La seguridad del hogar en San Pablo, una competencia de alta tecnología

Cada vez más edificios incorporan escáneres digitales, porteros a distancia y hasta drones
Terrence McCoy
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11 de julio de 2019  

SAN PABLO.- En uno de los barrios más exclusivos de la ciudad más rica de Brasil, el empresario Rui Costa no despega los ojos de docenas de monitores: está viendo el futuro. Pionero de las innovaciones en seguridad digital que son furor en San Pablo, dice que esa tecnología es la respuesta a una pregunta que incomoda desde siempre a los brasileños más ricos: ¿cómo protegerse en un país tan violento como Brasil?

Para la élite paulista, la respuesta siempre fue más y más medidas de seguridad: paredones más altos, torres de vigía, alambre electrificado, reflectores, puertas blindadas y un guardia de seguridad para supervisar todo eso. Era el porteiro, el hombre sentado en la garita de afuera, probablemente mirando una novela en televisión, el que abría y cerraba las puertas, una parte del paisaje brasileño.

Pero ahora ese puesto está amenazado de muerte. Cada vez son más los edificios de todo Brasil que ya están complementando o reemplazando a su guardia de seguridad por dispositivos más eficientes y mucho más baratos: escáneres que analizan huellas dactilares y cámaras que transmiten imágenes a centros de operaciones como este, donde los "porteros a distancia" de Costa -empleados que monitorean varios edificios en simultáneo- deciden quién entra y quién no.

"Estamos transformando el tema de la seguridad en Brasil", dice Costa, propietario de Delta Omega Tecnología en Seguridad. "Los porteros se toman licencia por enfermedad y se quedan dormidos. Es un trabajador de nivel bajo, poco capacitado, que necesita supervisión constante".

Los porteros, obviamente, no lo ven así. No solo abren puertas. Te conocen y los conoces: es una comunidad. Además, ¿qué pasa si el sistema falla?, preguntan los porteros. ¿Entonces qué?

"Solo los porteros pueden cuidar a los vecinos y a sus familias", dice Paulo Ferrari, presidente del Sindicato de Trabajadores de Edificios y Condominios de San Pablo. "Ellos conocen la rutina del edificio, reciben a los chicos y a los adultos mayores, y hasta ayudan con las entregas. Ninguna de esas funciones se puede cumplir entregándole el control de la puerta a una oficina remota, que puede apretar un botón, pero no frenar una intrusión o un hecho de vandalismo".

No hay estadísticas oficiales sobre la cantidad de edificios que han optado por la seguridad digital en San Pablo -la ciudad más grande y, de lejos, la más innovadora en seguridad privada de Brasil-, pero los analistas dicen que por lo menos el 10% de los edificios residenciales y de oficinas ya usan el sistema de portero a distancia, que sin salir de su oficina puede avisar a los vecinos que tienen una visita o han recibido algún paquete.

Algunos edificios y condominios van aún más lejos: tienen drones de seguridad que sobrevuelan la propiedad, o instalan sensores terrestres que detectan pisadas en el terreno. Y ya hay pruebas en marcha para lanzar escáneres de reconocimiento facial.

El ganador de ese choque entre humano y máquina, entre tecnología y tradición, será quien escriba el próximo capítulo de la larga historia de la seguridad privada en San Pablo, ciudad donde entran en colisión la riqueza, el miedo y la desigualdad.

La nueva industria de la seguridad privada echó raíces a principios de la década del 90, cuando la violencia creció de manera exponencial ante la aparente impotencia de las autoridades para frenarla. Esa violencia con el tiempo devino en carnicería humana: en todo Brasil, el número total de muertes violentas creció de 50.000 en 2010 a casi 64.000 en 2017.

De hecho, en realidad San Pablo es más segura que el país en su conjunto: mientras que la tasa de homicidios a nivel nacional aumentó, en la ciudad se desplomó, de 53 muertes cada 100.000 habitantes en 1999, a solo seis en 2017.

Ascenso

Así y todo, el sector de la seguridad privada en San Pablo siguió en alza. Según un artículo publicado en Surveillance & Society por Marta Mourao Kanashiro, académica de la Universidad de Campinas, no solo el miedo impulsa el boom del sector, sino también "la representación de la tecnología como un camino de ascenso a la modernidad".

La ciudad se cubrió de cámaras de vigilancia de un día para otro. Después llegaron los sensores de movimiento, y a continuación las rejas con buzones especiales tamaño pizza, para poder recibir la caja sin tener que abrir la puerta.

Para 2017, la seguridad privada en Brasil llevaba ocho años ininterrumpidos de un crecimiento anual de entre el 15 y el 20%, con ventas anuales por más de 26.000 millones de dólares, según el Departamento de Comercio de Estados Unidos. Ya entonces el número de vigiladores privados quintuplicaba el número de policías activos.

Es lo que João Whitaker, profesor de arquitectura y urbanismo de la Universidad de San Pablo, describe como "la industria del miedo".

"Los nuevos modelos de vivienda para las clases altas suelen ser creados en nombre de la ?seguridad', que son todavía más inseguras", dice Whitaker. "Todo eso al margen de la tasa de criminalidad real: lo único que importa es la sensación social de inseguridad".

Luca Morando, un italiano que trabaja para una empresa de barcos y vive en un lujoso condominio de San Pablo, lo llama de otra manera: "Es una jaula de oro".

"Antes teníamos un portero común, pero el lector de huellas dactilares no falla", señala Morandi, mientras apoya el pulgar en el lector de ingreso al condominio, la reja se abre, y una voz del sistema le da la bienvenida. "Me encanta".

Traducción de Jaime Arrambide

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