la tasa de inflación roza el 50 %, el PBI ha bajado el 7% y la deuda externa y la balanza comercial son siempre negativos. Empobrecidos, los rumanos se ven obligados a renunciar a la calefacción, al agua caliente y al teléfono, y Bucarest se destaca por ser una ciudad donde cientos de niños abandonados viven en la calle. El 60% de la población se halla en el límite del umbral de la pobreza.
No extraña entonces que hace poco, en algunas manifestaciones de protesta, hayan aparecido carteles con la imagen de Ceausescu, cuyo régimen fue el paradigma del totalitarismo.
Octavian Peter, analista rumano, explicó así esta suerte de nostalgia por el conducator : "Señales siniestras llegan a un país hambriento y nadie logra entender por qué los rumanos lloran a Ceausescu. La misma desesperación que hace diez años derribó a la dictadura representa hoy la última esperanza. Es el resultado de la guerra que una despreciable clase política está llevando a cabo contra su propio país".



