
La UE recibe a Canadá como invitado de honor en el día más importante de su año político
Carney acompañará a Ursula von der Leyen en el discurso sobre el estado de la Unión y hablará ante el Parlamento Europeo, en una señal de creciente acercamiento en medio de las tensiones con EE.UU.
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PARÍS.– Ursula von der Leyen pronunciará este miércoles ante el Parlamento Europeo de Estrasburgo su sexto discurso sobre el estado de la Unión. Una cita ya convertida en uno de los hitos de la agenda política europea tras el receso estival, que permitirá a la presidenta de la Comisión Europea (CE) presentar el balance del año transcurrido y marcar la hoja de ruta para los próximos 12 meses.
Pero esta edición 2026 contará además con un invitado inusual: el primer ministro canadiense Mark Carney, que asistirá en calidad de invitado de honor en un contexto de fuertes tensiones comerciales entre Ottawa y Washington.

Instituido en 2010, el discurso sobre el estado de la Unión se inspira directamente en el que el presidente de Estados Unidos pronuncia cada año ante el Congreso.
El objetivo para la jefa del ejecutivo europeo es presentar ante los eurodiputados reunidos en sesión plenaria el balance de su gestión, así como las grandes líneas políticas y legislativas para el año que viene.
Ese ejercicio, convertido en un ritual institucional, es el resultado de un exhaustivo trabajo preparatorio que moviliza, con varios meses de antelación, a todos los servicios de la Comisión y a su equipo de redactores. El texto se pule hasta el último momento, al punto de ser considerado en Bruselas uno de los documentos mejor cuidados de la Unión. Más allá de su función programática, el discurso constituye también un ejercicio de comunicación política destinado a responder a las expectativas de los ciudadanos europeos y a dar visibilidad a la acción comunitaria.
Diversos ejes estratégicos deberían estructurar la intervención de Von der Leyen esta vez. La adaptación al cambio climático, tras un verano marcado por incendios y sequías recurrentes, debería ocupar un lugar destacado, ya que la presidenta de la Comisión tendrá que defender la idea de que la política climática europea entra ahora en una fase de aplicación concreta, estrechamente vinculada a los retos de la seguridad energética.

El ámbito digital también debería figurar entre las prioridades anunciadas, con una posible propuesta para prohibir las redes sociales a los menores en toda la Unión, así como un énfasis en la inteligencia artificial y la competitividad industrial europea frente a la competencia internacional. Asimismo, se debería abordar la cuestión migratoria, reactivada por la crisis de este verano en Ceuta, con un probable llamamiento al refuerzo de Frontex, la agencia encargada de controlar las fronteras del bloque, y a la ampliación de sus competencias de vigilancia de las rutas migratorias más allá de esas fronteras.
Por último, esa lista de prioridades debería completarse con el apoyo a Ucrania, la perspectiva de un nuevo paquete de sanciones contra Rusia, el estado actual del proceso de ampliación de la UE para los países candidatos y las negociaciones del próximo presupuesto plurianual 2028-2034.

Foco de atención
No obstante, la presencia de Carney será el punto que atraiga mayor atención. Invitado a Estrasburgo por la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola —que considera esta visita “una oportunidad para fortalecer los lazos entre la Unión Europea y Canadá”—, Carney asistirá al discurso de Von der Leyen en primera fila, antes de dirigirse a los eurodiputados al día siguiente.
La visita de Carney se produce en un contexto de fuertes tensiones diplomáticas y comerciales entre Canadá y Estados Unidos. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, las relaciones entre Ottawa y Washington se han deteriorado considerablemente: aumentos de los aranceles, constantes declaraciones del presidente estadounidense sugiriendo una posible integración de Canadá en los Estados Unidos, e incluso un reciente decreto que rebautizó el lago Ontario como “lago de América” que, además de aumentar la irritación de los canadienses, fue objeto de burlas por parte de gran parte del planeta.
Esos incidentes recurrentes han llevado al gobierno de Carney a reafirmar la soberanía canadiense y a buscar activamente la diversificación de sus alianzas internacionales. En este nuevo escenario, Europa surge como un socio natural para Ottawa: ambos comparten valores liberales, una cultura de multilateralismo y un interés común en preservar la soberanía de Ucrania y la estabilidad del orden internacional.

Según numerosos medios estadounidenses, Carney habría sugerido a los europeos que Canadá adopte un nuevo título: “miembro asociado de la Unión Europea”. Y según representantes de ambas partes, la UE estaría abierta a esa idea. Tanto, que el pasado miércoles, la embajadora de la UE en Canadá, Geneviève Tuts, declaró en una entrevista con The Canadian Press que se estaba gestando “algo único” entre Canadá y la UE.
“Estamos viviendo un momento fascinante en nuestras relaciones. Estamos más unidos que nunca, y lo estaremos aún más”, dijo sin dar más detalles.
Pero ese giro estratégico no es meramente simbólico. Se materializó el 23 de junio de 2025 en Bruselas, durante la 20.ª cumbre UE-Canadá, con la firma de una nueva alianza estratégica que apunta a establecer “vínculos profundos y duraderos” y que define un programa de cooperación en materia de seguridad, energía, IA, defensa, comercio y acceso a materias primas críticas. A lo cual podría agregarse la libre circulación de bienes, servicios y mano de obra.
El aspecto más tangible de ese giro estratégico es la incorporación de Canadá al programa europeo de defensa Security Action for Europe (Safe) el 1 de diciembre de 2025, el cual cuenta con un presupuesto de 150.000 millones de euros destinado a fomentar la adquisición conjunta de equipamiento militar por parte de los Estados miembros.
Con esto, Ottawa se convierte en el primer país no europeo en asociarse a ese instrumento. A cambio, la industria canadiense obtendrá acceso a una parte de la contratación pública financiada por Safe: mientras que, por norma general, los terceros países no pueden aportar más del 35 % del valor de un sistema de armas respaldado por el programa, Canadá ha conseguido una excepción que le permite alcanzar hasta el 80 %. Eso se hará a cambio de una tasa calculada en función de su PIB, la competitividad de su industria y su nivel de cooperación con los fabricantes europeos.

Según Ottawa, el país realizará un aporte inicial de 10 millones de euros, de los cuales 7,5 millones se deducirán por adelantado de sus futuras cuotas al programa.
La cooperación militar se intensificó aún más el 8 de julio de 2026, al margen de una cumbre de la OTAN en Turquía, donde Mark Carney anunció varios nuevos contratos de defensa. El más emblemático es la adjudicación al astillero alemán TKMS para dotar a la marina canadiense de 12 submarinos de propulsión convencional tipo U212-CD. Un contrato valorado, incluyendo el mantenimiento, en decenas de miles de millones de euros que algunos especialistas consideran como el mayor pedido de armamento de exportación en la historia de la Alemania federal, en caso de llegar a concretarse. Además, Canadá acogerá en 2027 el Foro de la Industria de la OTAN, cuyo objetivo es profundizar la cooperación entre los aliados y sus bases industriales de defensa.
Sin perspectivas de adhesión plena a la Unión Europea, Canadá busca acercarse a ella tanto como sea posible, bajo una lógica de diversificación estratégica ante la incertidumbre estadounidense.
“Somos el país no europeo más europeo que existe”, resumió Carney en marzo pasado durante su primer viaje al extranjero desde que asumió el cargo, realizado de forma simbólica en París. Su presencia en Estrasburgo, junto a Von der Leyen, pretende ser el símbolo visible de ese progresivo giro, en un momento en que el orden transatlántico, estructurado durante mucho tiempo en torno a Washington, se está reconfigurando en tiempo récord.
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